Las nubes no son de algodón

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Capítulo 18: Taylor

No estoy seguro de en qué lugar, planeta o galaxia estoy o si esto es real o una simple broma de mal gusto, solo sé que cuando abrí la puerta de la habitación encontré a Kat de pie frente a mí diciendo que quiere acostarse conmigo y que ahora está colgada de mi cuello besándome.

—Espera, ¿qué estás haciendo? —Trato de alejarme un poco de ella para mirarla a los ojos y comprobar si se ha vuelto loca.

—Ya te lo dije, quiero hacerlo contigo. —Ella intenta lanzarse sobre mí nuevamente, pero esta vez lo evito echándome hacia atrás y poniendo ambas manos frente a ella formando una barrera.

—Ya sabes que dijiste esas mismas palabras anoche y luego te arrepentiste.

—Pero esta vez no estoy borracha. —Puedo ver el brillo de determinación en sus ojos, está hablando en serio.

—Kat esto no es un juego, ¿sabes lo doloroso que es para un hombre el excitarse y no poder hacer algo al respecto? —intento de explicarle.

—¿Estás excitado?

—Bueno, tal vez, un poco —respondo sintiendo las punzadas de mi creciente erección contra mis pantalones.

—Entonces hagamos algo al respecto. —Antes de que pueda intentar detenerla comienza a desvestirse hasta quedar en ropa interior.

Me llevo ambas manos a la cabeza sorprendido mientras mi, ahora completa, erección amenaza con traspasar la tela de mis pantalones.

«¿Por qué quiere hacer esto? ¿Por qué conmigo? ¿Y por qué no? ¿Por qué me resisto? ella está ahí deseosa, dispuesta... pero no están sencillo.»

Me paseo de un lado a otro ordenando mis ideas, si hubiera sido cualquier otra chica no lo pensaría dos veces para tomarla y hacerla mía sin pensar en las consecuencias, pero ella es diferente, jamás podría lastimarla, en algún momento mientras yo reflexionaba Kat avanzó hacia mí hasta estar a solo unos pocos centímetros de mi cara.

—¿Por qué lo piensas tanto? Creí que te gustaba —me dice algo exasperada.

—Claro que me gustas, es más, me encantas. Es que no entiendo porque quieres hacer esto —le digo confundido.

—¡Ash! eres tan desesperante ¡no tienes que entenderlo, solo hazlo! —me grita.

«¿En serio está gritándome cuando yo solo intento ser un caballero?»

—Oye no es así de sencillo, no soy un animal.

—Solo cállate y bésame idiota. —De pronto ella se lanza sobre mí, poniendo sus brazos alrededor de mi cuello y entrelazando sus piernas en mi cintura; yo la sujeto del trasero y camino hasta la cama para depositarla entre las sábanas.

—Solo una cosa más —le digo levantándome un poco para mirarla a los ojos después de tumbarme sobre ella.

—¿Y ahora qué?

—¿Has hecho esto antes?

—Yo... no. —Esta vez habla despacio, incluso algo avergonzada me atrevería a decir. Parece que Kat la ruda se fue a dormir y Kat la tímida ha tomando su lugar.

—¿Y estás segura de que quieres hacerlo conmigo?

—Sí, lo estoy —dice con convicción.

Yo le sonrío y vuelvo a besarla, hundo mis dedos en su corto cabello negro y los acaricio por unos instantes para luego dejar que mis manos comiencen a recorrerla paulatinamente, poniendo atención a cada reacción de su cuerpo, no quiero hacerla sentir incómoda o invadida por un toque inapropiado.

Hasta ahora solo escucho suspiros y gemidos, pero noto que se tensa cuando mi mano empieza a bajar por su estómago, no solo eso, está casi temblando. Me detengo por un instante y la miro a los ojos; a pesar de tenerlos cerrados puedo ver en su expresión nerviosa que no queda ni un solo atisbo de la determinación que mostró antes cuando literalmente se lanzó sobre mí.

—¿Kat estas bien? Podemos parar si quieres.

—Sí, estoy bien, es solo que nadie me había tocado así antes. —Evita a cualquier costa mirarme a la cara mientras lo dice.

«Se cuidadoso imbécil, es su primera vez», me digo a mí mismo. 

Dejo mi exploración para después y decido dedicar un poco más de tiempo a besarla, me concentro en sus labios carnosos, en deleitarme con su ternura, en penetrar su boca con mi lengua y explorar cada sentimiento de su interior con ella.

Paro por un instante para quitarme la camiseta que tengo puesta y aprovecho para observar a Kat, aún tiene los ojos cerrados, sus mejillas están rojas y su cabello es un desastre. Si alguien me hubiera dicho hace dos semanas que estaría en una casa escondida en una isla desierta haciéndole el amor a una piloto virgen y desquiciada me le hubiera reído en la cara, pero heme aquí, disfrutando del momento más maravilloso de toda mi vida.

Sin perder más tiempo vuelvo a devorar su labios mientras entrelazo los dedos de ambas manos y las extiendo en la cama en forma de cruz. Dejo de besar su boca y empiezo a dirigirme hasta su oreja, en cuanto mi lengua toca su lóbulo ella emite un gemido gutural y empieza a moverse inquieta debajo de mí.

«Justo en el blanco», pienso con una sonrisa. Continúo torturándola un poco antes de empezar a bajar hacia su cuello y luego a sus pechos.



M.T. Heredia

Editado: 10.10.2018

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