Las cosas viejas pasaron ©

Tamaño de fuente: - +

31. ¿Quién dijo que perdonar es fácil?

 

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonarás también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Mateo 6:14-15
 

 

Me sentía rota, dolida, engañada y manipulada. ¿Cómo podía ser que la persona en la que estás profundamente enamorada sea la misma persona que había planeado un terrible plan contra ti? Y ¿Cuando me lo pensaba decir? ¿Como iba yo a saber que lo que sentía Jeremy por mí es amor o una terrible obsesión? 
Me estaba cansando de tantas pruebas, de las constantes luchas y de tener que soportar todas las dificultades. No aguantaba más. Quería un tiempo de refrigerio.
Me había quedado un buen rato con Víctor y él me sacó toda la información. Debía decir que me había desahogado, sin embargo, eso aumentó la desconfianza que había entre Víctor y Jeremy. Por lo menos de parte de Víctor que siempre se había portado con gran recelo. Sabía que los consejos que Víctor me daría no eran dignos de escuchar, no porque sea una mala persona, sino porque él estaba muy alejado de Dios. Él era una de esas personas que Dios describe en su palabra como un tibio, andaba entre dos aguas, un pie fuera de la iglesia y el otro dentro, como decíamos nosotros. Lo más terrible es que Dios a los tibios los vomita.

Cuando entre al apartamento no quise hacer demasiado ruido para que Verónica no se despertara. Víctor me había dicho que hoy supo que iba hacer padre y por eso se encontraba dando una vuelta. Me encerré en mi habitación apoyándome en la puerta una vez que la cerré. Empecé a jugar con el anillo de mi compromiso con Jeremy pensando en si debería romperlo o no. Sin embargo, alejé ese pensamiento de mi cabeza porque aunque una parte de mí quería hacerlo la otra parte me lo impedía. Entonces, en ese momento recordé que aún no había devuelto el anillo de Brent aunque él tampoco lo había procurado. Me acerqué hasta el gavetero y empecé hacerme el famoso tubi para que mi pelo liso durara más cubriéndolo con la redecilla. Me desplomé en la cama sin deseos de quitarme la ropa y más porque si lo hacia me iba a destruir el tubi.
Sabia que la solución era orar pero no tenia deseos, además sentía una gran pesadez. Lloré hasta quedarme dormida.

Cuando la alarma me despertó avisándome que era la hora de ir a trabajar me quejé terriblemente porque eso decía que tenía que ver a Jeremy y no quería hacerlo. Antes de prepararme revisé mi celular para ver si tenía alguna llamada perdida o un mensaje de texto. Nada. Eso hizo que me sintiera peor de lo que ya me sentía. Suprimí las lágrimas que querían salir. Di un salto de la cama y me preparé enseguida porque no quería encontrarme con Verónica, ella me conocía y no quería tener que hablar de lo ocurrido. Cuando iba a salir fue cuando ella se levantó totalmente despeinada, solo pude decir un "hasta luego" dejándola con una expresión interrogativa. 
Antes de tomar el carro de concho para llevarme al trabajo decidí comprar en unos de los puestos de empanadas lo que seria mi desayuno.

—Dios bendiga —saludé con una sonrisa para disimular mi tristeza.

—Amén. ¿Empanada de queso y jugo de avena con chinola?

Asentí con una leve sonrisa. Solía comprar lo mismo cada vez que el hambre me atacaba o antes de ir al trabajo cuando se me hacia tarde y no podía preparar el desayuno. Debía decir que hoy iba bien de tiempo. A los pocos minutos pagué cuando me entregó mi pedido.

— ¡Qué tenga buen provecho!

—Gracias —dije despidiéndome a la vez que comía caminaba hasta llegar donde se tomaban los carros.

Me quedé un buen rato hasta terminar de desayunar y ver como los autos que pasaban se encontraban llenos. Solo en este país se podía ver en un carro de seis pasajeros, y sin contar al conductor. 
Cuando terminé mi empanada fui lo bastante rápida para montarme en un carro y coger la parte delantera. Durante el trayecto me quedé repasando lo que le iba a decir a Jeremy.
Al llegar a la tienda saludé a algunos de mis compañeros e inmediatamente subí hasta el despacho de Jeremy pasando el área de recursos humanos. Una de ellas me había dicho que todavía no había llegado pero le dije que lo iba a esperar. La mayoría de los empleados sabían mi compromiso con Jeremy incluyendo a Mónica que se había sorprendido pero a la vez había dicho que se lo sospechaba por nuestra actitud.

Tenía los nervios de punta y no paraba de jugar con el anillo de compromiso. Al momento de agachar mi cabeza pude ver unos zapatos negros relucientes, luego el perfume de Jeremy inundó mis fosas nasales. No era un perfume fuerte para esta hora de la mañana, era uno suave, de buen aroma que me embriagaba. Miré su rostro el cual reflejaba el dolor pero no tanto el que yo sentía. No tuve que gesticular palabra puesto que él tomó la iniciativa y me llevó hasta el interior de su despacho pidiendo que no se le molestara.

—Renuncio —dije con firmeza sin esperar a que ninguno tomara asiento.

— ¿Qué? —preguntó con gran sorpresa.

—No puedo seguir trabajando —tragué saliva—. Contigo.

Estaba dándole la espalda y él no tardó en ponerse delante de mí. Desvié la mirada a un lado.

—Pensé que estarías aquí por otro motivo. Creí que habías venido a por una explicación —dijo algo derrotado.

Me crucé de brazos y cogí el valor suficiente para mirarle a los ojos.



Mady

#1003 en Novela romántica
#237 en Joven Adulto

En el texto hay: romance, amor, dios

Editado: 27.12.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar