Laberinto Macabro

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Capítulo XXI. La libertad. Parte II

—Avisaron que están en camino, ya vienen hacia acá.

—Más vale tarde que nunca —sonrió.

Haberse visto el infierno iluminado, regodeándose por la vuelta del hijo pródigo. Siempre engalanado por un manto de misterio, avanzaba entre tinieblas apenas esbozando una mueca indescifrable que colisionaba con la euforia del hogar.

—¿Cree que sea prudente un encuentro con él? Lleva años sin reportarse, alejado por completo de nuestros planes.

—Lo necesitamos y lo sabes.

—Desobedeció las ordenes por completo —le recordó vehemente—. Tuvo una hija y hasta recorrió el mundo para vengar su sufrimiento.

—¡Iluso! —vociferó—. Thomas no es una célula cualquiera, un soldado raso que abraza la causa con ciega devoción.

—¿Qué quiere decir?

—Es un sociópata y tiene el más alto grado de narcisismo que se conozca. No se aventuró en una batalla sin cuartel contra decenas de criminales por amor a su familia. Él no siente nada, es duro como una roca.

—¿Entonces por qué lo hizo?

—Por su condición no puede tolerar que alguien lo supere —rió a carcajadas—. Eso es lo que lo vuelve infalible. Por eso es el asesino más letal del que se tenga registro.

—Pero si no obedece hasta qué punto podemos confiar en su lealtad.

—Tú prepara todo para las misiones pendientes; yo me aseguraré de que Thomas haga el trabajo.

Justo a tiempo. En el instante preciso en que las cosas parecían salirse de control y viajar a la deriva, expuestas a los ojos atónitos de los mortales, el ángel negro se alzaba despojado de todo fracaso, listo para retomar su antigua vida.

—Esta noche habrá una reunión para celebrar tu regreso.

—No me digas —sonrió mordaz.

—Las cosas han cambiado por aquí, los susurros agitan la tormenta que aún no se desata.

—¿Y es mi problema por qué….

—Su posición tambalea. Está contra la espada y la pared y apuesta todas sus fichas a nosotros; a ti.

—No sé si eso es un halago o la prueba irrefutable de su decadencia.

—Ojo Thomy, no te equivoques —advirtió—. Puede que su liderazgo se encuentre en tela de juicio pero sigue siendo el Gran Maestre.

—Y supongo que yo sigo siendo el lobo de caperucita —respondió mordaz de frente a aquella entrada solo se reservaba a los más altos dignatarios.

—¡Thomas!

—¿Qué sucede?

—Ponte la capucha, muestra respeto.

Asintió con la cabeza. Llevaba tanto tiempo fuera de aquel círculo que había olvidado varias de las costumbres milenarias. Respiró hondo unas cinco veces y cubrió su cabeza con la caperuza de aquel colobo oscuro que recordaba a los monjes de antaño e ingresó al recinto sagrado de la Orden de la Luz sin saber qué esperar.

—Y un día te dignas a aparecer —sonrió el Gran Maestre despojándose de su capuz—. Déjame verte. ¡Estás igual! No has envejecido nada. Veo que el tiempo se resiste a pasar por tu puerta.

—Tú sin embargo luces cansado.

—Bueno, han sido meses difíciles.

—Eso escuché.

—Necesito que vuelvas al campo cuanto antes. Debemos dar un mensaje fuerte y claro.

—¿Y qué hay de los otros miembros? —preguntó frunciendo el ceño—. Cientos de hombres a tu servicio y ninguno es capaz de satisfacer tus deseos.

—¿A mi servicio? ¿Mis deseos? —preguntó con el rostro desfigurado—. ¿Acaso olvidaste lo que hacemos aquí?

—Tal vez tú olvidaste ayudarme cuando la policía me expuso como un monstruo ante los ojos del mundo.

—Sabes cómo funciona Thomas. Cuando te sacamos de las calles y te insertamos en la CIA sabías muy bien cuáles eran las consecuencias de cometer un error.

«Rompiste todas las reglas. Violaste nuestras leyes ancestrales al tener una hija con esa mujer y te lo permitimos por el valor que tienes como agente. Hicimos la vista gorda cuando vengabas la muerte de tu familia e, incluso, preferimos olvidar cuando destruías cuanta estructura criminal se topaba en tu camino para saciar tu ego. ¿Acaso te parece que hice poco por ti? Los demás miembros me exigían que te quitara del medio, que eras un peligro para la organización.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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