Las aventuras de la chica mágica y el luchador

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Buscar y destruir

 

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Cuando por fin logramos salir de ese atolladero, traté de tomar la vía más rápida para llegar a San Nicolás. Eran cerca de las doce treinta de la madrugada. Mis padres me habían llamado para preguntarme si estaba bien pues vieron en el reporte especial de las noticias lo de los accidentes de tráfico a causa de la tormenta eléctrica. Esta causó averías en varios vehículos lo que a su vez provocó los percances viales. Ellos habían regresado del hospital como a las ocho de la noche, igual que la noche anterior, ya que como más familiares se apuntaron para cuidar a la odiosa tía ellos ya no tuvieron que quedarse por las noches. Les dije que estaba bien, que tardaría un rato más en llegar, que no se preocuparan. Algo que me molestaba era que el teléfono de Naomi no sonara en todo ese rato. ¿En serio, su hija no estaba en casa, era tarde, había ocurrido un suceso extraño y potencialmente mortal en la ciudad y aun así no la habían llamado? Los padres del año. Pero en ese momento a Naomi no parecía importarle mucho ese detalle, pues estaba más preocupada por la llegada del ser que provocó la inusual tormenta. Por esta ocasión oíamos la radio en lugar de las canciones del mp3, para saber qué vías estaban colapsadas y evitarlas, así como para saber si algo raro pudiera estar pasando en algún punto de la ciudad, algo relacionado con el ser que había llegado a nuestro mundo. En todas las estaciones hablaban de lo sucedido, de que el servicio meteorológico no había pronosticado nada de eso, de los videos que grabaron varias personas del momento exacto en que la nube había empezado a formarse de la nada sobre el Cerro de la silla. Cambié de estación como cinco veces tratando de dar con algo que nos diera señales de dónde podría estar el devastador de más allá del tiempo. A parte de los daños dejados por la tormenta no se reportaba nada inusual, digo, ¿qué otra cosa podría parecerle más inusual a la gente que la tromba de las nueve y cuarto? Naomi no sabía la forma del ser de otra dimensión, sólo de dónde venía y sus intenciones, porque de alguna manera, según me lo explicó, logró hacer involuntariamente un puente psíquico con eso. Ah, por cierto, luego de esa conexión, Naomi no podía ubicarlo en un punto específico.

—Su presencia es tan fuerte que es como si estuviera en todas partes. —Había dicho. Entonces con eso no funcionaría su “radar”, pues eso no era un punto en el radar, era todo el radar en sí. Ya hasta temíamos que fuera una entidad intangible, etérea, algo que no pudiéramos derrotar con fuego o golpes. Nos dimos cuenta que de momento aquel ente no parecía tener intención de realizar ningún movimiento debido a la relativa calma que se respiraba, y digo relativa porque los servicios de emergencias estaban a tope con lo ocurrido. Si llamo calma a ese desmadre es porque en comparación con lo que podía pasar si la entidad se ponía a hacer su chamba las cosas estaban tranquilas.

Entramos a la colonia donde ella vivía. A baja velocidad circulé por las calles de aquel sector hasta doblar por la calle donde estaba su casa. Lo único que podíamos hacer era descansar, y ver qué plan de acción implementar al día siguiente con más calma. No sabía si Naomi podría dormir con tan ominosa presencia en la ciudad. De hecho no quería que se quedara sola, porque aun y estuvieran sus padres en la casa, estaría sola. Pero no podía ofrecerle que nos fuéramos a mi casa. Sí, nos habíamos besado y todo, pero no habíamos hablado seriamente de cuál sería nuestra relación a partir de eso. No quería que ella malinterpretara mi sugerencia de pasar la noche juntos, y obvio no sería en la misma cama. En fin, fui deteniendo poco a poco el auto. De pronto algo nos sorprendió bastante.

— ¿Mis papás? —Dijo Naomi asombrada.

 

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Cuando las ruedas de mi Chevy nova noventa y cuatro se detuvieron a totalidad, un par de miradas desconcertadas se clavaron en el oxidado vehículo. Mi acompañante abrió la puerta de su lado, y la pareja se acercó apresurada. La mujer tomó de los hombros a Naomi con mucha fuerza, se notaba angustiada. El hombre primero inspeccionó de pies a cabeza a su hija, para luego tratar de ver al conductor del horrible auto, o sea a un servidor. Me apeé enseguida, le di la vuelta al carro y me acerqué, tenía que encarar esta situación.

— ¿Quién eres y qué hacía mi hija en tu carro? —Preguntó visiblemente molesto, muy tenso y con una mirada asesina. Era un hombre como de un metro setenta de altura, delgado, tez aperlada, cabello negro y ojos café oscuros. Naomi había sacado los ojos de su padre, vaya. El señor vestía formal, supongo que su atuendo de trabajo, tal vez era oficinista o trabajaba en un despacho, algo así.



Clint Bauer

Editado: 15.02.2019

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