Lágrimas y sangre

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12. Luchando contra el instinto

Había pasado la noche entera bebiendo el elixir que le proporcionaba sus fuerzas, a algunos simplemente les tomaba un poco del delicioso líquido que llenaba sus venas y a otros les arrebataba algo más. Se había divertido utilizando su poder y las habilidades que la hacían distinta, de todo eso que la ponía en la cima de la cadena. Había disfrutado de los placeres nocturnos sin restricciones, sin remordimientos pero sabía que no era suficiente, no hasta  que diera con él.

Siguió avanzando por la ciudad causando estragos y terror, empeñada en dar por fin con el aroma que tenía identificado. El sol en el horizonte no tardaría mucho en salir y eso la decepcionó, por alguna razón deseaba realizar su caza con el cielo nocturno encima de ella. Luego de que el primer rayo de luz rompió la oscuridad para dar inicio a un nuevo día, el aroma llegó a ella como si fuera una revelación. Siguió el rastro y este la condujo a una pequeña casa al final de una calle estrecha. Tomó impulso para quedar sobre el techo de la casa contigua, la ventana frente a ella estaba abierta, todo parecía demasiado fácil. Tomó una respiración profunda llenando sus pulmones de ese aroma tan peculiar. Se agazapó lista para escabullirse en el interior de la vivienda y terminar de una vez por todas con esa sed que la estaba quemando desde adentro.

Clare estaba lista para secar el cuerpo, pero no tuvo la oportunidad. No comprendió cómo fue capaz de contenerse si el estado de frenesí estaba por llegar a su punto culminante; las uñas habían crecido tan filosas como sus colmillos, las venas se habían marcado en su piel y los ojos del monstruo habían aparecido. La vampira se relamió los labios. Y entonces, dos figuras aparecieron por la ventana. La más grande era quien desprendía el aroma que Clare tanto deseaba y luego otra figura más pequeña apareció detrás, tenían casi el mismo dulce y exquisito aroma. Casi. La sangre embriagante bombeada de dos corazones distintos, uno que luchaba por seguir su ritmo y otro a pesar de su tamaño diminuto latía descontrolado. Clare vio como el niño rodeó el cuello del decadente en un tierno abrazo. Desde donde estaba, la vampiresa pudo distinguir las emociones de los dos humanos: un amor infinito y bajo ese amor, el amargo rastro de la incertidumbre. La cruel sensación de la espera de algo fatal.

Clare dio un paso atrás y otro más. Se miró las manos, las uñas habían vuelto a contraerse, pero la piel aun guardaba restos de sangre seca de sus recientes asesinatos. Se preguntó cómo era que unas manos podían tener evidencia de algo tan cruel como la muerte y el mismo tiempo ser las que sostuvieran algo tan puro como el amor.

El decadente liberó al niño y este último se alejó a la carrera, luego miró por la ventana. Clare pudo ver como de sus ojos aguamarina se desprendían un par de lágrimas. Sus ojos le mostraron una fortaleza y una determinación salvajes por aferrarse a la vida. El decadente se llevó la mano al corazón y la cerró en un puño. Entonces Clare percibió la ira. Y percibió la humanidad. Y percibió el dolor. Un dolor terrible que emanaba del humano y de ella misma.

Como vampiros había pocas maneras de sentir dolor físico, una era por agua bendita, otra por fuego y la última por hechicería. Clare cayó de rodillas, la vista se le nubló y antes de que todo desapareciera pudo ver el rostro de Frederick sosteniendo un artilugio demoniaco.

***

Cuando sucede la transformación, solo existen dos cominos: el bien y el mal. Si el alma del decadente es pura y bondadosa así será el vampiro también; un inmortal jugando a ser humano, una “persona” sin un corazón latiendo que va al colegio, socializa con mundanos, bebe sangre de bolsas frías en lugar de una arteria y se engaña a sí mismo. Si el alma del decadente conserva la marca del mal, entonces el vampiro será un monstruo; un ser de la noche que descuartiza cuerpos, engaña personas y juega con ellas. Si el vampiro conserva su humanidad, las emociones que percibe de los humanos pueden afectarlo en caso contrario nada de lo que puedan sentir de los decadentes importa.

Clare Lesage había mantenido un alma pura pero con el cambio, la marca de la maldad había consumido su alma. Se convirtió en una criatura de la noche y aunque pareciera atroz y horripilante, para ella el curso que había tomado su ‘vida’ le encantaba. Junto con su mortalidad y su bondad se habían ido también otros sentimientos como, la culpa, la desesperanza, la tristeza y la compasión. Por eso, cuando el hechizo que Frederick había usado sobre ella dejó de hacer efecto en su ser y le fue posible pensar con más claridad, no pudo comprender el hecho de que hubiera retrocedido al sentir las emociones del decadente que ella tanto deseaba. Percibía la felicidad, la compasión, la entrega y el amor que desprendían los humanos, pero se suponía que no eran relevantes. Y aun así, había dado marcha atrás.

Las memorias pasaron por su mente, una víctima tras otra. Recordó el miedo y el placer que los mortales experimentaban cuando eran devorados. Clare jamás había sentido arrepentimiento. Durante más de medio siglo no le había importado en absoluto los sentimientos y emociones de sus presas… hasta esa día. Cuando en el primer rayo de sol y tras un latido inusual dejó escapar lo que deseaba más que cualquier otra cosa en el mundo.



Shecid Lovelace

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En el texto hay: vampiros, brujas, angeles caidos

Editado: 31.07.2019

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