Landeron I: la hija del oráculo (ediciones Hades)

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2. Dime quién soy

15 años después

Aldin regresaba a casa pegando patadas furiosas a las piedras que se encontraba en su camino. Su rostro de color azul cielo, característico de la raza de los oráculos a la que pertenecía, aparecía en ese instante contraído en una mueca airada. Sus ojos verdes chispeaban de rabia, y su cabello negro azabache, recogido en una cola de caballo, se bamboleaba con violencia a cada paso que daba.

No se lo podía creer. Aquello, definitivamente, había sido la gota que colmaba el vaso. Por la mañana había acudido a la Casa de las Mujeres como cualquier otro día, había saludado a alguna de sus compañeras con su timidez acostumbrada y se había encaminado al aula del segundo piso para acudir a la sesión de bordado. Pero claro, allí, como siempre, la esperaba su particular verdugo.

Aelhia era la hija del señor de la villa, Lord Karan; un elfo moreno de rostro pálido y ojos castaños que, si bien no era un déspota, tampoco era especialmente agradable al trato. Siempre que Aldin lo había visto salir de la villa en alguno de sus viajes diplomáticos –el camino pasaba irremediablemente por la granja que habitaba con sus padres–, había creído atisbar en su rostro una eterna tristeza. Pero nunca se había detenido a pensar por qué; principalmente, porque tenía otras cosas en las que ocupar su cabeza diariamente.

Su hija, por el contrario, era la viva imagen del desprecio que profesaba hacia el resto de habitantes de Landeron. Lar había sido, durante generaciones, un refugio para miembros de otras razas que huían de la miseria y la guerra que solían azotar sus respectivos países cada pocos años. Y los elfos, altruistas por naturaleza, nunca se habían negado a acogerlos. Lo que no significaba que el trato dispensado hacia los forasteros fuese siempre cordial.

La mueca que la joven noble le había dirigido aquella mañana a la muchacha gulin, como se denominaban los oráculos en su propio dialecto, había distado mucho de ser amistosa, como de costumbre, pero Aldin había intuido algo más detrás de sus ojos negros como la pez. Aelhia tramaba algo, estaba segura. Pero cuando la elfa había desviado la mirada para cuchichear con sus amigas, la joven oráculo había tratado de alejar aquella turbia sospecha de su mente y de concentrarse en su labor. Con tranquilidad, la había sacado de su macuto y la había analizado detenidamente antes de decidirse a dar la siguiente puntada. Pero su tranquilidad se había visto interrumpida pocos minutos después cuando una mano blanca y alargada aferró su bordado y tiró de él hacia arriba, arrebatándoselo.

–¡Eh!

Aldin se había levantado rápidamente, molesta y dispuesta a aclararle un par de cosas a quien se hubiese atrevido a interrumpir su labor, pero se había quedado paralizada al ver de quién se trataba.

–Vaya, Aldin, lo siento –se había disculpado Aelhia con falsedad mientras agitaba la tela bordada lo más lejos de su cuerpo que era capaz–. Solo quería admirar esta... –la elfa había observado entonces el trabajo de Aldin con algo similar al asco retorciendo sus facciones– cosa que estabas bordando.

–Devuélvemelo, Aelhia –bufó Aldin sin pensar–. Ya.

Pero cuando la elfa se había girado a cámara lenta, encarándola, la gulin había sabido de inmediato que había cometido un error que podía costarle muy caro. La hija de lord Karan se había acercado entonces muy lentamente hacia ella, y sus ojos se habían entrecerrado a la vez que el rubor de sentirse insultada se extendía hasta sus orejas puntiagudas.

–¿Cómo has dicho? –había siseado.

Su oponente había parecido desinflarse en un instante, antes de agachar la cabeza a la vez que murmuraba, en un hilo de voz:

–Disculpadme, mi señora. ¿Tendríais la bondad de devolverme mi bordado, por favor?

Aelhia se había erguido entonces con una sonrisa triunfante, pero sin responder ni obedecer a la educada petición.

–Modales es lo que te falta a ti, pequeña inútil.

Aldin, dolida en su orgullo, se había encogido ante el apelativo, para después retroceder. Aelhia, sin embargo, en vez de dejarla en paz, había avanzado tras ella hasta que la joven gulin había dado de nuevo con el trasero en la silla de forma bastante brusca. Por lo tanto, había levantado risas entre las seguidoras de la muchacha noble. Pero, entonces, se había alzado una voz junto a la puerta del cuarto que había hecho dar un respingo a todas las presentes.

–¿Qué está sucediendo aquí?

Tanto Aelhia como Aldin habían alzado la cabeza rápidamente, y la primera había palidecido un instante –para regocijo momentáneo de la segunda–, al observar a la severa maestra plantada en el umbral con los brazos cruzados, esperando una explicación. Pero había sido muy rápido, y la joven elfa enseguida había recobrado la compostura.

–Discúlpeme, maestra –se había excusado con impoluta educación–. Solamente estaba alabando... el trabajo de Aldin.

Su sonrisa había sido tan falsa que la aludida había tenido que reprimir las arcadas que le provocaba. ¿Cómo podía una elfa ser tan... tan...? Pero, para su desesperación, la maestra se había creído su pantomima, volviéndose de inmediato hacia la gulin.



Paula de Vera

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En el texto hay: adolescentes, misterio, viaje

Editado: 24.05.2018

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