Lágrimas y sangre

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9. A través del tiempo

Canadá, 2013

 

En contra de sus deseos Clare había mantenido un perfil moderadamente bajo desde aquella noche en la que casi la atrapaban. Había tratado de imitar la actitud de Natalia y de su creador en cuanto al sentido de humanidad se refería pero no había podido lograr gran cosa. Cuando casi tenía dominada la actitud solidaria y bondadosa, algo ocurría que la hacía perder el control y terminaba asesinando decadentes de las peores maneras posibles. Clare a veces creía que lo hacía solo para recordarse que ya no era una más de ellos, pues incluso Frederick le había asegurado que su alma había cambiado al convertirse en vampiro. Con la transformación el alma de Clare se había corrompido y, aunque todos dijeran lo contrario, ella estaba segura de que no había manera de recuperar eso que había perdido al volverse un inmortal. Tal era su fascinación por el juego a la hora de alimentarse, pasar desapercibida no le resultaba sencillo.

Si bien los vampiros habían tenido una época de gloría hacía varios siglos, muchas cosas habían cambiado desde entonces. Las primeras cazas en contra de los inmortales llegaron cuando las plagas erradicaron pueblos, esto junto a la histeria colectiva obligo a los vampiros a esconderse. Así, mientras los inmortales permanecían a salvo ocultos en cuevas oscuras, la humanidad se volvía en contra de sí misma. Muchos decadentes murieron a causa de ese pánico que envolvió a la sociedad en aquellos años, humanos acusados de las peores barbaries cuando no eran más que simples mortales enfermos. Si bien, en ese tiempo la humanidad era movida por el miedo, ahora era movida por la ambición del reconocimiento; el poder tener un reflector al ser el primero en llevar a la luz aquello que muchos habían negado. Si por varios años los vampiros habían podido recorrer el mundo sin preocupaciones, esa situación podía cambiar en un abrir y cerrar de ojos.

***

A Clare ya nada le sorprendía, había repetido la misma situación por los últimos cinco años y esa no iba a ser la excepción. Ahí estaban las miradas fijas e indiscretas y las que trataban de pasar desapercibidas pero nunca se lograban. La misma presión asfixiante en la garganta se intensificó una vez más al oler el sin fin de marcas que llevaban los distintos tipos de sangre. Apareció de nuevo la misma incertidumbre de ser descubierta o de volverse una asesina en serie de un momento a otro. Y ahí estaba una vez más el estúpido recuerdo de que debía mantenerse bajo control a pesar de que la sed estaba latente, un anhelo que solo una cosa podía satisfacer y no podía obtener tan rápido como deseaba: sangre.

Clare y su clan también habían cambiado. Después de ser solo ella y Frederick, se les había unido Grace, Natalia y William. Cada uno había aprendido a adaptarse al nuevo tiempo y sobre llevar de una manera adecuada su inmortalidad. Clare había dejado fuera el seguir usando pelucas y ahora su pelo estaba naturalmente rubio y más corto. También utilizaba una capa de maquillaje que le daba vida artificial a su color mortecino. Además se había hecho con un teléfono celular de última generación y una computadora que la mantenía al tanto de lo que ocurría alrededor del mundo.

Habían llegado a Vancouver apenas tres semanas atrás y ya habían dejado de ser del interés de los habitantes del vecindario cercano al que tenían que atravesar para llegar a la universidad. Al menos Frederick había estado de acuerdo en conseguir una residencia lo más alejada del resto de las personas por seguridad del clan y de los propios decadentes. 

El primer día que Clare recorrió el bosque de detrás de la casa donde habitaban, algo perturbó su recorrido, no era una sensación desagradable pero si extraña la cual la había mantenido alerta. Era como si algo le dijera que su lugar estaba ahí, como si de pronto sintiera la necesidad de permanecer ahí por siempre, algo que era indiscutiblemente imposible. Después de un tiempo, cuando la gente empezara a hablar, a notar que a pesar de los años ella y el resto seguían igual de jóvenes y hermosos tendrían que irse. Eso nadie ni nada podría evitarlo. Lo que le parecía extraño a Clare era justo eso, ya que nunca le había molestado el pasar poco tiempo en un sitio; ella, al contrario que Natalia, sabía que nunca tendría amigos, no podía ni siquiera pensar en estar con alguien que no fuera un vampiro lo que llevaba al hecho de que a falta de lazos afectivos un lugar no podía añorarse. Por eso era que el ir de un lugar a otro no le preocupaba en absoluto, hasta ahora.

Caminando por el jardín central de la universidad Clare fue más consciente del tiempo. Las épocas habían cambiado: los carruajes se habían convertido en autos que corrían a cientos de kilómetros por hora; la vestimenta había pasado de vestidos pomposos y recatados a vaqueros deslavados y blusas simples con escotes pronunciados; los peinados elaborados se habían sustituido por cabellos de colores y las postales ahora eran las redes sociales. Las leyendas sobre los demonios de la noche habían dejado de ser leyendas y mitos para ser novelas escritas, series televisivas y películas absurdas. Los humanos sabían de la existencia de los inmortales de una manera ficticia, pero en cada representación había otro dato verídico.



Shecid Lovelace

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En el texto hay: vampiros, brujas, angeles caidos

Editado: 31.07.2019

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