Landeron I: la hija del oráculo (ediciones Hades)

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3. Cierto punto de vista.

La puerta de la granja estaba entornada cuando Aldin por fin atravesó todo el camino que cruzaba el jardín delantero y subió los dos peldaños que la separaban de su hogar. Al menos, de lo que creía que era su hogar porque, ¿quién puede sentirse en casa sabiendo que algo en su interior no funciona como debería? Sus padres lo sabían, por supuesto, y siempre lo habían atribuido a un defecto de nacimiento. Pero, de ahí a que se enterase todo el pueblo, cuando no todo el país de los elfos e incluso todos los habitantes de Landeron... A Aldin le entraban sudores fríos solo de pensarlo.

Cuando cruzó el umbral, su madre estaba en la cocina situada a la derecha de la estancia principal de la casa, preparando algo que olía deliciosamente. Pero a la joven, por el contrario, aquel olor le revolvió el estómago sin que pudiese evitarlo. Y antes de que su madre, que la había visto entrar, pudiese decirle nada, Aldin apartó la vista, dirigiéndose a todo correr hacia las escaleras.

Una vez allí, subió los peldaños de dos en dos, refugiándose cinco segundos después en su habitación, situada a la derecha del fondo del pasillo del segundo piso.

Acto seguido, la muchacha se encaminó hacia la cama y se sentó junto al cabecero, mirando por la ventana en dirección a la ciudad. Las lágrimas amenazaban con desbordar sus párpados, pero Aldin no quería llorar. Detestaría que, además de inútil, se la considerase un ser débil y digno de lástima. Ojalá pudiese marcharse de Lar... Ojalá...

Un suave golpe en la puerta interrumpió de golpe sus pensamientos. La joven alzó la cabeza a toda velocidad, destensándose ligeramente al ver que la que entraba en el cuarto era su madre. Y, de pronto, cayó en la cuenta: la maestra Harinië la habría seguido y le habría contado lo que había sucedido. Aldin se encogió ante el mero hecho de contemplar esa posibilidad y enterró la cara entre las rodillas, negándose a ver la conmiseración en los iris verdes de la gulin adulta.

Pero esta se limitó a aproximarse a ella y sentarse en el borde de la cama, a una distancia prudencial. Su mano se alzó despacio hasta acariciarle la mejilla, y Aldin no pudo resistirse a su contacto. Despacio, despegó la mirada de las sábanas sobre las que se encontraba acurrucada, y la clavó en aquella que la había traído al mundo: la única mujer del universo entero que podía entender todo lo que le sucediese y más, estando siempre ahí para apoyarla.

–Cielo –susurró Gala con evidente preocupación–, ¿qué ha pasado?

Aldin tragó saliva y la miró más intensamente, deseando que su madre le leyera la mente y no fuese necesario expresar su desazón con palabras. Pero Gala parecía determinada a escucharla a ella, no a sus pensamientos. Por lo cual, la muchacha trató de armarse de valor y, sin mirarla directamente a los ojos, pronunció en voz baja:

–Aelhia me ha humillado.

Los ojos verdes de su madre se abrieron de par en par, y su boca hizo otro tanto a causa de la sorpresa.

–¿Cómo? –quiso saber, al cabo de unos segundos, entre aturdida e interesada.

Su hija resopló nerviosamente antes de, a regañadientes, contarle todo lo que había sucedido en la Casa de Mujeres. En un momento dado, a Aldin le pareció detectar una sombra cruzando los rasgos redondos y tersos de su madre, pero fue tan rápido que pensó que se lo había imaginado.

Sin embargo, cuando terminó, el semblante serio de Gala la escamó de nuevo.

–¿Se lo has contado a alguien más? –preguntó esta entonces, sin poder disimular un cierto nerviosismo en su voz, habitualmente dulce como el canto de un pájaro.

–No –repuso su hija en el mismo tono, abrazándose los codos instintivamente–. Pero me ha visto toda la clase de bordado, madre. Así que no creo que esto tarde en ser de dominio público...

Para su sorpresa, su madre se estremeció con violencia ante su declaración y apartó la mirada. La muchacha alzó la cabeza, inquieta por su actitud.

–Madre –preguntó, sintiendo cómo algo se anudaba en torno a su corazón–. ¿Sucede algo?

No estaba segura de querer saber la respuesta, y menos cuando Gala alzó la cabeza y la miró intensamente a los ojos, a la vez que se apartaba de la cara con un acto reflejo su lisa melena de color rubio platino, natural en los gulin. Aldin tomó entonces, sin querer, un mechón de su propio cabello, y lo observó como si lo viese por primera vez. Una oscura sensación empezó a alojarse en la boca de su estómago a medida que pasaban los segundos.

¿Cómo no había caído nunca? Su cabello era negro; el de sus padres, rubio casi blanco. Súbitamente asustada, Aldin alzó la vista hacia su madre. Pero antes de que esta pudiese decir nada, se escuchó, procedente del piso inferior, el ruido de la puerta de entrada al abrirse y cerrarse. Gala pareció recuperar entonces la compostura y se levantó rápidamente.

–Ya ha llegado tu padre –le anunció a Aldin, aunque ella ya lo intuía. Sin embargo, fue el tono quedo en el que pronunció las siguientes palabras lo que a la joven le erizó realmente el vello de la nuca–. Creo que es el momento.



Paula de Vera

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En el texto hay: adolescentes, misterio, viaje

Editado: 24.05.2018

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