Libro 1: Memorias del gitano Albert Cathal (10)

Tamaño de fuente: - +

CAPÍTULO XI “Dos energías idénticas y un secreto al descubierto”

Tiempo atrás y en otro lugar, Miriam y Raimond llegan con los hechiceros del bosque Pi-Ud; apenas les ha dado tiempo para salir y visitar a sus amigos. Son recibidos por la hechicera Sibisse, al tanto que sus hijos comen en la mesa. Bárem ha salido para ayudar con las búsquedas. Se enteran de los príncipes fugitivos en medio de un ambiente tenso; la pobre mujer no puede dejar de preocuparse por su hija mayor, quien sigue dormida.

—Puede que pronto se despierte —dice Sibisse—; tiene mucho tiempo acostada.

—¿Puedo subir a verla? —pregunta Miriam.

—Claro, no hay problema.

Evitando hacer demasiado ruido, la pareja de gobernantes sube al cuarto de la enferma; una lámpara cuadrada con una vela encendida en el interior ilumina el lugar. Al llegar, descubren a la muchacha despierta, con la cabeza volteando hacia ellos.

—Hola Miriam —saluda ella débilmente.

—Hola Kéilan. ¿Tomaste el té con miel y jugo de pera?

—Aún no, pero he probado muchos otros remedios; pensaba probar una de las pociones que trajo Volker.

Miriam se acerca al lado de la cama.

—Deja reviso tu temperatura.

En lugar de poner su mano en la frente de la joven, Miriam la toma del brazo a la altura de la muñeca, confirmando que todavía tiene fiebre.

—No ha bajado para nada la calentura —le dice a su esposo, quien está del otro lado del colchón.

—Amiga, ¿qué magia estás utilizando? —pregunta Kéilan.

—¿Magia? —dice la hechicera de Ohssem, extrañada—. No estoy usando magia; solo te estoy tomando del brazo.

—Siento algo que fluye en mi sangre —asegura la muchacha.

Miriam mira hacia abajo, quitando la mano en un segundo, asombrada por lo que ve.

—¿Qué?, ¿qué ocurre? —inquiere Raimond acercándose a su pareja.

Ella no responde; solo mira en dos lugares, una y otra vez. Las venas en el brazo de Kéilan se han vuelto blancas, regresando con lentitud a la normalidad; por otra parte, la mano de Miriam ahora brilla moderadamente con una luz blanca.

—¿Es la magia de la geoda o la que te enseñó tu padre? —pregunta él.

—No puede ser —dice ella, extrañada.

Haciendo una prueba, coloca su mano en la frente de Kéilan. Pocos momentos después, la luz blanca en su mano empieza a aumentar de intensidad; la muchacha se da cuenta de eso.

—Nunca me dijiste que podías invocar la luz blanca de Cúdred —dice ella sorprendida; pero está tan débil que no se nota.

—Pero… esta magia me lo enseñó mi padre —afirma su amiga, quitando y observando su mano.

En esos momentos, llega Sibisse para ver a su hija.

—¿Puedes invocar la luz especial por unos momentos? —le pide Miriam a Kéilan.

Cumpliendo la petición, la muchacha se esfuerza un poco, invocando la energía luminosa en ambas manos. La regente de Ohssem estrecha la mano izquierda de Kéilan; al hacerlo, las venas en ambos brazos empiezan a colorearse de blanco: en Miriam, el color se detiene a la mitad del brazo; pero en Kéilan, le sube hasta el hombro y parece que seguirá extendiéndose por el resto del cuerpo.

La hechicera de Ohssem se asusta y retira su mano.

—¡Es la misma energía de mi padre! —exclama ella.

—Pero, ¿cómo? —inquiere Sibisse.

—¿Estás segura? —pregunta Raimond.

—¡Sí! ¡Es la misma!

Entre miles de preguntas en sus cabezas, Kéilan les llama la atención; aunque todavía está débil.

—Podrías hacer otra vez lo que estabas haciendo; mi brazo ya no me duele tanto.

Sibisse se acerca y revisa la temperatura de su hija, palpándole el brazo izquierdo.

—¡La fiebre le ha bajado bastante! —afirma ella.

Raimond revisa el otro brazo.

—De este lado todavía tiene mucha —dice él.

Segundos después, descubre que le pasa lo mismo que a su esposa: las venas del brazo empiezan a absorber una energía, mientras que su mano brilla con una luz blanca; igualmente él quita la mano rápidamente. La pareja se mira mutuamente; ambos están muy confundidos.

—Vamos a intentar algo —le dice Miriam a él, luego se dirige con Kéilan—. Otra vez invoca la luz de Cúdred en ambas manos.

Ella así lo hace, mientras que mantiene los ojos cerrados.

—Concéntrate en la energía de mi padre y toma la mano de ella.

Son las instrucciones que Miriam le da a su esposo; ella utiliza ambas manos para envolver la de Kéilan. Las venas de la muchacha llevan la energía blanca hacia cada articulación, cada músculo y a cada órgano vital; un breve destello blanco ilumina todo el cuerpo de la joven enferma. Kéilan abre los ojos nuevamente, mirando el techo de su casa.

—¿Cómo te sientes? —le pregunta Sibisse a su hija.

Ella solo se sienta en la orilla de la cama, observando sus brazos atentamente; luego, mueve las piernas. Parece que está bien, pero su cara refleja perplejidad mezclada con enojo.

—¿Por qué no me habías dicho del hechizo de Cúdred? —pregunta la muchacha a su amiga, sin quitar la expresión de su rostro.



ElGitanoBlanco

Editado: 22.10.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar