Las Guerras Boreales: Furia elemental

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Capítulo I: Después de la tormenta

Habían pasado apenas tres días desde la batalla por Vesladar cuando la nueva administración encabezada por Nontar y Unger ordenó levantar el toque de queda y abrir un punto de distribución de salvoconductos en el regimiento. Desde las torres del edificio se podía ver una larga fila de más de 200 metros en la que comerciantes y extranjeros esperaban para recibir el documento que les permitiera abandonar la ciudad. El procedimiento era muy poco prolijo, simplemente el solicitante explicaba sus motivos y después de las dos o tres preguntas de rigor recibía el documento con el cual podría dejar la ciudad. Entre ellos estaban Déras y sus dos acompañantes, quienes esperaban poder retomar sus planes lo antes posible.

La ciudad lentamente volvía a la normalidad. Los días que siguieron al levantamiento fueron ocupados en despejar las calles aledañas a la fortaleza, remover escombros al interior del palacio y al traslado de los cuerpos a las afueras de la ciudad donde se prepararon fosas comunes en una pequeña colina alejada unos 300 metros de las murallas exteriores para enterrar a los soldados caídos, incluyendo a los oficiales. En este sentido, el llamado honor militar fue desdeñado y los cuerpos de Morsten, Durst, Tom y Verdal se perdieron bajo la tierra confundidos con los del resto de los soldados. El Clima húmedo, la lluvia y el lodo hicieron la tarea lenta y penosa, pero ayudó a realizar el trabajo en condiciones menos desagradables que las que hubiera generado el calor de la última estación del año.

Aún había hombres trabajando en los últimos detalles de esta tarea, mientras el Príncipe se reunía con los ministros que habían sido trasladados desde sus casas y que esperaban en el salón de conferencias a que el menor de los Kerstier ocupara la cabecera de la mesa. Todos se miraban entre sí sin decir palabra bajo la atenta mirada de Ganmión que junto a Harmon y otros tres soldados se encontraba al fondo del Salón en actitud amenazante. Había además otras dos sillas vacías, la de Unger y la de Zat. El resto se preguntaba dónde estaría el primer ministro, aunque todos adivinaban que las mazmorras eran el lugar más probable, sabían que el hombre de confianza del Rey jamás aprobaría una administración ilegítima. En los días y horas previas al levantamiento, Unger había hablado con sus colegas explicándoles que una rebelión estaba ad portas y que habría que cooperar y sostener a los vencedores, fuera quien fuese si explotaba una revuelta, hasta retomar la normalidad esperando el retorno de Ervand, algo que en verdad no estaba dentro del diseño de Unger pero que servía como argumento válido a la hora de lograr el apoyo del gabinete.

De pronto crujió la puerta ingresando dos soldados que la custodiaban entre los cuales pasaron Nontar y Unger, el primero cabeza baja con las manos a la espalda, como meditando sus siguientes pasos. Traía ropa de gala, una armadura de cuero ligera negra con incrustaciones de plata en forma de placas pequeñas en la cintura y los brazos y una capa también negra con bordados dorados. El Ministro lo seguía con rostro confiado y un aire de superioridad que despertó la ira de más de alguno de los miembros del gabinete que debieron contenerse a duras penas para no pararse y salir del salón. Avanzó junto al príncipe y se quedó de pie a su lado.

—Muy bien caballeros, aquí estamos, una situación que nadie hubiese querido pero que al final fue inevitable—Dijo Nontar sentándose a la cabecera de la mesa —Espero que estemos todos en disposición de ponernos a trabajar para retomar cuanto antes la normalidad y empezar a reorganizar el reino—Continuó—Antes de comenzar necesito su aprobación para un par de cosas que considero importantes antes de seguir adelante. Primero, he decidido nombrar nuevo Senescal del reino a Ganmión, quien a pesar de no ser oficial cuenta con toda mi confianza y que además mostró inteligencia y conocimientos militares en la batalla de hace unos días. Por favor si alguien no está de acuerdo que levante la mano.

Hubo un incómodo silencio, los ministros se miraron entre sí pero ninguno se opuso. Nontar esperó unos segundos.

—Bien, como no hay objeciones entonces queda aprobado. ¡Ganmion, acércate!

El soldado avanzó hasta la mesa mientras el Príncipe se ponía de pie y ordenaba a uno de los edecanes que custodiaban la puerta que le trajera una caja de bronce pequeña.

—Ganmión, soldado del Reino de Faistand, como administrador del reino te nombro Senescal general, y lo refrendo entregándote el símbolo de este importante cargo—Dijo Nontar sacando de la caja el medallón del Senescal que arrebatara a Verdal tras la batalla.

Ganmión recibió la condecoración y haciendo una reverencia regresó al lugar que ocupaba.

—Ahora lo segundo. El Ministro Zat ha decidido no cooperar en la ardua tarea que tenemos por delante, es más, se ha mostrado hostil y dispuesto a perjudicar en lo que sea posible a quienes él considera traidores, por lo que por ahora permanecerá detenido en Palacio hasta decidir si es o no trasladado a Torre Oscura. En su lugar como Primer Ministro y Ministro de Guerra he decidido nombrar a Unger, quien llenará la silla a mi derecha desde ahora, considerando que ya ocupó una vez este sitio y que tiene la experiencia necesaria para ejercer la tarea.



R.B. Wegner

Editado: 16.08.2019

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