Libro 1: Memorias del gitano Albert Cathal (10)

Tamaño de fuente: - +

CAPÍTULO IX “Conociendo a los poltersprites”

Mientras que en el reino del Norte empieza a esparcirse la terrible noticia de los príncipes extraviados, los cuatro pequeños exploradores disfrutan de su visita a la ciudad del Este. De vez en cuando montan sobre sus caballos, pero la mayoría del tiempo caminan por la calle principal. Las casas vacías y con la puerta abierta, son ideales para múltiples juegos; en especial su juego favorito: el escondite o las escondidas. A veces encuentran ropa o juguetes viejos, uno que otro en buen estado.

Evans e Idaira se detienen a descansar unos momentos, mientras que sus amigos revisan una casa; Idaira se sienta en un banco, que ha sacado de la planta baja de la vivienda.

«¿Lo intento o no lo intento?», se pregunta Evans a sí mismo.

Él se encuentra parado al lado de ella. Tratando de armarse de valor, Evans da respiraciones profundas, pero es desconcentrado por una pregunta que le hace Idaira.

—¿Estaban muy aburridos antes de irse del castillo?

—Cuando no está el bufón, siempre lo estamos —responde él.

—Pensaba que la vida en el castillo era entretenida.

—Lo sería si no tuviéramos tantas clases; además de los aguafiestas de los sirvientes. Solo Sir Philippe es divertido.

Hay unos momentos de silencio, otorgándole a Evans una oportunidad clave.

—Idaira —le llama el príncipe, empezando los problemas con las palabras—. Qui… quiero decirte… algo.

—¿Qué? —inquiere ella, percatándose del nerviosismo de su amigo.

Interrumpiendo el momento, una pelota grande de paja e hilo de lana sale rodando de adentro de la casa; corriendo atrás de ella, salen Niamh y Enam.

—¡Miren lo que nos encontramos! —exclama el príncipe tritón—. ¡Esto sí que es buena suerte!

Rápidamente Niamh patea el nuevo juguete, lejos de Enam; ambos niños empiezan a correr tras el balón de lana. Idaira se levanta, uniéndose al juego; Evans también se apresura a seguir a sus amigos, pero está algo molesto.

«Tendré más suerte la próxima», se calma él mismo.

El juego de la pelota sigue por varias casas, hasta que los príncipes se cansan. Terminan por caminar, mientras patean con tranquilidad el balón.

—¿No creen que deberíamos de regresar? —dice Niamh mientras que caminan.

Están a varias casas de llegar a la segunda calle principal que lleva a la puerta Oeste.

—Solo vamos al palacio y nos marchamos —comenta Enam.

—Mejor encontramos algo de comer y beber; si no encontramos nada, es mejor regresar al bosque —contradice Evans, sintiendo como rugen sus tripas.

—No creo que la comida de aquí esté en buen estado —dice Enam, deteniéndose a mirar en todas direcciones.

Los demás también se detienen.

—Ya que —dice desilusionado el príncipe del mar—. Creo que tendremos que…

—¡Miren! —exclama Idaira señalando el cielo—. Esa lechuza café lleva una hogaza de pan.

Todos voltean hacia el punto señalado, alcanzando a ver el ave con el pan en las patas. Entra al primer piso de una casa por la ventana, que está totalmente abierta. Sin aguantar el hambre un segundo más, los infantes corren a la vivienda en cuestión. Se dirigen a la escalera, ubicada al final de la planta baja, que antes era un taller. Apenas entran al hogar, se detienen abruptamente, escuchando unas voces muy agudas que provienen de arriba. Varias pláticas y risas, se mezclan con el olor de madera quemada y el aroma de una sopa hirviendo.

—¿Serán ladrones? —pregunta Niamh en voz baja.

—No lo son —responde Idaira de la misma manera—. Esas voces me son familiares.

Escuchan por unos momentos más, hasta que oyen a alguien hablar en voz alta.

—¡Oye! ¡Penrod! Debiste de haber traído dos o tres hogazas. No nos va a alcanzar.

—Miut va a traer más; no creo que tarde.

—Esa es una buena noticia. Los demás, preparen la mesa; luego terminaremos de barrer. ¿Cómo va la sopa?

—Está lista; solo hay que servirla.

—Bien. Quítenla del fuego y traigan los platos.

Sin poder aguantar más el hambre, los aventureros se dirigen hacia arriba. Enam vuelve a invocar el fuego en una mano; llegando a las escaleras, él se queda abajo, alumbrando el camino, mientras que los demás suben. Poco después, se reúne con sus compañeros; ahora se encuentran en el dormitorio.

Hay tres camas en la pared de la derecha, junto con dos baúles cerrados. Sobre uno, hay un porta velas y su respectiva vela recién utilizada. Hay algo diferente en la casa. Todas las viviendas que han explorado, tienen una densa capa de polvo y telarañas; pero esta no. Alguien ha limpiado la planta baja, tendido las camas y aseado el dormitorio familiar. Al otro lado se encuentra la puerta que da a la cocina; por el momento, está un poco abierta, dejando pasar un rayo de luz. Antes de seguir avanzando, dejan los cuatro cuadernos sobre uno de los arcones; los príncipes se acercan lo más callados posible, escuchando las voces agudas nuevamente.

—¿Cuántos faltan?

—Nosotros dos.

Tratando de averiguar quiénes son los residentes, los cuatro niños se amontonan en la puerta; desafortunadamente, la misma no está abierta lo suficiente para poder ver. Con delicadeza tratan de abrirla un poco más; pero están tan juntos, que pierden el equilibrio, cayendo al suelo y aventando la puerta en el camino.



ElGitanoBlanco

Editado: 22.10.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar