Libro 1: Memorias del gitano Albert Cathal (10)

Tamaño de fuente: - +

CAPÍTULO V “El diario de una campesina”

Tras escuchar un sinfín de aventuras fantásticas, los príncipes ahora pueden concebir planes brillantes, y ahora han tomado precauciones para que no los descubran. Desde la pradera amarilla, han cabalgado hacia el desierto; ahí empiezan a bordear el pasto de Ítkelor, hasta avistar la ciudad del Este a su derecha, a un par de kilómetros; en ese punto, se desvían completamente hacía su destino final. Al irse acercando, los aventureros pueden ver la muralla que rodea la urbe. Varias chozas y cercas de zorzal se encuentran esparcidas a varios metros de la pared protectora; en especial, se encuentran con un grupo de seis casas de piedra, justo en la entrada del Sur. Los caminos están cubiertos de pasto verde.

—Qué les parece si echamos un vistazo —sugiere Evans.

—¿A las cabañas? No creo que encontremos algo interesante —dice el cangrejo Enam—. La ciudad es la que puede tener tesoros escondidos.

—Puede que encontremos algo interesante —comenta Niamh.

Aunque al príncipe del mar no le gusta la idea no tiene otra opción, acompañando a sus amigos.

—Es mejor revisar una sola choza —opina Idaira, todavía transformada en chorlito—. Aún estamos en campo abierto; nos pueden descubrir.

—Está bien, solo una —acepta Evans, eligiendo la más cercana. Se escoge la primera cabaña abandonada de la izquierda.

Es muy simple con un espacio amplio; en medio hay un circulo de rocas, ahí es donde se acomodaba leña para la fogata familiar. Es lo único que hay. La mayoría del techo ha desaparecido, debido a que era de paja; ahora solo quedan las vigas de madera, que sostenían el endeble material. En la sección restante, que es la mitad del espacio total de la choza, hay una pequeña barda de piedra junto a la puerta del corral; solo hay suelo pastoso.

—Aquí metían a los animales de granja —dice Niamh, asomándose por sobre la barda.

Al lado de la puerta hay una escalera que lleva al medio piso extra; directamente al dormitorio.

—Solo falta ver que hay arriba —comenta Enam, quien ha tomado su forma humana.

—Voy yo primero —dice Idaira, aún convertida en ave—. Si no hay nada, les ahorraré el trabajo de subir.

El chorlito vuela hasta el lugar; luego de dar una ojeada alrededor les avisa a sus amigos.

—Solo hay un cofre grande.

—¿Tiene candado? —pregunta Evans.

—No, no tiene.

—Ábrelo. Puede que esté vacío.

Idaira vuelve a su forma humana, abriendo el baúl.

—Solo hay ropa y unos libros.

—Vamos para allá —dice Niamh.

—Espera hermana; mejor hazte a un lado.

Ella no entiende el por qué, pero lo hace de todos modos.

—Idaira, ¿crees poder empujar el cofre?

—Seguro que sí, ¿por qué?

—Empújalo hasta que caiga aquí abajo.

—¡Allá va! —advierte la princesa ninfa.

Usando todas sus fuerzas, Idaira empuja el arcón, hasta que cae al suelo; los tres infantes revisan más cómodamente el contenido del cofre. Las ropas son unas calzas amarillas y un vestido simple de una campesina.

—No es gran cosa —dice Evans.

—¿Qué hay de eso? —inquiere Niamh, señalando los tres libros.

Aquéllos escritos son muy simples y algo gruesos. Una banda de cuero café rojizo, es la cubierta y contracubierta; dos listones del mismo material, ayudan a cerrarlo y asegurarlo. Idaira ha bajado por la escalera, mientras que los demás revisan el cofre; una vez en tierra, abre uno de los tres objetos.

—No son libros —dice ella—. Son cuadernos.

—¿Cuadernos?

—Sí. Miren.

La princesa ninfa coloca la libreta en el suelo, justamente al principio. La escritura cursiva que hay en toda la primera hoja, claramente se ha escrito con una pluma de ave. Varias gotas pequeñas de tinta negra, han salpicado en todo; incluyendo el cuero de la cubierta.

Por instinto, los niños empiezan a leer los escritos.

 

“Hoy ha sido el mejor día de nuestras vidas.

Al principio, pensé que los rumores de hace varios días eran puros chismes y malas bromas; por fortuna, no fue así.

Los reyes partieron muy temprano hacia el reino de Güíldnah, junto con una buena parte de la corte real. Lo hacen muy seguido, por lo que pensé que era una visita casual.

De regreso, nos convocaron en la plaza de la ciudad, justamente alrededor de un balcón de madera que habían colocado hace poco. Meyer y yo llegamos apresurados, junto con nuestros hijos. Esperábamos noticias habituales, como una nueva ley o las preparaciones para la próxima fiesta mayor; sí que me sorprendió, cuándo el rey dio la noticia de que había formado una alianza con los otros tres reinos.

La celebración duró toda la noche; carne, frutas, quesos y cerveza; junto con algo de vino, música y bailes.

Nunca pensé que a mi esposo le gustaba bailar por tanto tiempo.

Fue una noche inolvidable. De seguro, muchos despertarán hasta la tarde, quejándose de los dolores de cabeza; como nuestro vecino, pero él ya es un borracho empedernido”.



ElGitanoBlanco

Editado: 22.10.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar