Laberinto Macabro

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Capítulo XX. La muñeca. Parte III

Hay marcas tan profundas en el sendero de la vida, que guían con rumbo incierto el devenir de los pacientes que ignoran la enfermedad. No es simplemente una herida, el dolor indisimulable que arrastra a los espectros por la noche, ondeando una mente que ya no razona, más a la deriva, incluso, que los corazones que hace tiempo no laten por un sentimiento. Es algo más, una sensación inenarrable que mezcla el ardor siempre insoportable de las yagas reavivadas y la abstinencia a veces placentera de una caricia que no volverá.

Así de enmarañado, así de ilógico se presenta el montaje polvoriento que volvió a apropiarse de la realidad como si se tratara de un juguete, manipulando a voluntad los impulsos caprichosos de un protagonista que es incapaz de correr el velo siempre transparente de un alma en pleno ocaso.

Y ahora, en lugar de continuar caminando como el resto de los mortales, su mente se estancó en la partida de los otros, en el sepulcro de la alegría que creyó perpetua. Tal vez por ello, por su incapacidad de digerir el destino inamovible que aguarda al final del camino para abrazar las almas exhaustas, se encontraba a la vera del camino, repasando una y mil veces el guión vacío que repetía toda vez que pretendía mantener vivo el legado familiar.

¡Qué locura! Cómo puede alguien pretender revivir lo que se perdió para siempre, en qué cabeza cabe reflotar lo que el tiempo despedazó mientras se divertía trastocando los recuerdos que ya nadie guardaba. Tal vez allí esté la respuesta. Puede que en los recovecos de esos pensamientos absurdos se oculte la llave que abre el cofre de la demencia. Solo un loco, alguien que decidió escaparse del mundo para vivir entre tinieblas era capaz de darle sentido a su fantasía.

¿Entonces cómo hacer para derribar las barreras que separan la realidad de la fantasía? ¿Cómo anticipar el próximo paso cuando ni siquiera se comprende la motivación que los genera?

No era tarea sencilla. Debían inmiscuirse en sus alucinaciones, atreverse a dar vueltas en el laberinto macabro que configuraba su mente para poder, con algo de fortuna, encontrar ese rastro que deja toda huella; la sangre que todavía brota de una herida que se negaba a cerrar.

—Esperamos sinceramente que pueda ayudarnos, estamos desesperados.

—Sí, agotamos todos nuestros recursos y no hemos avanzando ni medio centímetro en pos de la verdad.

—¿Dicen que deja muñecas en sus camas? —preguntó Thomas mientras veía las fotos de las escenas del crimen.

—Ojala fueran muñecas —balbuceó el detective Marc Harrison—, son verdaderamente espeluznantes.

—No deja rastro. Se inmiscuye sigiloso por las noches, cuando todos duermen, se apropia de las niñas pequeñas y asesina a sus padres —concluyó Cody resignado.

—¿Qué hay de las madres?

—Eso es lo raro, ni siquiera entra en contacto con ellas.

—Es muy interesante —susurró Thomas.

—¿Crees que las raptan para prostituirlas o algo mucho más siniestro, que escapa a nuestro pensamiento, se halla oculto detrás de ese psicópata?

—Bueno cada quien tiene sus propias fantasías; será difícil averiguarlo con tan pocas pruebas.

—La gente tiene miedo; la mayoría de los padres con niños pequeños pasan las noches en vela, a la espera de ser las próximas víctimas.

—Yo digo que eso es lo que ese malnacido quiere, crear pánico, estar en boca de todos.

—No estoy seguro de eso —dijo Thomas poseído por los ojos de las muñecas que parecían gritarle algún secreto—. Es como si tuviera una misión; un impulso que no le permite detenerse.

—Entonces es cierto, esto no ha terminado —se lamentó.

—¿Por casualidad no trajeron las muñecas, cierto?

—Son evidencia.

—Me gustaría inspeccionarlas de cerca —insistió.

—Podemos pedir que nos las manden pero…

—Créame que no lo pediría si no me pareciera relevante.

No era sencillo ni rápido. Para colmo de males, como si fuera poca la angustia que genera respetar los tiempos burocráticos, la noticia de una nueva víctima obligaba a los detectives a pegar media vuelta y regresar a Pensilvania donde los ánimos caldeados reclamaban con virulencia la cabeza de la cúpula policial.

—No se vayan...

—¿Acaso no oyó lo que acabamos de decirle? —preguntó Cody abriendo los brazos de par en par—. Anoche, mientras viajábamos hacia aquí, ese malnacido lo hizo de nuevo. Requieren nuestra presencia en la escena del crimen.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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