Leones del Mar

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   Diego Castillano abrió la puerta de la biblioteca bruscamente y se precipitó hacia la sala. Por un instante, un relámpago iluminó la habitación a oscuras como si fuera de día. No había nadie allí. Una garra helada estrujó su corazón al adelantarse hacia el corredor de los dormitorios. Había dejado la puerta abierta y ahora estaba cerrada. No quería siquiera pensar que Manuel se hubiera atrevido a ir en esa dirección.

   Mas nunca llegó al corredor. Apenas había dado cinco pasos cuando una sombra surgió de la nada a interponerse en su camino y una espada destelló frente a su pecho en el siguiente relámpago. Por un momento sintió un alivio indescriptible. Manuel estaba allí, frente a él, y su hijo estaba a salvo.

   —Las pistolas, Diego —dijo el Fantasma sin la menor animosidad, avanzando un paso que Diego Castillano retrocedió.

   Un rayo cayó cerca de la casa y el fogonazo iluminó la figura vestida de negro. El fragor del trueno inmediato pareció sacudir la casona. Diego Castillano alzó un poco las manos y se inclinó con lentitud para dejar las pistolas en el suelo. El Fantasma bajó su hoja y dio dos pasos rápidos para patear las armas lejos de su rival.

   —Veo que has adquirido nuevos aceros desde mi última visita —comentó, en un tono coloquial que se sumaba a la tormenta para dar a toda la escena un tinte de pesadilla—. ¿Has aprendido a usarlos, también? Los tunantes que apostaste en el jardín por cierto que no sabían.

   Diego Castillano se irguió y sostuvo su mirada en silencio. Necesitaba calmarse un poco y concentrarse si aspiraba a tener al menos una pequeña chance de seguir vivo. El Fantasma cabeceó en dirección a las panoplias en la pared, al otro lado de la sala.

   —Ve, coge uno. Te daré la oportunidad que tú nunca le diste a mi familia: una pelea limpia.

   Diego Castillano se movió de costado hacia la pared en cuestión, sin atreverse a darle la espalda. Estuvo tentado de soltar una risa amarga al escucharlo. Una pelea limpia. Contra un eximio espadachín como Manuel. Al menos aún tenía el puñal de misericordia oculto bajo la camisa, asegurado con su faja. Lo sorprendía aquella pausa que Manuel estaba forzando antes de atacarlo. Era la primera vez que lo hacía.

   —Todo el mundo alaba tus técnicas de combate —dijo, intentando sonar medianamente sereno—. ¿Y aun así todavía me culpas por la muerte de tu padre y tus hermanos? —No tuvo más alternativa que volver la cabeza para tomar una espada de la panoplia—.  Tú sabes que nunca fui buen tirador. Y no tenía más que un arcabuz. ¿Cómo crees que me las compuse para matar a tres hombres de un solo disparo con mala puntería?

   Retrocedió sobresaltado al escuchar la risa condescendiente de Manuel sólo dos pasos detrás de él.

   —¿En verdad crees que voy a matarte por un disparo de arcabuz? ¿En verdad crees que no sé lo que ocurrió ese día?  —preguntó, en aquel acento casual que le provocaba a Diego Castillano deseos de gritar de puro miedo.

   Sacó una espada de la panoplia y la empuñó con mano temblorosa.

   —Venga, mírame a los ojos. Da la cara por una vez —dijo el Fantasma.

   Si había algo que Diego Castillano no quería, eso era enfrentar a Manuel. El corsario mantenía su espada apuntando al suelo, y había ladeado la cabeza un poco hacia un hombro, observándolo en la luz intermitente de los relámpagos.

   —Ese día le fuiste con el chisme al cerdo de tu padre, que tuvo tiempo de advertirle al Hidalgo sobre los planes de mi padre y los demás —dijo, como quien le explica algo a un niño atolondrado—. Y aun así, todavía te quedaba una oportunidad de reparar tu indiscreción. Pero no te alcanzaron las agallas. —Meneó la cabeza con desdén—. Tu lugar era con nosotros, y sin embargo elegiste seguir a tu padre y a tu tío. Fuiste cómplice del Hidalgo contra tus iguales. Tal vez mataste a uno de mis hermanos, o a mi padre. Pero nos traicionaste a todos esa noche. Y tu traición costó mucho más que la sangre que ayudaste a derramar.

   Diego Castillano intentó desviar la vista. La hoja del Fantasma se alzó con un breve silbido a apoyarse en su mejilla.

   —Que me mires, te dije —siseó el corsario entre dientes, su acento de pronto cargado de rencor—. Esta noche enfrentarás todos  tus pecados, lo quieras o no. —Aguardó a que Diego Castillano volviera a encontrar sus ojos para continuar—. Tal vez no lo sepas, porque huiste de Los Encinos como alma que lleva el diablo, pero tu traición mejoró la posición de tu padre entre los campesinos, y se volvió ambicioso. Puso sus ojos en nuestras tierras, y en mi madre. Viendo que estábamos en peligro de perder la finca, porque los dos solos no nos dábamos abasto para trabajar la tierra, el cerdo le ofreció a mi madre contratarle peones a cambio de recibirlo tres veces por semana. Y cuando ella se negó, él aprovechó su nueva posición para convencer al Hidalgo de que nos expulsara y le diera nuestras tierras a él.



Mónica Prelooker

Editado: 29.12.2018

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