Laberinto Macabro

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Capítulo XXVIII. Lo inevitable. Final

—Estaba listo para asesinarme —hizo una pausa dolorosa—. Me apuntó. Y cuando iba a gatillar, uno de sus secuaces, intuyo que era quien estaba al mando, lo paró en seco.

—¿Cómo?

—Le ordenó que no lo hiciera.

—Bueno, matar a un policía los hubiera hundido en caso de que los hubiesen atrapado; fue una jugada inteligente.

—Eso mismo dijo él pero yo no lo creo; había algo más, algo raro en su voz, en su postura.

—¿A qué te refieres? —preguntó frunciendo el ceño—. Estás asustándome.

—Creerás que estoy loca, que es imposible, pero casi podría jurarte que era Thomas.

—Ambas sabemos que eso no puede ser —dijo con un hilo de voz.

—¡Lo sé! Pero debiste verlo; apareció de la nada con la única intención de protegerme. Pude sentirlo Stephie.

—No sé qué decirte, me dejas en shock.

—Me juramenté no hablarte al respecto pero cada vez que recuerdo ese momento, no puedo evitar sentir que era él.

—Melody, te llamo luego —interrumpió desconectada, ajena al tiempo y la conversación.

—¿Te cayó mal lo que te dije? —preguntó apenada—. Discúlpame, no fue mi intención socavar tus heridas.

—No, no es eso —farfulló mientras veía por la ventana de su habitación—. Hay alguien queriendo entrar a mi casa.

—¡Llama a la policía!

—No te preocupes, no hará falta —dijo mientras se apresuraba al cajón más alto de su cómoda para buscar su arma reglamentaria.

El hombre en cuestión se vislumbraba torpe; como si aquello de allanar domicilios de terceros fuera algo más que una ciencia compleja. Puede que haya sido la excesiva precaución, la falta de confianza o, incluso, el terror intenso y paralizante de no ser bien recibido por la dueña de casa. Quién sabe, tal vez era una mezcla de todo lo anterior o simplemente el insoportable estrés que le provocaba atenerse a la improvisación para idear la trama que le permitiese, del modo más convincente y decoroso posible, decir lo indecible.

—¿Stephanie Tuner? —preguntó al sentir el inconfundible toque del cañón de un arma sobre su nunca.

—¿Quién es usted y qué hace en mi casa?

—No es lo que parece —dijo levantando las manos en señal de rendición.

—Pues a mí me parece que te sorprendí infraganti cuando te disponías a robarme.

—Necesito que vengas conmigo —farfulló—. Te explicaré todo en el viaje pero no podemos perder tiempo.

—Buen intento ladrón —sonrió—. Ahora arrodíllate y no te muevas hasta que venga la policía.

—Son sus hijas —vociferó—. Están en un grave peligro.

—¿Qué quieres decir? —preguntó dejando caer su teléfono celular—. Si se trata de una broma sepa que soy…

—Del FBI, lo sé —interrumpió—. ¿Conoce a la abadesa Evelyn del Convento de Santa Clara?

—¿Qué sucede con ella?

—Está esperándola para ponerla a salvo hasta que amaine la tormenta —respondió con firmeza, abandonando el confuso titubeo que lo gobernaba—. Por favor, ven conmigo.

—¿Es Thomas, cierto? —preguntó con los ojos repletos de lágrimas—. ¿Está vivo?

—¿Stephanie? —interrumpió Violet con la pequeña Nahiara en brazos, haciendo añicos la tensión del lugar—. ¿Qué sucede?

—¡Dios mío, sus ojos! —dijo Luca obnubilado, casi poseído por aquella que estaba lejos de ser la niña que le habían descrito.

—Todo está bien mi vida, solo no te acerques —le ordenó.

—Por favor debes creerme —suplicó—, corren serio peligro en esta casa.

Confiar, correr, protegerse, ceder. Luchar, herir, convencerse, morir. Callar, gritar, desgarrarse, estallar. Todos y más eran los sentimientos y arrebatos que pasaban por la mente de una mujer que vivía el déjà vu menos pensado y más esperado; el retorno sin escalas ni explicaciones a la muerte perpetua que anhelaba con enjundia y pasión.

—¿Por qué no hondeamos bandera blanca? —aventuró Imani Burgida—. Ya hizo lo que demandábamos de él, que se vaya.



Sebastian L

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En el texto hay: amor, suspenso, asesino en serie

Editado: 01.09.2019

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