Laberinto Macabro

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Capítulo XXIV. Muerte y vida.

Ajeno a los festejos que se celebraban con cara de piedra y puño apretado, sin levantar la perdiz que los hiciera ver como patéticos delincuentes comunes; Thomas se centraba en los pormenores de un sendero cada vez más sinuoso que tambalea conforme se esparcen las espinas que ocultan celosas sus intenciones de lacerar.

Eran momentos cruciales. Las circunstancias ponían a prueba la frialdad que ya no se finge, el carácter forjado en mil batallas que se ufana de los contratiempos que imponía el reloj siempre tirano.

—Estamos muy contentos Thomy —dijo el gran maestre sin poder ocultar la sonrisa que se dibujaba más allá de su intención.

—Puedo notarlo.

—Tenemos una reunión importante en la sala de las luces; por eso el alboroto.

—¿Y ahora qué? —preguntó elevando las pestañas, cansado de ser el títere que fue una vez.

—Luca Siena…

—Es un padre desesperado que ya quedó afónico por gritar estupideces a los cuatro vientos; no representa ningún peligro.

—Ya lo discutimos; no podemos arriesgarnos.

—¿Ahora matamos por matar? —preguntó frunciendo el ceño.

—Los cabos sueltos deben barrerse —se excusó—. Tú mejor que nadie debieras saberlo. Además, no olvides que fuiste tú el que puso en jaque ese negocio. Perdimos millones, víctimas de tu batalla épica.

—Tal vez debiste avisarme que explotábamos niñas pequeñas… —dijo con marcado sarcasmo.

—Sé que eres el mejor maldito criminal que el mundo recuerda; pero no olvides tu lugar.

—¿Y cuál es? Ya casi no logro darme cuenta.

—Eres nuestro brazo ejecutor —sentenció—. Para eso te saqué de las calles cuando eras un mocoso sin rumbo. ¿O ya olvidaste todo lo que hice por ti? Te di un propósito, una carrera, un nombre.

—Uno que la gente teme pronunciar.

—Quedan pocos trabajos para que todo vuelva a ser como antes —carraspeó—. Cumple mis órdenes y luego podrás tomarte vacaciones.

—Iré a California entonces…

—¿Quemaste la casa de ese malnacido? —rió a carcajadas—. No podía creerlo cuando vi la noticia en televisión.

—Creí que debíamos dar un mensaje fuerte y claro a sus secuaces. Que se convencieran de que eran vulnerables y el mando había cambiado de manos.

—Por eso eres Thomas Weiz; siempre un paso adelante —dijo mientras le palmeaba el hombro—. Estoy orgulloso de ti, todos lo estamos.

De regreso al sitio donde inició su cacería, en lo profundo del condado de San Mateo, no pudo evitar sentir una enorme nostalgia que le recordaba, como puñaladas, a Violet y el suplicio por el que atravesó mientras moría una y mil veces en su mente sin que la mano que tendía fuera suficiente, siquiera, para paliar el dolor que con desmesurada e inconcebible saña le infligían.

—¿Thomas? —sonrió casi sin querer—. Creí que nunca volvería a verte.

—Debemos apresurarnos, no tenemos mucho tiempo.

—¿Qué quieres decir?

—No hagas preguntas y ayúdame a sacar esto del maletero —dijo mientras abría el capot de su auto.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó abriendo grandes sus ojos, pálido, al borde del colapso.

—Eres tú —dijo mientras cargaba en su hombro derecho lo que parecía un cuerpo envuelto en sábanas.

Luca no pudo controlar las arcadas y se arrodilló sobre la acera mientras Thomas se apresuraba a la vivienda, con la esperanza de que ningún curioso estuviera hurgando la maniobra detrás de las ventanas.

—¿Puedes explicarme lo que sucede aquí?

—A mis jefes no les gusta nada tu intromisión en sus negocios.

—¿Disculpa? —se exaltó.

—Los secuestros, los espectáculos grotescos por internet, las muertes; todo es orquestado por un círculo oscuro que se beneficia económicamente de ello.

—Tus jefes —susurró.

—Yo no lo sabía —se lamentó—. No sabía nada de la existencia de estas cajas ocultas.

—¿Y cuál es el plan?

—Asesinarte.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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