Lamentos ©

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Destino Fatal

La figura femenina se acurrucó al lado de Fernando, el cual se despertó para mirarla, se sorprendió de no reconocer a su hermosa compañera, quien lucía una cabellera azabache, que resaltaba su sensual cuerpo. El joven le sonrió encantado a la intrusa para luego besarla apasionadamente; su excitación crecía sin parar, deseaba poseer a esa extraña mujer, no le importaba quien fuera, lo único que sabía con certeza era que daría lo que fuera por hacerla suya.

—No es aquella tu mujer—susurró ella rompiendo el beso, al tiempo que señalaba con su larga uña hacia la figura acurrucada en la sala.

—Lo es, pero debe saber que un hombre de verdad no se conforma con una sola mujer—agregó Fernando sin remordimiento.

— ¿Entonces no te importaría que nos viera tener sexo? —preguntó dándole una última oportunidad a aquel desgraciado.

—Mejor que nos vea y aprenda—añadió con saña y comenzó a desvestirse.

—Que no se diga que no fui, justa—susurró la mujer, Fernando le tocaba los senos lujuriosamente—mírame—susurró seductoramente y él accedió a su petición, pero cuando lo hizo su gesto cambio de lujuria a terror. El rostro angelical que hace minutos besaba ahora se había vuelto terrorífico,trato de huir pero ella se lo impidió sujetándolo con sus afiladas uñas y haciéndolo sufrir hasta la muerte

Los vecinos escucharon los lamentos, pero nadie se atrevió a acudir en su ayuda, ni su propio hermano lo ayudó. Todos sabían lo que sucedía, Fernando se extralimitó se burló de una niña inocente, la denigró y uso como un objeto, por eso la Sayona había venido en su búsqueda, para así cobrarle su traición, nadie defendería a ese miserable hombre, si fue tan valiente al maltratar a una muchacha indefensa, sin duda tenia que afrontar su castigo. 

Helena quería olvidar todo aquello, la escena que tuvo que presenciar la altero demasiado, una vecina la ayudo a arreglarse, era una mujer bajita y morena, pero su mirada se veía sincera, quemarían el cuerpo de Fernando para luego arrojar las cenizas al mar, le comentó la señora mientras le trenzaba el cabello. El hermano de Fer se acercó a ellas; colocó en la mesa una cartera con los documentos de la joven, su rostro más que dolido parecía apenado, posó una mano en el hombro de la joven y se marchó son mediar palabra. La noche llegó  nuevamente, el cuerpo fue cremado, alejando todo el dolor, pero sin borrar las cicatrices. Esa noche durmió casa de Margene, la amable señora que cuido de ella al saber lo sucedido, cuando cayó la mañana tomó el ferry, volvería a casa sin duda. Pero un par de horas después todo se oscureció dejando paso a una voz que resonaba entre la neblina.

—Ven, ven... Helena, yo te daré la libertad—musitó la voz. Sin darse cuenta se había subido a la barandilla del ferry, para luego dejarse caer al mar, mientras se ahogaba recordó las palabras de Sol.

—No te vayas Helena, siento que si lo haces la última vez que te veré será en tu funeral amiga.
 

Fin

 



E.I.S. SERRANO

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Editado: 19.02.2018

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