Libro 1: Memorias del gitano Albert Cathal (10)

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CAPÍTULO XXII “La muerte de Sir Philippe”

A la mañana siguiente todos los habitantes del castillo se han despertado, pero nadie ha visto al cuentacuentos; un sirviente sube a preguntar a los guardias reales.

―¿Alguno de ustedes ha visto al bufón? ―inquiere él.

―No. Anoche bajó a su cuarto, luego de contarles la acostumbrada historia a los príncipes ―informa uno.

―Si no lo hallas en su cuarto, de seguro ha salido a una de sus caminatas matutinas de costumbre ―le avisa otro—; si es así espero que no se tarde. Los príncipes siguen castigados.

El sirviente baja al cuarto del enano.

―¿Bufón?, ¿estás despierto? ―pregunta él, abriendo un poco la puerta, solo para descubrir al cuentacuentos tirado en el piso, boca abajo.

Unos gritos se escuchan por todo el castillo.

—¡Guardias! ¡Guardias! ¡Vengan rápido!

Corriendo lo más veloz que pueden, los guardias reales bajan las escaleras. Los reyes y los príncipes se habían despertado desde antes; el llamado repentino los sorprende y salen de sus cuartos aún en sus camisones para dormir, empezando a seguir a los hombres, hasta el final de las escaleras. Abajo, los soldados se apresuran a llevar a Philippe con el médico real; los monarcas y sus hijos llegan segundos después a la entrada del cuarto.

―¿Qué ha pasado? ―inquiere el rey, preocupado.

―Es el bufón; lo encontré desmayado en el suelo ―explica el sirviente, todo nervioso.

―Espero que se recupere ―dice la reina.

Varios sirvientes ayudan a los monarcas a vestirse con sus ropas de costumbre; lo hacen lo más rápido que pueden, debido a que los reyes quieren saber de Philippe y su salud. Minutos de incertidumbre pasan, hasta llegar a la hora completa; en esos momentos el médico real, Eduard, les da la noticia que el bufón ha muerto; no ha podido hacer nada para salvarlo. Después de llorar la pérdida devastadora, los mismos reyes dan la lamentable noticia a todo el reino, declarando día de luto en todo el territorio del Norte.

Un ave escucha el triste acontecimiento; pero no es un ave común y corriente, es Aleksei, el pavo real. Él se apresura a llegar al campamento gitano, dando a conocer el terrible suceso. Cathal se niega a creer semejante hecho. Envía a cuatro de sus hombres al reino de Güíldnah, para comprobar si el informe es verdadero. Los romaníes llegan a la plaza principal en las primeras horas de la tarde; justo cuando el rey da la noticia de que el bufón va a ser enterrado en el jardín real, pero la muchedumbre (reunida desde la mañana) abuchea la decisión; quieren que sea enterrado en el cementerio del pueblo para poder visitar su tumba. El rey así lo hace.

Un par de horas después, hay una procesión fúnebre. Han puesto el cuerpo de Philippe sobre una pequeña carreta muy simple, para que todos puedan verlo. La carreta es jalada por un solo caballo. La procesión inicia en el castillo y termina en el cementerio, al otro lado de la muralla, recorriendo todo el pueblo.

En el cementerio han cavado un hoyo para el ataúd; hecho de madera, pintado de blanco y barnizado. La caja tiene pintadas líneas doradas alrededor de la tapa cóncava y las cuatro paredes; en el centro de las rayas, arreglos florales pintados del mismo color terminan de decorar el féretro. Por fin, llega el cuerpo del cuentacuentos a su lugar de descanso. Dos guardias meten el cuerpo en la caja, cerrándola y depositándola en la tumba. La empiezan a rellenar de tierra, entre los tantos llantos y caras largas que hay alrededor. Al terminar los hombres con su trabajo, el pueblo guarda unos momentos de silencio. Acabada la procesión, todos regresan a sus actividades diarias.

Los cuatro gitanos mandan un mensaje al gitano mayor con ayuda de Aleksei.

“Es cierto. Sir Bufón ha muerto. ¿Qué hacemos ahora?”.

Es lo que dice el mensaje.

El jefe romaní necesita varios minutos para asimilar la noticia; Luminitsa le ayuda en gran manera, reconfortándolo. Luego manda una parte de su gente a darles el recado desalentador a los reyes del bosque y otra parte con “Los Guerreros Olvidados del Este”; con respecto a los cuatro gitanos en la ciudad, les da la orden de conseguir palas y esperar a la noche; cuando todos estén dormidos. Los cita en el cementerio, justamente en la tumba de Sir Philippe. En la medianoche, los gitanos dentro de la ciudad se reúnen en el punto señalado; aguardan por un tiempo, hasta que Cathal llega por el aire. Carga con una caja rectangular simple de madera, del tamaño de su colega muerto.

―Desentierren el ataúd ―ordena el jefe romaní.

Los cuatro gitanos cavan lo más rápido que pueden, llegando al féretro en poco tiempo. Dos de los gitanos sacan la caja y la abren. Cathal se acerca a ver el cuerpo; no puede evitar dejar escapar unas lágrimas de sus ojos.

Con mucho cuidado, dos gitanos colocan el pequeño cuerpo en el cajón simple que trajo su líder. Él conjura el hechizo adecuado, creciendo hasta los tres metros de altura; toma el ataúd y se aleja volando por los aires. Los demás gitanos ponen de nuevo la caja blanca en la tumba, rellenando el hoyo rápidamente; luego, se apresuran a esconder las palas.

―¿Y ahora qué? ―pregunta uno.

Los demás suben los hombros, desconociendo la respuesta. No pueden salir de la ciudad; todos los accesos de la muralla se cierran de noche, y se vuelven a abrir hasta las horas tardías de la madrugada siguiente. Entre tanto que se ponen de acuerdo, escuchan el rugido de una bestia alada. Es el dragón “Braza ardiente” y viene a sacarlos de la ciudad; pero no está muy feliz por eso. Sir Ahren ha puesto dos largas cuerdas que cuelgan de su cuello. En los primeros momentos, los hombres se niegan a tomar las cuerdas; pero, pronto se dan cuenta que no hay otra opción. Cada gitano coge un extremo de las sogas. “Braza ardiente” eleva a los cuatro gitanos por el cielo, pasando rápidamente la muralla y bajando bruscamente; los gitanos se dan un fuerte golpe contra varios árboles y el suelo; por fortuna, solo sufren heridas leves.



ElGitanoBlanco

Editado: 22.10.2019

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