Lágrimas de Plata

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Invisible más no intangible

Se tropezó, pero se cuidó de no caer. Ya estaba muerto, eso lo tenía claro, pero de igual manera no le hubiera gustado poner a prueba el recubrimiento de luz que lo seguía salvaguardando por sobre los demás males del infierno. Vadeó las lagunas de lava y sangre, intentando hacer oídos sordos a los quejidos de los desterrados de la humanidad. Pero su corazón se encogía cuando en más de una ocasión uno de ellos imploraba ayuda y se dirigían a él en especifico. Pero, si bien parecía no existir para los demonios, para los demás pecadores era menos que intangible y de suerte envidiable. Aunque no estaba recibiendo el castigo que le correspondía, siempre sufría al sentirse impotente, sólo, apartado. Sus pies sentían la roca volcánica bajo ellos y el calor que de ella emanaba, pero no le dañaba. No le causaba dolor alguno pero si fascinación. Caminaba con normalidad por donde quisiera, a pesar de que se sentía como, literalmente, una desamparada alma en pena. En el pecho de muchas de los hombres y mujeres que se encontraba a su camino había una lámina de sólido metal fundido en su propia piel que rezaba sus nombres. El suyo titilaba a la luz de la lava y el fuego a su alrededor convirtiendo cada uno de sus reflejos en una estrella de nostálgico fulgor anaranjado. Dalfeony, se leía en ella. Aunque en vida obedeció al nombre que una vez portó el mejor amigo de su padre, a quien por cierto acababa de dejar atrás hacia unos instantes. Dyron, ese nombre resonaba como un eco tan distante en su memoria. Ahora se arrepentía de lo que había pasado, de todo lo que había hecho. De todo cuanto obró estando vivo, creyendo en su pueril juventud que no había nadie más desdichado que él. Ahora esas palabras y pensamientos regresaban a él una y otra vez como una lluvia de fuego que mellaba su negro corazón de pecador... Pecador. Si en serio lo era debería estar ahí entre los que portaban ése mismo nombre y sin embargo, era obvio que nada lo iba a dañar mientras siguiera protegido por la lluvia de plata de cada noche. A veces, un par de ocasiones quizá, dudaba de sí colocarse en el mismo sitio o atenerse a su suerte. Porque no se sentía merecedor de nada, pero su amor propio y el profundo terror que le inspiraban los demonios lo orillaba a hacerlo. A detenerse un instante junto a la pared de lava y roca. A humillarse a ese divino y refrescante amor. En eso cavilaba con enardecida atención cuando una ráfaga de aire helador y potente lo hizo volverse hacia lo que estaba tras de sí. Fascinante el como el infierno era lava, fuego y sangre; pero los demonios fríos e implacables. Por lo que cuando este ser del inframundo dio señales de poder visualizarlo, él ya había reaccionado y emprendido su precipitada fuga. Según había visto, era quizá un metro más alto que él y por sobre su cabeza de cabello ahumado se erguían dos afiliados cuernos que lo sentenciaban como un demonio más. Con la clara diferencia de que este era sabedor de su presencia en el infierno. Ningún ser humano había tomado la iniciativa de acercarsele tan de frente a Dalf, mucho menos los demonios para los que él era invisible. Por lo mismo, Dalfeony se encontraba de lo más desconcertado al ser perseguido por los confines del inframundo por el demonio con más forma humana que hubiera visto. Otro detalle fascinante que se había tomado la molestia de anotar mentalmente en su cabeza. Los seres encargados de la tortura insaciable tenían formas grotescas y totalmente distantes a las humanas. Seres de horrorosos cuerpos demoníacos que nadie nunca se hubiese imaginado, que le hacían honor a su impura existencia. Pero éste ser era antropomorfico en el cual solo los cuernos y su elevado tamaño lo separaban de los torturados. Eso fue más visible cuando sus manos se asieron alrededor de ambas piernas de Dalf y lo hicieron caer de cara al suelo. Mala idea el intentar trepar por la pared de lava, la caída se sintió en cada célula de su cuerpo. Se obligó a incorporarse pero un pie enorme lo estampó en contra de la roca de nuevo. Su rostro de barba cenicienta bajó entonces a la altura del de Dalf. Su voz atronadora, cortante y fría barrió los últimos pensamientos que se hubieran presentado en ese instante para escapar con ese aliento invernal. —¿Qué eres? ¿Hombre? ¿O espíritu? Porque demonio nunca, portas la placa de los desterrados de la humanidad, pero no te veo entre ellos. Le hubiese agradado verse más indiferente ante las acciones de este ser, pero lo cierto era que si su corazón hubiera podido aún, seguiría latiendo con aterrado empeño hasta salirse de su pecho. El cual era aplastado en este instante por el demonio sobre él. Sin aliento, contestó —Hombre... El demonio lo estudió durante un largo rato oteando en las profundidades de sus grandes ojos verde grisáceos que expresaban a gritos lo que su boca no podía. Lentamente el enorme pie fue retirado de su pecho magullado, pero la insistencia de esa mirada no se apartó de él en ningún momento y Dalf nunca se atrevió a romper el contacto visual. De un modo u otro en cuestión de un parpadeo, el rostro hostil del demonio tomó un aire más afable. Sus ojos como brasas de fuego se fijaron en la placa de su pecho y los suyos en la pulsera en su brazo derecho, como si ésta portase algún tipo de identificación. Pero no fue necesario indagar más allá, ya que él mismo le ofreció la respuesta. —Amoriel. Ese nombre sucedió a un prolongado silencio. Y digo silencio por parte de ambos, el griterío de los torturados se extendía sin final y se sobreentiende que a cada segundo se renovaba con voces nuevas. De un modo u otro, el silencio casi siempre da cabida a la proliferación de incógnitas. Dalf no pudo mantenerse callado por más tiempo. Pero su voz sonó atropellada al dejar sus labios. —Eres... Amoriel no expresó ningún tipo de comprensión ni ningún tipo de respuesta verbal al cerrar su mano alrededor del cuello de Dalf. Si en vida es horrendamente agónica la falta de aire, no hay palabras que pinten el sufrimiento que se experimenta al ser asfixiado en un mundo en donde te sientes desfallecer y sin embargo nunca lo haces. El demonio lo arrastró como a un muñeco de tela por lo que pareció una eternidad. Por fin un castigo que merecía, se dijo, pero tan pronto lo pensó fue dejado en el suelo y liberado su cuello de la presión. —Quieres respuestas— le escupió el demonio —Te las daré simplemente por que en tu insignificante existencia se refleja parte de mi propia vida...



MythicalPenguin

Editado: 03.02.2019

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