Las cosas viejas pasaron ©

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8. Ataque

Todavía continuaba la sensación de ser perseguida, cada día ese miedo iba en aumento. Respiré hondo intentando tranquilizarme y ejecutar mi día como normalmente lo hacía, ir a la universidad, luego al trabajo. Cuando ya estuve de vuelta al barrio en donde vivía pude ver como Luis reñía a Jeremy por negarse a conducir, para mi sorpresa también estaba Yahaira. Bufé e intenté pasar desapercibida pero Luis al verme dejó de regañar a Jeremy y me detuvo al llamarme. Me preguntaba cuál era la razón por la que Jeremy se negaba a conducir cuando al parecer él tenía el carnet.

—No pensabas pasar de largo y no saludar, ¿no? –preguntó en broma para luego darme un abrazo—. ¿Qué tal tu día?

—Todo bien –respondí. Saludé a los demás por cortesía y ahí fue cuando Yahaira se acercó hasta mí.

—¿Podemos hablar? –cuestionó en un susurró. Tanto Luis como Jeremy lograron escucharlo pero luego siguieron a lo suyo aunque Jeremy no paraba de mirarnos de vez en cuando. Asentí levemente con la cabeza.

—No quería irme sin antes pedirte disculpas por lo que te hice pasar en los últimos meses del último curso.

Me quedé totalmente sorprendida. Nunca me había esperado una disculpa de ella. No dije nada porque no sabía que decir, estaba asimilando todo y examinando si esto se trataba de una broma, porque al fin y al cabo no iba hacer la primera.

—He hablado con Jeremy, es más desde que he estado aquí él ha sido una bendición a mi vida, pero ya dentro de poco me toca volver con mi madre a Boca Chica –continuó.

Seguía callada. No pude evitar mirar a Jeremy donde nuestras miradas se cruzaron por unos breves segundos.

—Espero que algún día me perdones –dijo para luego darme un abrazó. Yo me quedé inmóvil de la sorpresa. No fue un abrazo largo solo fue muy breve, una corta despedida porque tras hacerlo se acercó hasta los chicos. Segundos después me despedí y fui a casa.

Al día siguiente habían caído un par de gotas de lluvia y en consecuencia hizo que el calor se profundizará más. Era un calor sofocante. Gracias a Dios que tenía puesto colores refrescante, una blusa con manga corta de color blanca y una falda negra jeans que me quedaba un poco por debajo de las rodillas acompañada con unas medias panty negras para ocultar mis piernas que parecían dos yucas de lo blancas que eran, y unos zapatos blancos bajitos. Por supuesto, no se podían quedar las gafas de sol ni el paraguas. Parecía como si no había caído ni una gota de agua del cielo el cual se notaba despejado con ese brillante sol, pero aún así, usaba mi adorable paraguas como sombrilla para que impidiera que los rayos del sol tocaran mi piel pálida.

Durante el trayecto estaba tan pendiente observando cada rincón de las calles a causa del pequeño temor de ser perseguida. Eso me ponía los pelos de punta. Aún esa sensación no había desaparecido pero poco a poco iba restándole importancia.

Estaba llegando al liceo cuando vi que el portero Ramón me detuvo. Él era de piel morena, delgado, se le podía ver algunas mechas de color blanco, producto de la aparición de ciertas canas.

—Sierva de Dios —dijo sorprendido de verme. No entendía por qué puesto que trabajaba en ese lugar.

No me dio tiempo de decir nada cuando volvió a hablar.

—¿No le llego la notificación?

—No. Si me la enviaron a mi celular no llegué a verlo. Por ahora ando incomunicada —aún no había conseguido uno y eso me volvía loca. Solté un pequeño suspiro — ¿Qué ocurre, Ramón?

—Es el liceo. No se estará laborando durante unos largos días a causa de un incendio que se produjo el fin de semana.

Me quité las gafas rápidamente y me acerqué a las puertas del liceo el cual se encontraba la gran parte del edificio chamuscado. Me quedé con la boca abierta y miré nuevamente a Ramón.

—Pero, ¿cómo ocurrió? ¿hay algún herido? ¿quién lo provoco? —pregunté alarmada.

—Ha sido travesura de unos chicos. Gracias a Dios no hubo ningún herido. El liceo quedó en muy mal estado por lo que se suspendieron las clases.

—Espero que no se haya incendiado la secretaria... Con todos los papeles que hay.

—Se pudieron salvar. El incendio no se propagó por esa habitación.

—Gloria a Dios —suspiré aliviada.

Necesitaba un celular urgentemente. No podía pasar otro día sin estar incomunicada. Si hubiese sabido eso me ahorraría el viaje. Aunque claro, tenía que averiguar que iba a pasar con el personal. Aún no podía creerlo. Eso significaba estar desempleada por un buen tiempo.



Mady

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En el texto hay: romance, amor, dios

Editado: 27.12.2019

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