Laberinto Macabro

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Capítulo XXVI. George Paterson, el funebrero. Parte II

—Alina Twine.

—¿Quién sigue?

—Ese fue el último —farfulló

—¿Seguro no me ocultas nada?

—Escóndete traidor, escóndete tan bien como puedas porque no te saldrás con la tuya.

Haberse visto la rapidez con la que Thomas manipuló aquella navaja que sacó quién sabe de dónde para degollar sin tapujos a un soplón que, a su juicio, era indigno de misericordia. Después de todo, la escoria moría en su ley, en su propio taller, desangrándose a los pies de sus víctimas, regando el cruel y vicioso estanque de la perdición que no descansa.

Luca, en el interin, batallaba con las arcadas provocadas por una muerte que no vio venir, que lo tomó tan de sorpresa que no alcanzó a contemplar, siquiera, la yugular del depravado ceder ante el filo frío y suave que lo tajeaba.

—¿Otra vez con náuseas? —preguntó mientras limpiaba la hoja en una toalla blanca.

—Lo liquidaste —farfulló.

—Bueno, nadie lo extrañará demasiado.

—¿Cómo puedes quitar una vida y continuar como si nada ocurriese?

—No veo porque debo llorar a un profanador de cuerpos.

—Hablo de ti, de tu extraña y terrorífica habilidad para freír personas —se exasperó.

—Algunos afirman que soy un sociópata aunque yo considero que a todas luces se trata de un diagnostico apresurado…

—¿Estás jugando conmigo? —interrumpió abrazando su estómago revuelto.

—Actúas como si no supieras nada de mí.

—Solo quisiera que me avises cuando estés por asesinar a alguien.

—De acuerdo —bromeó—. La próxima vez te enviaré un telegrama o pondré un cartel frente a tu casa.

—Al menos ahora sé que es falsa la leyenda de la hermandad entre criminales…

—Digamos que yo no espero que me jueguen limpio, ya no más.

Envalentonados por el clima hostil del que formaban parte, como si se hubieran adherido a la pintura gótica que los difuminaba, se apresuraron a interrumpir una nueva cesión de barbarie, romantizada por aquellos parias de almas blandas, incapaces de contentarse con las migajas esparcidas por la imaginación de su mente atormentada.

—¿Los escuchas reír Luca? —preguntó Thomas con la mirada perdida en el horizonte.

—¿Disculpa?

—A los espectros de la muerte —respondió entre risas—. A menudo oigo el coro de carcajadas retumbando en mi sien.

—Creo que yo no podría soportarlo.

—Bueno, yo no me fui en paz en ninguna de mis muertes.

—¿Te han dicho que eres un sujeto muy extraño? —preguntó frunciendo el ceño, haciendo malabares para mantenerse centrado.

—Me gusta divagar antes de entrar en acción.

—¿Cómo sabes que las niñas estarán en ese establo?

—Es donde yo las tendría cautivas —dijo elevando las pestañas.

—¿Y cómo haremos con las otras? Digo, son miles de niñas desparramadas por todo el país. Cuando desbaratemos una célula es de esperar que las otras reciban el mensaje.

—Por eso atacaremos todas a la vez.

—¿Y cómo se supone que haremos eso? —preguntó abriendo los brazos de par en par.

—Digamos que tengo gente encargándose de todo.

—¿Y quiénes son, si se puede saber?

—Menos averigua Dios y perdona… espero que nos perdone.

A la hora señalada, precedido por los silbidos nocturnos que engalanan el anochecer, Thomas caminó rumbo a la puerta de aquella casona destartalada con la idea fija de autografiar la obra anónima que se ofrecía admirable a todo aquel que supiera apreciar las sutilizas apenas esbozadas.

Pendiente de los relojes cronometrados, no se molestó en llamar a la puerta, quería darles una sorpresa, la bondad de obsequiar una muerte rápida a los descuidados que, rebosantes de soberbia, jamás imaginarían al monstruo quebrantando su guarida.

Debieron haberlo previsto.

Uno a uno fueron cayendo los muñecos que, distraídos o en otro mundo, no atinaron a tomar sus armas para defenderse. Sea que estuvieran en la sala perdiendo el tiempo con naipes gastadas, en el baño, tomando una ducha reparadora, o en las escaleras, a medio subir o bajar para unirse o salirse de la fiesta; todos y cada uno fueron víctimas de la tenacidad y envión despiadado de aquel que comenzaba a rememorar viejos tiempos y, para su pesar o contra su voluntad, parecía enamorarse otra vez de ellos.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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