Libro 3: Dos viajeros inoportunos son las piezas clave

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Capítulo 5 "Tal vez, la ciudad puede ayudar"

«Ahora, ¿qué hago?», se pregunta David, observando los alrededores.

Siente miedo y frío; la noche sigue avanzando. Cree que es mejor quedarse cerca de la villa, aunque para los diminutos residentes es invisible; ellos se han refugiado en sus hogares, dejando las calles prácticamente vacías. Solo algunos valientes junto con sus amigos despreocupados dan sus caminatas nocturnas.

Ricardo se sienta en la tierra, recargado sobre un árbol cualquiera, asegurándose que no sea la vivienda de algún Míksid; mira hacia ningún lado, pero solamente alrededor de la villa en miniatura. Ni siquiera se atreve a voltear hacia el bosque inexplorado, temiendo encontrarse con algún monstruo desconocido; parientes de aquellos seres que protagonizan las películas de terror más famosas de las que ha escuchado. Rara vez tuvo el valor de ver una, ganándose una noche de pesadillas. Piensa y repiensa en algún plan para regresar a su mundo.

«No debí de atravesar aquel agujero», es la frase que más se repite en la mente de David, impidiéndole concretar una idea y hacer algo. En medio de sus pensamientos, una voz lo distrae.

―¿Tienes sed?

David mira hacia abajo y descubre a Ilemn, siendo acompañada por Akhol; ambos cargando un gran vaso desechable de unicel.

―Sí. Sí tengo ―responde el muchacho.

―Hemos conseguido algo de agua. Toma ―dice Akhol, levantando un poco más el recipiente.

Agradecido pero sin decir una palabra, el joven toma el vaso y bebe del agua fresca.

―También traemos algo de comida ―comenta Ilemn, volteando hacia atrás e indicando a unos amigos que se acerquen.

El pequeño nuevo grupo carga por los lados otro recipiente de unicel; uno cuadrangular y cerrado. Otro par de Miksids trae un tenedor de acero inoxidable. Nuevamente callado, Ricardo toma el traste desechable, notando que está tibio de abajo. Al abrir el envase, se alegra de encontrar una porción de fideos con pequeños trozos de carne; no es mucho, pero es suficiente.

—Gracias —dice David sin mucha emoción.

Toma el tenedor y empieza a comer tranquilamente.

—Ahora, ¿qué vas a hacer? —pregunta Akhol, mientras que los demás se retiran; solamente su novia se queda.

—No sé —responde Ricardo muy desanimado.

—De verdad quisiéramos ayudarte, pero no conocemos el lugar de donde provienes —se disculpa Ilemn, pensando en la única opción posible—. Debes de ir a la ciudad de los extranjeros; ellos de seguro sabrán cómo ayudarte.

—¿Son iguales a ustedes o más pequeños? —inquiere David, sin entender el consejo.

—Son iguales a ti y visten muy parecido. Su ciudad es enorme; está llena de inventos y tecnología increíble. De ellos copiamos nuestras ropas y parte de su gastronomía.

—Entonces, ¿así aprendieron a fabricar estos objetos? —inquiere el joven, señalando el vaso, el plato desechable y el tenedor.

—No los fabricamos. Esos extranjeros siempre andan tirando su basura en nuestro bosque; nosotros tratamos de limpiarlo, pero guardamos uno que otro objeto que nos sea útil.

—¿Hablan mi idioma? —inquiere de nueva cuenta Ricardo, poco a poco pensando que se ha salvado.

—No te preocupes. Con el hechizo del entendimiento ahora puedes hablar, leer y entender el idioma local —lo consuela Akhol.

—Iré en la mañana. No quiero adentrarme más en el bosque; menos de noche —comenta Ricardo, un poco más relajado.

Acabada la cena improvisada, los dos nuevos amigos de David se llevan el cubierto y la basura, para luego regresar con el gigante.

—Pero, ¿dónde dormirás? Nadie puede darte alojamiento y eres demasiado grande para dormir en la plaza —observa Ilemn.

—Aquí mismo —responde el muchacho, recargándose en el árbol—; aunque… No. Mejor no.

—¿No qué? —indaga Akhol.

—Pensaba pedirles prestada una cobija, pero de seguro no tienen de mi tamaño —dice David.

—Sí tenemos. En seguida te la conseguimos —responde Akhol.

—Ven; tenemos otro objeto que puede ser de tu talla —le invita Ilemn al gran amigo, empezando a alejarse cada vez más.

Ricardo se pone de pie y empieza a seguirla, sin separarse demasiado de la orilla y las casas de la villa luminosa. Al caminar un poco más, puede ver a pocos metros de distancia una prenda de vestir. Colgada en un árbol de un clavo y de un gancho de metal para ropa, está una chamarra de mezclilla color azul claro con piel de borrego en el interior color café claro.

—¿Es la chamarra del guardián que esperaban? —inquiere Ricardo, examinando con la vista la ropa.

—En realidad es un trofeo. Hace varios días logramos ahuyentar a un extranjero; al irse corriendo dejó olvidada su chamarra.

—¿Y puedo tomarla?

—Claro; solo espero que sea de tu talla.

Con cuidado, el joven descuelga la chamarra de mezclilla, examinándola cuidadosamente por unos momentos; no es nueva, pero tampoco es tan vieja y usada. No tiene ningún hoyo o partes descosidas, aunque sí un poco sucia. David busca minuciosamente por adentro y afuera de la prenda de vestir. 



ElGitanoBlanco

Editado: 20.01.2020

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