Laberinto Macabro

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Capítulo XXVII. La caja 251. Parte II

No hay palabras para pronunciar, nada que cambie la ecuación o altere un producto revisado hasta el hartazgo cuando el olvido se interpone bloqueando los sentimientos que maniatados, ni siquiera se esfuerzan por salir a flote.

El riesgo de perder todavía más de lo que un mortal era capaz de soportar, fue el límite trazado a regañadientes por la escasa cordura que todavía gobernaba sus pasos.

De repente, gracias a los caprichos irreverentes del destino, Thomas se hallaba entre la espada y la pared; no por los imponderables que siempre surgen en una misión peligrosa; de hecho, como buen criminal tenía en su mente el diagrama de un plan de contingencia; sino porque el contexto había cambiado. Que fuera Melody quién estaba del otro lado del teléfono, tornaba inestable una situación en extremo delicada.

—¿Por qué no quieres hablar con ella? —se desesperó.

—No puedo hacerlo.

—Si no hablas entrarán y eso no es bueno para nadie.

—No lo harán mientras no exista peligro inminente para los rehenes.

—El hermetismo no ayuda para nada.

—Deja que yo maneje la situación —lo regañó cual adolescente—, tú llévate a algunos hombres y arranquen esa maldita caja de ser necesario.

El juego estaba a la mitad y los casilleros con trampa en lugar de esperar a su presa, parecían salir a cazar a los desprevenidos entrados en pánico que empezaban a avizorar un horizonte entre barrotes.

No eran buenas señales.

No era el mejor clima.

La tensión de oír el teléfono sonar, el llanto de los retenidos mezclado con evidente improvisación; y la no tan entusiasta premonición de final anunciado, estaban por desatar una serie de acontecimientos que pondrían a prueba no solo el temple de los atracadores sino y por sobre todas las cosas, una amistad que yacía muerta, apenas presente en el recuerdo culposo de lo que fue una vez y nunca volverá.

—Ya casi la tenemos.

—Excelente —dijo Thomas esbozando una sonrisa.

—¡Están muertos si se llevan el contenido de esa caja! —vociferó Milton, saliéndose de la vaina por defender, más no fuera de forma pírrica, lo que consideraba un tesoro valioso.

—Ya me estoy cansando de las amenazas de este brabucón.

—¡Drácula, no pierdes la calma! —ordenó Thomas al ver a su secuaz, abalanzarse contra el gerente.

—Sí, hazle caso a tu papito y regresa a tu cucha.

—¿Qué dijiste?

—¡Drácula! —lo regañó—. Está manipulándote maldición, retrocede.

—No puedo permitir que me hable de ese modo.

—Concéntrate en esa caja, olvídate de las nimiedades.

—Está en juego mi honor —susurró antes de sacar un 38 de su cintura y hacer un agujero en la frente de aquel viejo canoso que, a su manera, se encargó de cumplir su cometido.

—¿Qué diablos hiciste? —preguntó Thomas abriendo los brazos de par en par, mientras todos los rehenes gritaban dejando la voz en cada alarido.

—No te preocupes, el Gran Maestre me dio esa orden.

—¿Y no se te ocurrió esperar a que tuviéramos el pendrive en nuestro poder?

—Qué más da, él ya no era de ayuda.

—¡Siéntense todos y cállense! —gritó Thomas disparando su ametralladora contra el suelo para detener el caos que, a todas luces, se salía de control.

—Te preocupas demasiado mi amigo, pronto estaremos muy lejos de aquí.

—Sí, preocuparme es mi trabajo.

Una vez más, como si se regocijara en los momentos inoportunos, el teléfono interrumpió la discusión acalorada y alteró los nervios ya desbordados de todos los involucrados en esta tramoya.

—¿Y ahora qué diablos quieres? —vociferó—. Ya te dije que el jefe no quiere hablar con nadie.

—Oímos unos disparos.

—Fue un accidente, nada que le incumba a la policía.

—Tal vez no se ha dado cuenta señor pero es nuestro deber velar por la seguridad de los rehenes.

—Ya le dije que todos están bien —reviró.

—Quiero entrar para cerciorarme de eso.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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