Las dimensiones de la serpiente

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            Karol salió del salón y llamó a Javier. «No contesta» dijo antes de guardar el celular y pensar en quién sería petinente llamar.

            Aún no terminaba de maldecir cuando recibió una llamada de Javier.

            —¿Aló?

            —Karol, querida, ¿cómo te fue con Wattson?

            —Te mando la entrevista si quieres.

            —Oki doki.

            —Espera.

            —Dime.

            —¿Crees que es seguro hablar con ese tipo?

            —Es seguro, sí. Es seguro y es importante. Tenemos una entrevista con una mente maestra del mundo informático y científico.

            —El problema es que algo podría salir mal. No sé… no me da buena espina ese tipo.

            —¿Hablamos después?

            —Sólo déjame decirte esto: Wattson no existe como tal.

            Javier cortó la llamada descuidadamente. Se levantó de la mullida silla y se sirvió un poco de bebida. Se sentía satisfecho al saber que gracias a él una periodista como cualquier otra se acercó a Wattson y le sacó unas cuantas respuestas. Se quedó ansioso esperando la entrevista frente a su computador y los posts de Wattson sobre tiempo, espacio y energía.

            En el fondo quería llorar porque no era él quien hacía las preguntas, pero supo contenerse.

            Karol aún estaba asustada por las afirmaciones del hombre. Llegó a dudar de su existencia y temer por todo. Al llegar a casa le envió la entrevista a Javier, quien la recibió y escuchó ansioso.

            Karol se quedó esperando la respuesta de Javier, quien a su vez lloraba de rabia y emoción.

            «Toda una vida de ser el mejor en esto y… y ella se llevará el crédito por una pega que yo hice. Tonto; tonto, idiota que andas regalando tu habilidad por ahí como si valiera lo mismo que un dulce…» pensaba en medio del llanto.

            Un correo de Wattson le llegó desde un servicio de correo anónimo. Javier se estremeció.

            “Vamos por buen camino. Pronto abriremos la realidad.”

            «Parece que no llamará» se dijo algo resignada antes de sentarse frente al escritorio.

            Consultó a su jefe sobre la fecha de publicación de la entrevista y, tras recibir una respuesta equivalente a “algún día”, se fue a preparar un té.

            Miró la casa entera y comenzó a pensar en los proyectos que aún no concretaba. Revisó nuevamente las anotaciones de Javier y se quedó leyendo en específico los artículos rescatados de los foros oscuros de la red.

            Se dio cuenta de que todos eran demasiado coherentes entre sí como para tratarse de una mentira. No encontró indicios de falacia ni imprecisiones. El trabajo tenía, eso sí, una gran tendencia a trenzarse y explicar todo con excesivo detalle. No le llamó la atención que nadie lo lograra comprender y que no haya ningún proyecto de esas características en marcha.

            «Pero él habló de haber trabajado para ellos. ¿Será posible que…?» una notificación del celular la interrumpió.

            Esperó que fuera Javier con alguna respuesta, pero él seguía siendo un bebé en su casa. Se trataba de un correo de Wattson.

            “Estimada Karol:

            Deseo hacerle saber que la entrevista ha sido muy productiva. Procedo a explicarle un poco las cosas de la mejor forma que se me ha ocurrido; vivirá en persona y verá con sus propios ojos la hermosura de mi obra. Disfrute de ser mi conejillo de indias; usted ya no tiene salida



Alejandro Granada

Editado: 05.08.2019

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