Lágrimas y sangre

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3. Sin rastro

República Checa, 1933

 

En una noche cerrada un automóvil color negro cruzaba el Puente de Piedra en la ciudad de Praga. Dentro, un hombre y una mujer de hermosura sobre natural permanecían inmóviles cada uno al lado del otro, mirando a través de las ventanillas las oscuras aguas que se extendían por ambos lados del puente. La suave risa de la mujer llamó la atención del hombre junto a ella, este la miró y sin palabras le preguntó qué sucedía.

—¿Sabías que ahí abajo hay bastantes cadáveres? —murmuró.

—No, pero te creo. Supongo que fuiste tú quien los arrojó ahí —respondió el hombre sin emoción alguna.

La mujer soltó otra risilla cantarina en confirmación.

Ambos individuos permanecieron en silencio hasta que el hombre le indicó al chofer del auto que se detuviera poco después de haber finalizado el puente. El conductor, aunque le pareció extraña la petición, no puso objeción alguna y tras recibir su paso regresó por donde venía. El hombre le hizo una señal a la mujer para que comenzará a andar y ambas figuras se camuflaron con las sombras y el viento por la rapidez con la que se movían.

***

No muy lejos del puente de Piedra una dama admiraba el Castillo de Praga, siempre le había parecido precioso, con su torre estilo gótico y todas esas agujas que parecían como si quisieran pinchar el cielo. Isabella dejó su estado embelesado para otro momento, el viaje hasta ahí había sido largo y se encontraba cansada. Con pasó acompasado se encaminó a su hotel. Luego de recorrer algunas cuadras se percató de que la seguían, apresuró a un más su andar al grado de casi sentir que corría, lo único que necesitaba era llegar a la esquina, pero antes de lograr aquello se vio arrastrada a un callejón.

Isabella se removió entre los brazos del sujeto que la aprisionaba, le mordió la mano que este mantenía sobre su cara y él la soltó al tiempo que gritaba una blasfemia dirigida a la mujer. Ella, boqueando, se preparó para correr, pero su única salida estaba bloqueada por una mujer de apariencia solemne. Llevaba un vestido de mangas largas entallado que al llegar a las rodillas caía con un poco de vuelo, el color rojo acentuaba el color de la piel nívea de sus pechos que sobre salían por el escote descarado. Su pelo negro estaba recogido hacia atrás en un peinado elaborado, dejando completamente descubierta la cara de rasgos finos. Parecía tan fuera de lugar en ese callejón... y entonces sonrió.

Los músculos del Isabella se tensaron listos para atacar en cuanto vislumbro el par de colmillos en la boca de la mujer, aunque sabía que el salir victoriosa supondría un gran reto puesto que sus energías estaban ya bastante agotadas, estaba dispuesta a pelear por su vida. Escuchó como el vampiro que estaba tras ella se acercaba y, murmurando las palabras para concentrar su poder, Isabella extendió las manos para atacar. La hechicería apenas y despeinó un poco el cabello del hombre.

—No es posible —susurró para ella con los ojos muy abiertos de la impresión. El sabor del pánico le subió por la garganta. Y cuando la mujer vampiro la tomó del cuello y la alzó sin ninguna dificultad ya ni siquiera luchó. Sabía que estaba perdida ya que no había hechizo que pudiera hacer algo en contra de los Príncipes Oscuros.

—Ciertamente, esperábamos un mejor recibimiento —dijo la mujer vampiro.

—Me temo que esta noche será bastante larga —le siguió el otro Príncipe.

***

Isabella fue arrojada sin ninguna delicadeza contra el suelo adoquinado, los Príncipes la habían llevado a algún cuarto subterráneo de su mansión, el cual olía a sangre y muerte. Los dos Príncipes Oscuros la veían desde las alturas como miran los depredadores a su presa y ante ese escrutinio a Isabella la recorrió un escalofrío de pies a cabeza. Bien sabía ella que había Príncipes que mantenían la marca de la bondad en su alma y no trataban a los humanos como algo que podían desechar, y para su mala suerte, esos dos no eran alguno de ellos. Tambaleante se puso de pie, se llevó la mano a la frente ahí donde esta se había pegado contra el piso y se percató de que una mancha de sangre pintaba su mano. Maldijo para sus adentros.

—¿Qué quieren de mí? —cuestionó tratando de limpiarse la sangre con el dobladillo de su vestido.

La mujer vampiro soltó una carcajada sonora y aspiró largo.

—¿Hueles eso, Vladimir? —inquirió dándole una mirada significativa a su acompañante.

Este la imitó dando una inhalación alargada.



Shecid Lovelace

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En el texto hay: vampiros, brujas, angeles caidos

Editado: 31.07.2019

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