Leyendas de cristal: Los dos mundos

Tamaño de fuente: - +

CAPÍTULO I: La luna creciente

 

Luna Lancel parpadeó un par de veces, acostumbrándose a la luz que se colaba entre los tejidos de las cortinas. Aunque aún se sentía aletargada, su corazón se encontraba acelerado. Se llevó una mano al pecho. Tenía la sensación, más que el recuerdo, de haber estado soñando con que caía muy suavemente, como sólo en los sueños es posible, y desde un lugar tan alto que el descenso se le antojó infinito y angustiante.

Estiró piernas y brazos, soltando un gimoteo al hacerlo. No tenía ganas de levantarse. A pesar de todo el entusiasmo que debía de estar sintiendo por su primer día como universitaria, el haberse quedado leyendo hasta tan tarde la noche anterior la estaba manteniendo en un tedioso estado de sopor. Dirigió su mirada a la cama que se encontraba al otro lado de la pared. Estaba vacía... ¿Dónde estaba Yami?

Yamila Armstrong había sido su mejor amiga desde que podía recordar, y su compañera de cuarto desde los quince años, cuando se había mudado a la casa de su madrina. Era una persona bastante tenaz y muy divertida. No existían días aburridos con Yami en tu vida. Pero, por sobre todas las cosas, era muy dormilona, tanto que era poco probable que se despertara antes de la salida del sol.

Con un muy mal presentimiento, buscó a tientas su celular sobre la mesita de noche y, al no encontrarlo, miró con recelo el reloj de pared. Ambas manecillas se encontraban entre el número seis y el número siete, lo que sólo podía significar una cosa.

Luna cayó de la cama con un sonoro golpe. Al haber intentado levantarse con demasiada rapidez, no se había desenredado completamente de las sabanas. ¿Tal vez su sueño había sido premonitorio? Resopló y se puso de pie algo adolorida. Tenía que darse prisa o llegaría tarde. ¡Ella nunca llegaba tarde!

Después de un frenesí de idas y vueltas, descendió por la escalera con el cabello aún húmedo, colgándose un amplio bolso en un hombro, y entró en la cocina. Fernando estaba refregando una sartén. No levantó la vista, ni la saludó. Era típico en él. Cuando quería podía ignorarla magistralmente.

Como ahijado de sus padres, Fernando Lancel había crecido siendo parte de su familia y había sido criado como un niño modelo. Todo un caballero bien portado y respetuoso que siempre se comportaba con demasiada seriedad. Cuando eran niños, a Luna le había gustado burlarse de él por eso, lo que podría haber causado que ahora fuera un tanto imperturbable a su presencia. A Fernando no le gustaba ser desairado. Era muy orgulloso.

Luna lo miró, malhumorada, por un largo momento, antes de recordar que tenía poco tiempo para un duelo de miradas, sobre todo cuando uno de los participantes era tan poco cooperativo.

—Si esa es tu idea de una broma, no fue graciosa —le dijo, sentándose para empezar a embutirse un plato lleno de huevos revueltos.

Fernando se volvió hacia ella secándose las manos con un paño.

—¿Qué broma? —cuestionó, confundido.

—La hora... mi celular... —explicó Luna, entre bocados—. ¡Vamos a llegar tarde!

—Eso no fue una broma —le contestó Fernando con una pequeña sonrisa.

—Entonces, ¿por qué nadie me levantó temprano? —preguntó Luna, entrecerrando los ojos—. ¿Te das cuenta que nos llevará al menos veinte minutos caminar a la universidad? ¿Y dónde está mi madrina?, ¿y Yami?

Fernando ignoró las dos primeras preguntas.

—Dorotea estaba cansada por el turno doble, así que la mandé a dormir diciéndole que yo me encargaría del desayuno —dijo, señalando el plato y el vaso lleno de jugo de naranja que estaban frente a Luna—. Y Yamila se ha ido donde Miguel.

—¿Donde Miguel? —repitió Luna, sin entender.

—Sí —afirmó Fernando, recostándose en el aparador—. ¿No te ha dicho nada? —No esperó respuesta—. Judith no se ha podido movilizar muy bien últimamente, así que Yamila se ofreció a hacerse cargo de Miguel. Ya sabes, para que llegue a clases a tiempo y pase los cursos —explicó.

—Ah, okey —dijo Luna, bajando la mirada.

Seguramente Yami se lo había contado anoche y no le había prestado atención. No era que no le interesara la delicada salud de Judith, o la necedad de Miguel, pero el hallazgo de unos determinados libros la había absorbido en un bucle de viejos recuerdos de los cuales no había sido fácil desenredarse.

Fernando carraspeó. En algún momento se había trasladado hacia la puerta de la cocina.



Jeninffer B. G.

Editado: 22.02.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar