Las cosas viejas pasaron ©

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28. Las promesas de un cavernícola


 


Los nervios la estaban matando. Se mordía las uñas una y otra vez. Era un habito que había dejado pero que hoy había regresado con más fuerza. Se estaba armando de valor para confesarle que iba a esperar un hijo de él.

—¿Qué es lo que sucede? —preguntó Víctor mirándola de reojo mientras continuaban la marcha hasta sus respectivos apartamentos.

Verónica lo miró esbozando una sonrisa para aplacar el miedo que reflejaba en su rostro.

—¿Víctor, me quieres?

Él abrió los ojos desmesuradamente al escuchar esa pregunta. Detuvo sus pasos, se giró hasta ella y clavó su mirada en sus ojos.

—¿A qué viene esa pregunta? —preguntó a la vez que se le escapaba una risita nerviosa.

Ella se encogió de hombros.

—¿No puedes contestar sin hacer otra pregunta? —replicó frunciendo el ceño. Él se frotó la cabeza y besó sus labios.

—Por supuesto que te quiero, Verónica —confesó acariciando su melena castaña. Asimismo ella soltó el aire que estaba reteniendo como si esas palabras le dieran más confianza. No quería perderlo provocando que fuera una de esas madres solteras. Sin embargo, lo que había pasado fue responsabilidad de ambos y debían actuar como adultos.

—Hoy estás más rara que nunca —comentó riendo para volver a entrelazar sus dedos con los de ella y emprender la marcha.

Durante el camino se toparon con algunos amigos que lo acompañaron hasta el edificio de apartamento donde ambos vivían. Subieron las escaleras en silencio. Verónica repasaba cada palabra que iba a decir y la manera en la cual se lo confesaría. Desde su mente se imaginaba que todo saldría bien como había dicho Amy, pero el miedo que recorría en su interior estaba diciéndole lo contrario.

—Necesitamos hablar —anunció Verónica mordiéndose el labio inferior.

—¿Podemos dejarlo para otro día? Estoy muy cansado como para mantener una charla.

Ella cerró los ojos, respiró hondo porque no iba a esperar más tiempo. Ya había esperado el suficiente.

—Debe ser ahora, Víctor.

Él miró el reloj, asintió y entraron a su casa. La casa de Víctor era más pequeña. No había comedor pero si unos pequeños juegos de muebles. Las paredes estaban pintadas de blanco sin ningún tipo de decoración.

—¿Qué es lo que sucede? —preguntó cruzándose de brazos. Verónica se acercó hasta él para llevarlo al sofá donde lo besó, pero él intentó esquivar cada beso—. Te dije que estoy cansado. Habla de una vez.

Verónica se desplomó en el asiento soltando el aire y con ello las palabras.

—Estoy embarazada

Hubo un gran silencio. No era así como se había imaginado confesarle el gran estado pero quería soltar el peso que tanto la atormentaba. Se sentía aliviada. Víctor tenía la cara con una expresión de sorpresa exagerada.

—¿Qué has dicho? —cuestionó esperanzado por si había escuchado mal.

—Ya me has oído —respondió haciéndole frente a su mirada—. Vas a ser padre...

Él joven sacudió la cabeza como si le hubieran dado un tremendo derechazo. El golpe le había dado muy duro que no pensó en sus siguientes palabras.

—¿Estás bromeando? Vamos, Verónica ¿en que rayos pensabas? —Se puso de pie y empezó a caminar de un lado para otro mientras se llevaba las manos a su nuca—. ¿Cómo pudiste hacerme esto? Todo iba bien hasta que...

La castaña se enojó ante las palabras de él. Sus palabras le dolían haciendo que sus ojos amenazaran con empezar a llorar. Se hizo la fuerte e intentó suprimir aquellas lágrimas. Sabía que él no iba a reaccionar de una forma tan alegre pero no era justo que la culpara solo a ella cuando ambos eran responsables.

—¿Hasta qué, Víctor? ¿Hasta qué? ¿Crees qué lo hice a propósito? —empezó alzar la voz igualando el tono de Víctor o tal vez un poco más alto del que pensó—. Tú eres tanto responsable como yo. ¿Acaso crees que yo solita me embarace?

—¡No lo sé! No sé si lo has hecho apropósito. ¿No entiendes que en mis planes no cabe un hijo? No ahora Verónica —gritó lo suficientemente enojado como para patear la silla del centro rompiendo el cristal en cuanto cayó al suelo. La castaña dio un respingón desde su asiento verdaderamente asustada por la reacción de su novio. Nunca pensó que iba a actuar de esa manera. Le lanzó una mirada llena de terror, pero en cuanto él sintió esa mirada sobre él intentó disculparse, sin embargo, la castaña se levantó del sofá para salir lo más rápido posible de la guarida de aquel que tenía por novio. Tenía miedo que su enojo acabara con hacerle daño.

Al momento de abrir la puerta Víctor reaccionó y la tomó del brazo.

—No me toques... —amenazó Verónica con los ojos llorosos dándole un empujón para librarse de él. Cerró la puerta para ganar más tiempo mientras abría la puerta de su apartamento y entrar en el interior. En cuanto creyó estar a salvo se dejó caer en el suelo soltando esas lágrimas que no podía retener más. Lloriqueó porque jamás pensó que esto le podría pasar. Poco segundos después sus lágrimas se vieron sorprendidas cuando Víctor empezó a tocar la puerta.

—Lo siento, nena —susurró detrás de la puerta. Se había comportado como todo un idiota pero estaba dispuesto a remediarlo—. Me tomaste por sorpresa. Abre la puerta por favor —suplicó ignorando la llamada que entraba en su celular. Poco después lo apagó.



Mady

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En el texto hay: romance, amor, cristianismo

Editado: 27.12.2019

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