Laberinto Macabro

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Capítulo XXI. La libertad. Parte I

Federal Correctional Complex, Florence, condado de Fremont, Colorado.

—¿Crees en los reyes magos? —preguntó en forma retórica—. Pues alégrate, han venido a visitarte.

—Espero que hayan venido con obsequios.

—Recomiendo que guardes tu sarcasmo; no son agentes de tránsito y dudo mucho que les caiga en gracia tu arrogancia.

—¡Anímate Luca! Solo nos divertiremos un rato.

—¿Todo es un juego para ti, cierto? —preguntó mientras le colocaba las esposas.

—Ni te imaginas —dijo fulminándolo con la mirada.

—Como sea, no debe ser bueno que esos hombres estén aquí.

—Entonces no los hagamos esperar… después de ti —dijo con un ademán que invitaba al guardia cárcel a iniciar el largo trayecto que separaba su celda de la improvisada sala de interrogatorios creada, casi exclusivamente, para exprimir la sabiduría y experiencia de un temible e impredecible criminal.

Algunas personas pasan su vida a la espera del juicio final; otras, en cambio, anhelan que tan estresante situación no se presente nunca. No es difícil adivinar que ciertos sujetos solo deseen posponerlo, retrasarlo hasta tener todas las cartas y poder así justificar lo injustificable.

—¿Sabe quién soy, señor Weiz?

—¿Hay premio por adivinar?

—Mi nombre es Imani Burgida y soy el director de la CIA —dijo mientras quitaba una molesta e insultante pelusa de la solapa de su saco—. Supongo que le debo a usted mi nuevo puesto ya que se encargó del señor Melvin Hanulak

—Creía que el antiguo director había sido ultimado mientras yo me desangraba en Londres…

—¿Entonces niega la autoría del crimen?

—Rotundamente —dijo con una sonrisa dibujada en los labios.

—Sí, me habían hablado ya de su legendaria insolencia.

—¿Y los elegantes caballeros que lo secundan?

—No se preocupe por ellos —dijo mientras se ponía de pie para quitarse el saco y arremangar su camisa—, son gente de confianza.

—De la suya.

—Se preguntará porque lo sacamos de su celda y nos presentamos aquí en persona.

—De hecho no lo hago —dijo meneando la cabeza—. Intuyo, por sus palabras, que se sienten en deuda conmigo por los cargos que ostentan y han venido a presentar sus respetos.

—Muy gracioso señor, muy gracioso —dijo mientras acariciaba repetidamente su mandíbula, como si se tratara de un ejercicio de autocontrol—. Tristemente nos trae un asunto mucho más delicado; una desgracia en verdad.

—Lo siento en el alma, en serio.

—¡Déjate de estupideces! —gritó revoleando unas carpetas contra el vidrio blindado—. Dos de nuestras encubiertas fueron acribilladas anoche y tú serás su vengador.

—¿Ha estado bebiendo? —preguntó Thomas frunciendo el ceño—. ¿Sabe que estoy en prisión, cierto?

—¿Por qué crees que me tomé la molestia de venir hasta aquí —respondió apuntándolo con el índice, como firmando una promesa—, pero créeme cuando te digo que podemos hacer que tu estadía allí afuera sea un infierno.

—¿Debo asustarme? —preguntó recostándose sobre la silla metálica—. Póngame en medio de un centenar de la peor escoria de la nación y veamos qué pasa; solo debe lanzar una moneda.

—Sabemos que es un hombre rudo señor Weiz, no hace falta que demuestre nada. Pero si no teme por usted, hágalo por su familia. Sería una pena que la detective Turner sufriera un accidente ahora que está a semanas de dar a luz.

—Antes que nada dejemos en claro una cosa…

—Hable.

—Si Stephanie, alguna de mis hijas o, incluso, Melody Blair se resbalan en la calle o tropiezan con un escalón del metro… a todos ustedes los mato.

—Bueno basta de amenazas ¡Salgan todos de esta habitación! —ordenó—. Apaguen las cámaras y los micrófonos también.

—¿Señor está seguro de eso? —preguntó Luca con los ojos desorbitados.

—Sé cuidarme solo, no se preocupe por mí.

Todos los presentes abandonaron la improvisada sala de interrogatorios para dar paso al cónclave impostergable que amenazaba con quebrar la estadía de Thomas o, al menos, esclarecer un futuro entre tinieblas que empezaba a marchitarse.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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