Libro 1: Memorias del gitano Albert Cathal (10)

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CAPÍTULO XIII “El oráculo Húnem”

El día sigue avanzando. Philippe regresa al castillo, sin ninguna pista de los desaparecidos; se va a dormir, muy cansado. En el bosque, llega Kéilan y Volker con su familia, con la misma suerte que el bufón. Su padre y hermano siguen con la búsqueda, mientras que la pequeña Zulr se ha dormido. Recordando algo importante, sube a su cuarto, empezando a buscar algo en uno de los libros de Cúdred. Se sienta en el suelo, hojeando rápidamente la enciclopedia gris.

—¿Qué buscas hija? —le pregunta Sibisse.

—Creo que el otro día vi un hechizo especial —dice Kéilan, sin quitar los ojos de los escritos—. Si estoy en lo correcto, no necesitaré salir de la casa.

—Muy conveniente en esta ocasión —comenta su madre.

La muchacha lee lo más rápido que puede, encontrando el conjuro al final.

—Aquí está —dice ella, señalando con el dedo los escritos.

Sibisse se acerca, leyendo el título del conjuro: “Oráculo Húnem”

—¿Oráculo qué? —pregunta Sibisse levantando una ceja.

—Aún no sé qué significa esa palabra; pero parece lo adecuado para encontrar a los niños.

Abajo están las instrucciones, pero después de un comentario.

 

“Este hechizo especial, solo se deberá emplear para pedir dirección o ayuda a un ser superior; el mismo que me ha regalado estos dones maravillosos.

Solo lo puedes utilizar una vez cada dos meses y medio.

Consume mucha energía, por lo que debes de tener dominado todo mi poder y las enseñanzas de los cuatro libros”.

 

—Me parece que es peligroso —opina la mamá.

—He dominado la mayoría de los conjuros —asegura Kéilan—; además, ya despertó el verdadero poder de Cúdred en mí.

—Deberíamos de esperar a tu padre —insiste Sibisse.

—Déjame intentarlo, por favor.

Las suplicas dan resultado. Al final, Sibisse le da permiso a Kéilan de realizar el conjuro.

Memorizando las palabras mágicas, la muchacha cierra el libro y lo deja a un lado; se pone de pie, empezando a concentrarse con los ojos cerrados. Mientras recita los enunciados en voz alta y en una lengua desconocida, su cabello empieza a flotar en el aire, mientras se tiñe de un azul celeste claro; exactamente igual a como pasó en la isla desconocida. También su cuerpo se eleva a varios centímetros del piso. Al terminar de realizar el conjuro sus ojos se abren, iluminados completamente con una luz blanca; mantiene los brazos alejados del cuerpo, todo el tiempo.

—¿Hija? —le llama Sibisse.

No obtiene respuesta; trata varias veces más, pero es inútil; Kéilan no puede escucharla, menos responderle. Pasan veinte minutos de incertidumbre para la mamá, hasta que su hija cierra los ojos de nueva cuenta, y su cabello vuelve a la normalidad. Su cuerpo regresa lentamente al piso de madera, acostándose ahí; desafortunadamente, al segundo siguiente se queda profundamente dormida. Sibisse trata de despertarla, sin éxito. Cuando llegan Bárem e Ixus, horas después, ella les explica que ha pasado; el padre confirma que Kéilan está dormida, y tampoco logra despertarla.

—Ojalá y despierte temprano —comenta él, cargándola y llevándola a su cama.

Poco después toda la familia se va a dormir temprano.

 

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En el reino abandonado del Este, Roderick y su grupo se despiertan de la siesta que tomaron.

—Bueno compañeros... llegó la hora de las rondas de vigilancia —anuncia el jefe mientras estira su cuerpo.

—¿No sería mejor, decidir qué hacer con los príncipes? —pregunta Penrod.

—Enviaremos a alguien por la mañana, luego de preguntarle a la princesa donde queda Piim-Asud. Nunca había escuchado de tal lugar.

—Creo que Hufex sabe —dice uno del grupo.

—Luego le preguntaremos. Mientras que ellos se queden aquí, estarán bien.

—¿Y los dos humanos? —inquiere otro.

—Igualmente los súbditos de la princesa Idaira vendrán por ellos. Llegaron juntos.

—¿Cómo es que llegaron hasta aquí, ellos solos? —pregunta el poltersprite de al lado.

—Buena pregunta —dice Roderick.

Penrod revisa el dormitorio; luego de un segundo, regresa con Roderick.

—¡Hay otra duda mejor que esa! —anuncia él, alarmado—. ¡¿Dónde están?!

Todos entran a revisar, encontrando las camas vacías; regresan a la mesa de la cocina, iniciando una junta de emergencia improvisada.

—¿Ahora qué hacemos? —preguntan varios.

—¡Hay que encontrarlos! —responde Roderick, muy preocupado.

—¿Pero dónde buscamos?

—¿Se les olvidó a dónde iban?



ElGitanoBlanco

Editado: 22.10.2019

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