Las reglas del destino

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Epílogo

"Regla número 1: no retes tu destino", me digo en voz baja cuando las páginas pasan constantemente con aquel abrumador sonido del reloj que se vuelve parte de lo que somos. La veo desde ese punto en el que me encuentro y sonrío ante la tonta idea de hacerla mía. Las hojas vuelan y me sé ajeno a eso que pasa, pero no me importa. Siento su piel y beso sus labios. Beso en cada beso el recuerdo de un recuerdo que a la lejanía me parece familiar.

Los segundos se detienen sobre nosotros en el momento en el que rozo su piel y le digo al oído esas palabras que en algún punto de mi vida creí mencionar, pero que hoy considero inciertas, igual que ese futuro que me espera. La veo levantar la vista y regalarme un beso, y luego, entre el beso, la miro desaparecer al ver sus ojos avellanados. Alguien a lo lejos toca una melodía y no sé dónde estoy. Quizá despierto o quizá sueño. En mi cabeza se amontonan las frases que deseo decir, pero de mis labios surgen otras más.

Tengo la tonta idea de haberlo vivido antes, pero en el preciso instante en el que estoy por recordar, me miento de nuevo y sonrío. Lo único que queda de aquel hombre es el presentimiento de lo que vendrá y el susurro de unas manos sosteniendo un libro. Me entintan y reacciono. Sé que escriben sobre mí.

Mi historia, su historia y nuestro destino... Lo recuerdo como un sueño, con tanto miedo y anhelo, que solo queda el halo de los sentimientos que creímos vivir. Y luego, cuando voy a dormir, recuerdo y vuelvo a contarme esa historia, pero esta poco a poco se transforma en la pesadilla más hermosa que deseo no tener y al mismo tiempo vivir. Así que cierro los ojos y escucho esa voz en mi cabeza mientras pierdo la conciencia:

"No sé si vivir una mentira fue lo que hice, pero dentro de ella pude darme cuenta de que lo que hacía era lo mejor que me había pasado...”



Adriana Coronado

Editado: 13.05.2018

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