Laberinto Macabro

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Capítulo XX. La muñeca. Parte IV

Los escondites, por buenos que sean, jamás ocultan las penas. El llanto esparcido, así como el sufrimiento que conmueve, a menudo delata la fragilidad que de ningún modo debe confundirse con derrota; sino más bien, sirve para atenerse a las consecuencias de unas acciones desbocadas, pergeñadas por aquella que se sabe acorralada, más por su mente que por el tiempo que hace rato dejó de correr.

Era la paranoia. El sentimiento urgente de necesitarlo ya, sin demoras, sin tropiezos. No podía permitirse ningún imprevisto que retrasara la reunión familiar; la graciosa paradoja en que la fantasía se vuelve realidad mientras maquinaba, para el éxtasis de su espíritu alicaído, que todo era como antes, que había vuelto a la normalidad.

—Bueno, nuestro equipo técnico en Pensilvania encontró once coincidencias en todo el Estado; debemos reducirlo de algún modo.

—¿Les enviaron los datos?

—Tenemos todo aquí, sí —dijo Cody elevando la pila de papeles recién impresos.

—¿A qué jardín fueron las madres de las niñas?

—¿Disculpa?

—Les pedí que rastrearan su pasado.

—Lo siento, solo buscamos coincidencias con las iniciales en las muñecas —se excusó.

—¡Descuida! —dijo Marc parándose como un resorte—. Enseguida pido que investiguen esa línea.

—De acuerdo, iniciemos con lo que tenemos hasta ahora.

—Un jardín de infantes cerró en 2003 luego de que el dueño debiera pagar una millonaria suma por la caída de un niño de uno de los juegos del lugar. Luego, un orfanato llamado Diez Sonrisas, cerró tras ser vandalizado innumerable cantidad de veces. Supongo que el dueño se hartó de hacerle refacciones —sonrió.

—¿Qué más?

—Tenemos otro orfanato, a las afueras, que cerró en 1989 luego de que el dueño muriera en circunstancias poco claras. Su esposa intentó reflotarlo pero no hubo nada que hacer; la suerte del lugar estaba echada.

—¿Cómo se llamaba?

—¿El hombre?

—¡El orfanato!

—Dulces Sueños.

—¿Qué hay en ese sitio ahora?

—Pues nada, como dije estaba en las afueras y ahí sigue, envejeciendo junto al abandono.

—¿Qué sabemos de la viuda?

—Se llama Linda Marianovicn. Luego de quedar a la deriva consiguió trabajo como maestra jardinera y como niñera pero nada estable. Le perdimos el rastro financiero a fines del 2011.

—Apostaría por ese lugar.

—No lo sé amigo —dijo Cody negando con la cabeza—. Esa mujer tendría 71 años ahora; no la veo allanando domicilios.

—¿Tiene hijos?

—Una hija —respondió con el rostro desfigurado, consciente de que habían dado en la tecla—, Sheila Partson de 38.

—Me temo que Sheila está intentando continuar el legado familiar.

—¿Qué quieres decir?

—¡Lo tengo! —gritó Marc ingresando a toda prisa—. Tenías razón, las madres de las niñas desaparecidas estuvieron en el mismo orfanato.

—Dulces Sueños —interrumpió Cody.

—¿Cómo lo sabes?

Apenas adivinando los pormenores que impulsaban las calamidades sucedidas, los detectives iniciaron su raid para no perder la cita que consideraban impostergable. No estaban solos, todas las fuerzas policiales disponibles se desplazaron rumbo al pueblo de Strasburg, en el condado de Lancaster, con la esperanza de que sea cual fuere la fantasía que merodeaba la cabeza de Sheila, no incluyera terminar con las niñas.

Todavía se oían en el viento las risas despreocupadas que alguna vez fueron música corriente en aquellos lares. También, el abandono, mano derecha de la desidia, penetraba en los sentidos de los oficiales que aguardaban órdenes para avanzar sobre el caserón.

La reja del frente, por completo oxidada, era el primer escollo que atravesar. Una vez derribada o abierta, un enorme jardín de crecidos y grises pastizales que hacían juego con las paredes resquebrajadas y los ventanales agrietados, esperaba ansioso un poco de compañía.

Continuando por los sórdidos pasillos de las tinieblas, el enorme portón de madera daba ingreso a la casa propiamente dicha, a lo que alguna vez fue el salón principal repleto de ilusiones y esperanzas. Hoy, víctima de los relojes que nunca se detienen, lucía frío, desolado, oscuro, siniestro.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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