Libro 1: Memorias del gitano Albert Cathal (10)

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CAPÍTULO XVIII “Segunda parte del diario de Meyer”

De regreso en el palacio del Este, la aventura continúa. Al igual que la mayoría de las viviendas de la ciudad, todos los muebles y objetos personales están en su lugar; con un golpe de suerte, los pequeños aventureros encuentran los dormitorios reales. Todos quieren llevarse algún recuerdo, pero lo único que podrían llevarse serían objetos de tocador o joyas. Las ropas y muñecas de trapo se las comieron las polillas; mientras que las termitas se dieron un banquete con los juguetes de madera. Entre las cosas que encuentran, están varios talegos medianos con una larga correa para llevarlos en el hombro. A diferencia de otros objetos parecidos, están en buen estado; cada niño toma uno para llevar los recuerdos.

—Perfecto, hay que salir —dice Hufex.

—Un lugar antes de irnos —pide Enam.

—Eso fue lo que dijeron las últimas veinte veces —contesta Penrod molesto y cansado.

—Esta vez es en serio —dice Evans, exclamando al final—. ¡Al salón del trono!

Liderados por el príncipe del Norte, los cuatro niños comienzan la carrera para llegar al otro extremo del palacio; los poltersprites no los pierden de vista, aún transformados en diferentes aves. Por fin, llegan al lugar deseado; tienen que abrir una gran puerta doble para entrar.

El gran salón del trono es rectangular, ocupando la planta baja y el primer piso; donde hay un balcón largo y ancho, que se extiende a los lados y enfrente de los tronos dorados; es donde se encuentran ahora mismo. Es bastante idéntico al salón del trono de Güíldnah. Los asientos reales se encuentran sobre una pequeña base de piedra, otorgando dos escalinatas a cada lado; varios metros atrás, está la pared y el gran boquete del fondo. Las losetas del piso, forman diferentes patrones geométricos en todo el lugar; triángulos y cuadrados son los que más se repiten.

Muy cerca de la entrada, colgado en el techo, está un candelabro grande de dos niveles, hecho de metal y lleno de velas apagadas. El otro se encuentra en medio del salón, pero en el suelo, junto con una pequeña porción de tierra y piedras; incluso el techo está dañado, justamente donde tendría que estar el elemento de iluminación.

—Parece que un grupo de pueblerinos llegó hasta aquí —comenta Evans.

—Pero, ¿cómo? —pregunta Niamh—. Tuvieron que tener la ayuda de alguien para causar tantos daños; eso sin contar la muralla.

Empiezan a revisar los pasillos, comenzando con el de la derecha; a medio camino, observan un bulto hasta el final en la esquina izquierda, junto a la barda.

—¿Qué es eso? —inquiere Enam.

Cuando llegan, descubren un esqueleto completo, junto con sus ropas y sus zapatos simples; a un lado, hay un tintero vacío y un pequeño morral. Con mucho cuidado, Evans se acerca y lo revisa; se emociona bastante al descubrir lo que hay.

—¡Es otro cuaderno de Meyer! —exclama él.

—Entonces, él… —dice Niamh señalando los huesos, sin poder terminar el enunciado.

—Al parecer —dice Evans, acercándose a sus amigos.

Todos se reúnen debajo de la ventana; gracias a la luz que entra, pueden leer la continuación de las memorias del campesino.

 

“Ese sí que fue un espectáculo increíble.

Me he quedado en la casona de Ferdinand, escondido en el cuarto de los vasallos desde que el marqués se fue al Oeste; fue hasta la noche cuando todo ocurrió.

La ciudad estaba abandonada… al menos, alrededor del palacio. Todas las casas cercanas estaban a oscuras y no había nadie a la vista; subí al comedor con un candelabro y tres velas encendidas. Vigilaba la plaza desde una de las ventanas, hasta que los vi salir por la puerta de en medio de la muralla que rodea el palacio. Era un grupo mediano de al menos diez seres. Al mismo tiempo, más demonios negros salieron de entre las calles y de adentro de las viviendas; era todo un ejército. Todos llevaban antorchas encendidas.

No estaban disfrazados de humanos. Eran seres extraños, con cabezas de animales o de… de… de eso mismo: soldados de Satanás. Toda su piel era negra y de ella emanaba una especie de neblina del mismo color; además, unos cuantos tenía grandes alas de murciélago.

Se reunieron en medio de la plaza, preparando un tipo de ceremonia o fiesta. Por fortuna, apagué las velas justo a tiempo; si no, ya estuviera muerto.

Comenzaron a reunir algún tipo de energía, cuando el milagro empezó.

El Dios todopoderoso iluminó los cielos y la ciudad con una luz blanca muy fuerte; tuve que cubrirme la cara y ponerme boca abajo para no quedarme ciego, aunque faltó poco. La luz empezó a menguar gradualmente y pude abrir nuevamente los ojos; muy oportunamente por cierto.

Un ejército celestial empezó a bajar de las nubes, armados con escudos y espadas largas; todos cubiertos con una túnica blanca larga con capucha. Sus pies solo estaban protegidos con sandalias altas doradas. Exactamente iguales a como los imaginaba… a excepción que ninguno tenía alas; simplemente flotaban en el aire.



ElGitanoBlanco

Editado: 22.10.2019

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