Leyendas del Yermo - Nikky y yo

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Synth...

Todo sucedió luego de salir de una estación de ferrocarriles subterránea. Subí unas escaleras y me encontré con una plaza enorme, con estatuas de animales alrededor.

  Escuché el primer disparo sin alarmarme, pensé que era algún bicho.

  Pero el segundo me alarmó.

  Y el tercero impactó ante mis pies.

  Me lancé hacia un muro y rodé para salvarme. Para entonces, mi mochila volvía a estar repleta, y un fusil colgado de mi hombro era el encargado de cuidarme de todo mal.

  Los disparos se sucedían uno a uno, y daban muy cerca de mi ubicación.

  Vi un agujero en el faldón de mi gabán.

  Mi fiel y querido gabán, compañero de mil batallas, había recibido un impacto.

  Enfurecí.

  Me concentré y escuché los disparos. Era una técnica aprendida para defenderme de los saqueadores nocturnos, pero los ecos de esa plaza me confundieron, así que me arrastré y busqué una ubicación diferente. Por fortuna, el tirador seguía disparando a mi primera locación, así que no había percibido mi escapada. Por un hueco que hallé en un muro pude ver de dónde salían las balas.

  Era un segundo piso, un ventanal. Odiaba dejar mi mochila abandonada, pero no tenía alternativa. Si sobrevivía, volvería por ella. Claro que sí.

  Logré llegar hasta el edificio sin que el tirador me pillara. Pero cuando entré, noté que los disparos habían cesado. Sin duda había notado que yo ya no estaba en el mismo lugar.

  Silencioso, me escabullí entre el ruinoso edificio. Tuve tiempo de pensar que en un lugar como ese, podría fundarse un maravilloso poblado. Lo llamaría “Villa Thompson” en honor a mi apellido. ¿Por qué no? Muchos lo hacían…

  En fin, volvamos al edificio…

  Subí las escaleras, con la correa de mi escopeta enredada en la muñeca y con el dedo en el gatillo. Sabía moverme, claro que sí. Y era astuto, por supuesto que sí, pero mi desbordada imaginación me hizo perder la cordura durante un microsegundo.

  Recibí el golpe en el pecho.

 Rodé por las escaleras, sacando nubes de polvo con cada giro. Y mi atacante, con una agilidad sobrecogedora, saltó a mi lado y me aplicó otro culatazo.

  ¿Por qué no me disparaba?

  Recibí dos golpes más antes de poder reaccionar. Lancé una patada y mi atacante cayó. Luego le di con el talón, salté y me puse a horcajadas sobre él.

  En realidad, sobre ella…

  Aterrado, descubrí que era una mujer. Una pelicastaña de cara sucia y ojos aterrados. Tendría mi edad, o tal vez un poco más.

  Cerré mis manos sobre su cuello y me debatí entre ahorcarla –pues se lo merecía–, o atacarla a punta de preguntas.

  Ella me sujetaba las muñecas, haciendo fuerza para liberarse.

  Y vaya que era fuerte…

  Demasiado fuerte, en realidad. Levantó sus piernas y me ahorcó con ellas, hizo un giro y me sacó de encima. Rodé, me incorporé y recibí una patada en el pecho.

  Pero no me doblegó.

  Volvió a atacarme, y yo me defendí bastante bien. Ambos parecíamos agitados, pero el único que sudaba era yo.

  Me atacó con el arma, pero no se animaba a disparar. Eso me sorprendió al principio, pero luego de esquivar un culatazo, comprendí que ella se había quedado sin munición.

  Busqué mi arma, y la hallé a un lado.

  Entonces, ella por fin me apuntó:

  –¡Quieto! ¡No te muevas o te vuelo la cabeza!

  Sonreí:

  –No tienes balas, primor… –Di un paso al lado, y escuché el martillo de su rifle.

  –¿Vas a comprobarlo? –siseó.

  Era una buena pregunta. Pero yo era un apostador arriesgado, por eso me aplaudían en el casino.

  Di dos pasos y, con parsimonia, cogí mi fusil, lo aseguré  y me lo colgué del hombro. Ella se relamió, y supe que iba a atacarme de nuevo.

  Me alejé hacia la entrada del edificio y mostré mis manos:



Andy G

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En el texto hay: fallout, apocalipsis, armas

Editado: 15.10.2018

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