Las reglas del destino

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Capítulo 9: Pequeños viajeros

Cuando estaba por terminarse el mes, me di cuenta de que estaba a punto de volverme loco. Las semanas pasaban y mi interés por ella era igual que el que un niño pequeño tiene por un juguete en su caja. Aquello que sentía parecía ser solo deseo, anhelo, ansias; sin embargo, al estar cerca de ella actuaba como un tonto, como un imbécil, no sabía qué decir ante sus ridículas pláticas, no sabía cómo comportarme ante sus molestas sonrisas y sus estúpidas caricias. Sandra era una bomba que explotaba hacia dentro.

El lunes 27 de septiembre decidí que todo terminaría esa semana. Preparé mis maletas y dejé todo listo para ya no regresar. Dean dejaría de ser Dean para volver a ser lo que realmente era: un patético hombre de 21 años que tenía sexo tanto como quería sin usar palabrerías cursis.

Me estacioné frente a la preparatoria y me quedé allí hasta que todos los jóvenes dejaron las aulas. El circo de infantes deformes por hormonas dejó su circo para regresar a sus jaulas. Ella corrió al auto como casi siempre lo hacía, arrojó la mochila en el asiento de atrás y se soltó el cabello. Me miró por unos segundos antes de que alguno de los dos dijera una palabra, arqueó las cejas justo antes de que yo dijera algo, sin embargo, nadie mencionó nada.

—¿Qué es lo que pasa?

Traté de encontrar las palabras adecuadas para decirle que me iría de allí, realmente no sabía cómo decir que comenzaba a aburrirme de la rutina en la que habíamos entrado, pero no sabía si de verdad quería decir eso. Volvía a hacerlo, me hacía sentir como un tonto sin siquiera saberlo. Era una pesadilla.

—Tenemos que hablar de algo... Sandy... Recibí una llamada de mi madre...

—¿Está todo bien?

—No... Ella... bueno, ella por fin se enteró que no he asistido a clases por lo que parece ser un mes ¿está eso bien? —algo en mi voz se salió de control, estaba desesperado, más por ella que por mí.

—Suena como si estuvieras culpándome, Dean.

—Claro que no estoy culpándote, soy yo quien es culpable por dejar que esto sucediera —mencioné un poco más alterado­­ ─. Tú solo fuiste parte de eso.

—¿Estás culpándome? ¿En qué momento te pedí que te quedaras? Estás diciendo que te quedas por mi culpa.

—Sandra, estás exagerando todo nuevamente ¿podemos no discutir por lo menos hoy?

—¿Me estás diciendo exagerada? ¿Cómo quieres que no discutamos si llegas y me culpas de tus problemas?

—¡Estás siendo injusta, Sandra! ¿Por una sola vez puedes no armar un drama?

—¡Tú eres quien inicia, Dean! ¡No es justo que te desquites conmigo por tus problemas!

—¡Tú eres otro de mis problemas, Sandy!

—Eres un idiota...

Solo escuché el clic de una puerta abriéndose, segundos después ella bajó del auto, cinco segundos después yo empecé a conducir sin ella. La miré por el retrovisor, permaneció allí parada, con los brazos cruzados, viendo el auto alejarse. Cinco segundos después giré de regreso a la escuela, me detuve frente a ella y abrí la puerta, ella entró al auto y besó mi mejilla.

—¿Qué tal tu día? —preguntó mientras cerraba la puerta.

—Un poco mal, mi madre se enteró que no he asistido a clases.

—Oh, Dean... no dejes que eso te preocupe, podemos arreglarlo.

Puse el auto en movimiento y nos alejamos de allí. Eso hicimos y no pudimos dejar de hacerlo y eso era lo que me incitaba a seguir. Ella y sus ridículas discusiones. Sandra y sus quejas, sus insultos, sus lamentos de niña. Cada una de esas peleas parecía no acabar, pero terminaban y nos unían más, con cada una de ellas terminaba desconociéndome más y más.

Pasamos por su casa y cogimos una mochila con un poco de ropa, nos apresuramos antes de que Dina saliera del trabajo. Hicimos todo rápido, sin pensar, solo actuando. Ella jugaba a ser rebelde y romántica, yo sabía lo que quería. Conduje por una hora o dos hasta que llegamos a un pueblo pequeño cerca del lago. Renté una cabaña y nos pusimos cómodos. La tarde estaba un poco nublada, en Ottertail no había mucha población, así que podíamos brincar del lago a la cabaña a algún pequeño restaurante. Pasamos algunas horas pretendiendo no saber lo que pasaba, pero aquello se trataba de una despedida.

Tomé su mano y le di un beso en cada uno de los dedos. Miré esos ojos avellana y olí las rosas de su perfume. Era tan joven como para saber lo que sucedía, pero mis sentimientos hacia ella se debatían entre deseo y amor, sin embargo, puedo apostar que sus sentimientos hacia mí solo eran un arrebato de la edad.

—¿Alguna vez has pensado en cuántas son las posibilidades de que esto esté sucediendo realmente? —preguntó sin dejar de ver a la nada.

—¿Estar aquí contigo?

—No, hablo de cuáles fueron los factores que nos hicieron estar aquí en este preciso instante... Qué tal si hay por allí, en algún punto del tiempo, una Sandy negándole una invitación a un Dean, o una Sandy negándose a ir a la fiesta de Jared, o un Dean evitando ir a Detroit Lakes... no sé si me explico... de todas las posibilidades de que sucediera esto... —se detuvo, miró más allá del viento que soplaba sobre los árboles —o lo otro, estamos aquí y no en cada uno de esos preciosos instantes que nos perdemos por tenernos...



Adriana Coronado

Editado: 13.05.2018

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