Libro 3: Dos viajeros inoportunos son las piezas clave

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Capítulo 10 “Una visita rápida a la jefatura”

—¡Llegando uno nuevo! —grita un policía arribando a la gran jefatura. Un edificio de veinte pisos de cemento; uno de los pocos edificios que es enteramente de este material.

Resguardando la gran entrada, hay dos rejas de barrotes, las cuales se deslizan hacia arriba para dejar pasar al compañero y al preso. David es acomodado sobre una larga banca de metal, ubicada junto a la pared cercana, aunque el oficial no se molesta en quitarle las esposas de las manos acomodadas en la espalda. El joven trata de acomodarse y revisa alrededor, notando que hay un pasillo ancho a su derecha; al final se escucha mucho alboroto: interrogaciones, pláticas, personas tecleando e impresoras funcionando.

En el recibidor hay unos cuantos policías más, aparte del que acaba de llegar.

—Uno más. Vaya, hoy sí que nos hemos mantenido algo ocupados. Estos nunca aprenden —dice un compañero atrás de un escritorio y una computadora personal; se levanta para examinar al nuevo malandrín. 

Bastante incómodo, Ricardo no quiere voltear con los uniformados, pero ellos le hablan para que voltee. Ambos sujetos son atléticos y altos, gorras color púrpura con viseras de plástico color naranja. Con sus revólveres en sus fundas y radios en el pecho.

—Es nuevo. Nunca lo había visto por aquí —dice el que está atrás del escritorio.

—Lo mismo pensé cuando lo atrapé. Dice que su nombre es David Ricardo y que no vive en la ciudad; le pregunté de donde viene, pero no quiere responder —informa su compañero.

—¿Y qué crimen cometió?

—Un intento de robo. Apenas un principiante inexperto… y muy tonto.

Expresa el compañero policía, sacando la evidencia y colocándola en el escritorio.

—¿Refresco, papas y un emparedado? ¿En serio? —pregunta el oficial, quien al parecer es el jefe, burlándose del criminal fracasado—. Tal vez es de la ciudad vecina, eso podría explicar su estupidez— dice el sujeto mientras se ríe; luego, saca un artilugio de abajo de su escritorio, entregándoselo a su compañero, diciéndole —revisa si tiene el chip identificador de la frente.

Al acercarse el oficial, David observa el aparato. Es muy similar a una pistola láser para leer precios; desea que sea inofensiva, pero se empieza a preocupar por lo siguiente que le pueda pasar, sobre todo ser encarcelado por mucho tiempo.

El uniformado apunta a la frente de David y jala el gatillo.

«¡Oye Ricardo!», grita Abihu en la mente del joven, quien da un pequeño salto del susto al mismo tiempo que una luz roja sale de la pistola láser.

—Tranquilo muchacho. Jajajaja. Solo es una luz roja. No te matará. Jajajajaja —se burla el policía con varias risas, contagiándolas a sus compañeros.

En los segundos que duran las carcajadas, David voltea a un lado, descubriendo al éphimit Abihu parado al lado de él, con una ligera sonrisa en el rostro.

«Maldito Édznah. ¡No me asustes de esa manera!», gruñe Ricardo en su mente, muy enojado y cerrando los ojos. Se esfuerza para mantenerse sentado erguido, mientras su corazón se acelera demasiado, diciendo en su cabeza, «casi me desmayo».

«Préstame atención. Tienes que decir la palabra que yo te diga», le dice Abihu al joven.

—Ummnn. No. No tiene el chip de la frente —dice el uniformado, ya habiendo pasado las risas.

—Entonces revísale los de las manos —sugiere el policía del escritorio.

Para hacer esto, el compañero tiene que quitarle las esposas al jovenzuelo, por lo que se tiene que parar y dar la vuelta.

«¿Ya me ayudarás…».

Antes de terminar la interrogante mental, David es interrumpido por el éphimit en un tono muy serio.

«Mira David, entiéndelo. No sé si podremos algún día regresar a nuestros hogares. Si no quieres vivir en este planeta, por lo menos intenta sobrevivir mientras lo investigo. Te voy a ayudar a regresar a tu ciudad, lo prometo; pero no me pienso llevar a un amigo que no escucha ni a un cadáver».

—No, tampoco tiene el chip en las manos ni muñecas —dice el oficial.

—Entonces eso significa que es un excluido; espero que ya quiera hablar —comenta su compañero del escritorio.

«Entonces empieza a confiar en mí y da la respuesta que te voy a decir», son las palabras de Édznah, mientras que le vuelven a colocar las esposas al jovenzuelo y lo vuelven a sentar en la banca.

—Muy bien, David Ricardo, ¿de dónde vienes? —pregunta el oficial desde su escritorio, a escasos metros en frente.

El joven se queda callado por un par de segundos, manteniendo una cara molesta y la mirada hacia abajo. Segundos después la alza, mostrando seriedad.

—De la isla Sijei —responde él.

El policía teclea en su computadora, abriendo un mapa.

—Sí. Es un excluido y de la clase más baja. Por eso no te quería responder —Le comenta a su camarada; luego, hace otra interrogante—. ¿Cuántos años tienes?

«Dile tu edad real», le dice Abihu a su amigo.

—15 años —responde David en voz alta.



ElGitanoBlanco

Editado: 20.01.2020

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