Laberinto Macabro

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Capítulo XXVI. George Paterson, el funebrero. Parte I

San Francisco, California.

—¡Qué tal señora! Estoy buscando a Jeffrey O´Donell…

—Sí, lo recuerdo bien —interrumpió de inmediato la empleada—; usted es la única visita que tuvo en dos años y medio.

Otra vez en ese sótano disfrazado de bunker, esperaba, igual que ayer, obtener las respuestas que orientaran una cacería a ciegas que de a poco comenzaba a cruzar los límites delgados de la cordura y se abría paso por los pantanos siempre fangosos de la demencia.

—¿Esto verdaderamente está ocurriendo? —preguntó con los ojos desorbitados, poniéndose de pie por primera vez en mucho tiempo.

—Yerba mala nunca muere.

—No tienes idea del gusto que me da verte vivo y en mi casa —dijo mientras se abalanzaba para fundirse en un abrazo sincero.

—También me da gusto verte compañero.

—¿Y a qué debo el placer de recibir en mi morada al inefable Thomas Weiz?

—Viejos fantasmas del pasado.

—¿Otra vez persiguiendo desalmados?

—Supongo que nunca acaba —se lamentó—. Supe que todos los involucrados de aquella redada fueron liberados y no se alejaron del negocio.

—Me sorprendes Thomas —dijo con un gesto adusto—. Sabes mejor que nadie cómo funcionan las alcantarillas putrefactas de la miseria; incluso si los hubieran condenado a muerte, otros hubiesen tomado su lugar más rápido de lo que canta el gallo.

—Lo sé, pero esto es personal. Resulta que mis superiores son la cabeza de la organización.

—Me temo que ya nada es como antes.

—¿Qué quieres decir?

—Después de tu entrada en aquella transmisión en vivo, todo el mundo tomó precauciones —hablaba sin dejar de jugar con su computadora—. La señal rebota en todo el mundo, es prácticamente imposible detectar el sitio desde donde transmiten; lo siento.

—Algo debe haber —insistió—, una pista, una punta que nos permita seguir un rastro.

—Dijiste que tus jefes estaban detrás de los secuestros de las niñas ¿cierto?

—Así es.

—Sin embargo, por más perversos que fueren, es imposible reinar por completo en el infierno.

—Continúa.

—Si damos por descontado que los verdugos siguen allí afuera cumpliendo los deseos inenarrables de los pervertidos y sumamos el nuevo show que se puso de moda hace poco menos de año y medio…

—¿A qué te refieres? —preguntó frunciendo el ceño.

—Niños, niñas, adolescentes; todos luchando por sobrevivir un día más.

—No puede ser…

—La muerte cierra el juego.

—Y si la muerte es siempre el denominador común… —pensaba en voz alta—. Sé exactamente dónde debo ir.

Ubicado a las afueras de todas partes, alejado del mundo entero, apenas en compañía de la soledad necesaria para usufructuar las fantasías que tiranizaban su mente, se hallaba aquel que se ufanaba de robar besos desabridos y entibiar las entrepiernas congeladas de las doncellas que, rendidas a sus antojos, al menos se ahorraban lidiar con la insolencia febril de un ser tan siniestro, de la estirpe de los que no tienen espejo, espantado por lo que pudiera devolver.

—¿Se puede saber dónde te habías metido? —preguntó Luca abriendo los brazos de par en par.

—¿Ahora eres mi mamá? —respondió mordaz.

—Ya, en serio, dime por qué desapareciste de un momento a otro.

—Fui a ver a un viejo amigo.

—¿Y por qué no me llevaste contigo?

—Secretos del oficio.

—Espero te haya dicho cómo destruir a esos malditos.

—Me hizo pensar en una pista que debemos rastrear.

—¿Y de qué se trata? —preguntó frunciendo el ceño.

—¿Qué tan familiarizado estás con la necrofilia?

—¿Necrofilia? —vociferó con los ojos desorbitados.

—Descuida, es inofensivo.

—¿Qué clase de amigos tienes? —preguntó deslizándose hacia atrás por inercia.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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