Laberinto Macabro

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Capítulo XXII. El sacrificio.

Llevaba tiempo sin celebrarse una sesión de la orden que reuniera a los más altos dignatarios repartidos en los puestos de poder de todo el mundo. Cada miembro con voz y voto estaba presente ansioso de pronunciarse sobre el regreso del hijo prodigo, el asesino que tan bien supo servir a sus arcanos intereses pero que ahora, a raíz de los acontecimientos que lo pusieron en la mira del público general, era una incógnita, un verdadero acertijo que nadie se animaba siquiera a adivinar.

—Es innegable que el activo Thomas Weiz ha servido fielmente a los objetivos de nuestra sociedad en el pasado pero ¿Todavía sigue siendo uno de nosotros? —preguntó Michael Portier, magnate petrolero, despojándose de su caperuza, rompiendo el hielo.

—Todos los aquí presentes tenemos un sentimiento de gratitud hacia el fiel soldado pero me temo que ya no podemos confiar en él —dijo Ming Zhao, vicedirector del servicio de inteligencia chino y uno de los miembros más veteranos de la orden.

—Y no olviden las pérdidas económicas que nos ocasionaron sus hazañas de Robin Hood.

—¡Aguarden! —se exaltó Tatiana Rostova, ministra de asuntos exteriores de Rusia, poniéndose de pie—. Estamos juzgando precipitadamente a nuestro mejor hombre en el campo.

«No desconozco de ninguna manera los sucesos a los que ustedes hacen referencia pero debemos, al menos, dejarle probar su lealtad. Exigirle una prueba ostensible de que es digno de confianza y está enfocado en continuar sirviendo a nuestros planes.

—¿Y qué propones? —preguntó el Gran Maestre que era el único que continuaba con la capucha sobre su cabeza.

—Un sacrificio. Una misión que no deje lugar a dudas.

Thomas parecía una estatua. Ni el más mínimo gesto se dibujaba en su rostro de piedra mientras oía, en la cabecera opuesta al Gran Maestre, cómo se debatía su permanencia en la milenaria organización.

—¿Qué dice a eso señor Weiz?

—Muchos de ustedes me deben a mí los cargos que ostentan. La mayoría, de hecho, tiene un lugar en esta mesa porque yo garanticé sus asientos; no puedo menos que reírme de sus demandas.

—¿Está dispuesto a obedecer sin chistar la prueba que se le imponga o no?

—Solo marque un objetivo y lo haré.

—Stephanie Turner —se apresuró Gerard Silken, famoso lobista de las Naciones Unidas—. Asesine a la detective y demostrará su valía.

Todos, sin excepción, se miraron desconcertados, conscientes de que se trataba de una exigencia lindante a la locura; máxime cuando la flamante agente del FBI estaba a semanas, tal vez días de dar a luz.

—¿Usted mataría a su madre con tal de conservar su silla? —contraatacó Thomas.

—Yo no soy el sociópata que está bajo sospecha señor Weiz.

—¿Puedes hacerlo Thomas? —preguntó el Gran Maestre despojándose, al fin, de su caperuza.

—Abran los ojos y vean.

Siempre supo que llegaría el día en que sus vidas colisionaran. No era la primera vez, es cierto, pero sí era toda una primicia ponerse el traje de verdugo para sepultar aquello que por amor o inescrupulosa ambición tantas veces había protegido.

Pero está prohibido luchar. La insaciabilidad de la oscuridad a diario censura los arrebatos caprichosos de las almas perturbadas. Guiándolos sin contemplaciones por la senda más siniestra, jalándolos con enjundia de las narices, los hombres se resignan a caminar sin escalas a la perdición, obligados a matar la ilusión que alguna vez los mantuvo con vida, enfocados en la claridad que se reducía a un triste y lejano recuerdo.

—¿Entonces está todo bien doctor?

—No hay de qué preocuparse Stephanie, el embarazo marcha a las mil maravillas.

—Estoy muy asustada, supongo que es normal en las primerizas.

—Pero la recompensa vale la pena —sonrió mientras le palmeaba el hombro.

—Ya quiero tenerla en mis brazos.

—Falta poco, ahora solo céntrate en descansar y no sufrir ningún evento que altere tus nervios. Espero me hayas hecho caso y no andes involucrada en ningún caso policial.

—El delito nunca duerme —se lamentó.

—Pero tu hija te necesita tranquila.

—Lo sé, créame que estoy ciento por ciento enfocada en mi bienestar.

—Me alegra escuchar eso —respondió con un hilo de voz, con el rostro desfigurado, inclinándose hacia adelante.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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