Las reglas del destino

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 14: Bailando con la luna

La vi llegar en el auto de Jake, también los vi besarse durante un tiempo, minutos en los que estuve conteniendo mis puños, que lentamente, y sin hacerme caso, empezaron a golpear las partes de auto que me rodeaban. Cuando la vi bajar y las luces del auto desaparecieron en la calle, caminé tras ella esperando... Realmente no sabía lo que pasaría en ese encuentro, pero sinceramente no me importaba. Solo me había ido tres meses. Las cosas no podían haber cambiado tanto. Lo único que quería era abrazarla, llevarla en el coche a algún lugar y contemplar su silueta desnuda junto a mí.

Se veía distinta, decaída y sin color. Su piel de porcelana se teñía rosada al contacto del aire frío de esa noche. Su reacción al verme fue la que pensé que tendría. Aguanté todas mis ganas de abrazarla y besarla. Juro que luché con todas mis fuerzas... Sentía por dentro una fuerte necesidad de sentirla junto a mí, de tocarla, de sentir sus labios. Había esperado durante tanto tiempo para tenerla frente a mí, que mi instinto me hizo estirar la mano hacia ella para sentir que era mía.

Sentí la fresca brisa de ese diciembre rozando mi piel; el susurro de los sueños de alguien que dormía cerca de esa calle atormentando mis oídos; veía las luces encenderse y apagarse una y otra vez a lo lejos; la luna de esa noche se había marchado danzando sobre aquel cielo que me regalaba la más fúnebre compañía. El aire olía a desesperanza, a ingenuidad; el aire olía a todos mis sueños acumulándose en la punta de mi volátil cabello. Me sentí ir y venir una y otra vez, bailando, soñando, perdiéndome en aquella calle oscura y fría.

Tenía un nudo en la garganta que me impedía hablar, solo lo observaba. Veía ese espectro posar su mano sobre mi brazo, acariciar mi chaqueta negra. No podía respirar. No sabía qué hacer y qué decir. ¿Qué es lo que podía hacer? Ni en dos vidas pude haber estado preparada para esa situación.

—¿Te quedarás allí sin decir nada?

—¿Por qué ahora?

—Te prometí que volvería.

Di un paso hacia atrás y aparté mi cuerpo de su alcance. Tapé mi rostro con mis frías manos y esperé a que desapareciera; pero no lo hizo. En mis entrañas se coció la idea de haber muerto, pero el helar de aquella noche me hizo dar cuenta de que el infierno no sería igual que aquella inquietante y perfecta tortura.

—¿Qué haces aquí? —pregunté sacando mi inquietud en forma de un chirrido llamado voz.

—¿A caso ya no me esperabas? —dijo dando un paso hacia mí.

—¡No! —saqué un grito de mi garganta.

—¿Cómo puedes decir eso? —preguntó acercándose más y más a mí.

—Aléjate...

Coloqué mis manos como barrera, pero no sirvió de nada. Sentí sus brazos acercarse a mí, su respiración golpearme, su aroma... Lo sentí todo y a la vez nada. Sus manos me atraparon y jalaron bruscamente a él. Mi corazón dio un vuelco. Lo sentí tan cerca como para saber que era real, que algo dentro de mí empezó a romperse. Su perfume se impregnó en mi piel y me arrulló como a una niña que intenta dormir. Sus manos, sus grandes manos tocaron mi frágil cuerpo al tiempo que las mías intentaban apartarlo. No tenía idea de por qué. Quise estar dormida. Quise desaparecer. Quise, con todas mis ganas, que se llevara mi cuerpo y jamás me lo regresara.

En aquel forcejeo la fuerte no era yo. Lentamente se fue apoderando de mi cuerpo, de mis frías manos, de mi rostro que solo podía verlo allí, vivo. Empecé a sentir que el aire se me iba. Sus labios encontraron los míos y no pude hacer otra cosa que besarlo. Era tan real que dolía. Era tan real que sabía que el despertar sería más duro aún.

—Mi Sandy...

—Vete... Por favor... —dije tratando de zafarme de él, de sus manos, de sus labios, de su aroma que me volvía loca. Mi voz se quebraba igual de pronto que todo lo que yo era se quebraría.

—¿Qué es lo que pasa, mi niña?

—No debiste volver...

Me dolía pensar en mis palabras, en saber que lo atacaban de la misma manera en la que me atacaba su imagen. Seguí pidiéndole que se fuera de mi lado, que me dejara en paz, pero entre más lo hacía más luchaba por abrazarme. Me besó tantas veces como pude corresponder. Me besó de tantas maneras que pronto el sabor de sus labios empezó a saber a mis lágrimas. Tuve, por un instante, un gran dolor en el pecho, pero de aquel ir y venir entre sus labios no pude siquiera darme cuenta de lo que estaba pasando. Tuve la sensación de haberme quedado dormida, o al menos eso sintió mi cuerpo. Sentí que desaparecía en aquella oscuridad, entre aquella oleada de cuerpos sin vida. El cielo volvió a tragarse mi cuerpo.

La vi caer lentamente y lo único que pude hacer fue tomarla con fuerza para evitarlo. El tiempo se detuvo en ese instante para hacerlo eterno, empecé a pedir ayuda, a gritar para que alguien me ayudara; mas aquella noche solo tenía estrellas y nada más. A los pocos segundos Dina salió de su casa y corrió hacia Sandy, después regresó su mirada hacia mí y me vio como si de un muerto se tratara.



Adriana Coronado

Editado: 13.05.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar