Libro 3: Dos viajeros inoportunos son las piezas clave

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Capítulo 53 “El pasado oculto del doctor Friedrich”

Universo: Rómgednar.

Planeta: Pérsua Ifpabe.

Lugar: Selva espesa lírema.

 

Minutos después de haber dormido, David Ricardo despierta en una de las orillas del pozo tapado por las raíces. Recuerda muy bien cuando el hombre, quien dijo ser su maestro, lo golpeó con su bastón delgado; el dolor que sentía ha desaparecido, por lo que decide ponerse de pie y mirar alrededor.

—¿Te sientes mejor? ¿No te duele nada? —pregunta preocupado Akhol, volando al lado de la cabeza del muchacho.

—Sí, me siento mucho mejor —dice David muy pensativo; luego de unos segundos voltea con los Miksids—. Pensaba que mi hielo era indestructible. ¿Quién será este señor?

Ambos seres diminutos solo levantan los hombros al no saber la respuesta. El muchacho da un vistazo alrededor y está todo solitario, por lo que supone que el maestro está afuera, junto al lago. Al salir del segundo pozo-cueva, los tres seres solo encuentran al ábkgull bebiendo del agua disponible; buscan al hombre pero no hay nadie. Segundos después, escuchan una nueva voz que realiza una pregunta.

—Aquí estás. ¿Listo para aprender?

Al voltear, David y los Miksids se quedan confundidos. Ahora es una niña de aproximadamente siete años la que sale de la cueva donde antes estaban; es de piel morena clara y cabello largo negro, aunque no se le ve tanto, porque lleva un pañuelo en la cabeza que lo cubre.

—Pero, ¿quién eres tú pequeña? —inquiere Ilemn, acercándose con la nueva compañerita.

—Jijiji. Soy la maestra de David, ¿acaso ya se te olvidó, pequeña hada? —pregunta la niñita con una risa inocente.

Ricardo ha escuchado la respuesta, por lo que observa atentamente a la niña; pronto se percata que viste igual que el hombre con quien habló al llegar: la misma túnica, el mismo chaleco y la misma cuerda en la cintura; también tiene el mismo color de ojos y sostiene el mismo bastón largo con una mano.

—¡¿Eres el hombre que me atacó?! —pregunta Ricardo, sorprendido, sin terminar de creerle a la niña.

—Así es. Recuerda que te dije que soy tu maestro… aunque por el momento seré tu maestra —dice la pequeña sin quitar la sonrisa de su rostro.

—Pero, ¿que puede enseñarme una niñita como tú? —inquiere David, ahora incrédulo.

—Dame la mano —le invita la pequeña a David, estirando su brazo y mano derecha.

Muy confiado, Ricardo se acerca para saludarla, pensando que eso es lo que quiere la niña; pero al tratar de tomar la pequeña mano, la menor de edad sujeta la muñeca del jovenzuelo, alzándolo y lanzándolo metros lejos, cayendo de espaldas sobre la arena; ahí se queda David por unos segundos, tratando de comprender lo que acaba de pasar. Momentos después llega la niña sin soltar el bastón; se agacha un poco, mirando al muchacho cara a cara.

—Soy fuerte, ¿verdad? —pregunta ella, muy sonriente y cerrando los ojos unos breves momentos—. Ahora ven, quiero que me ayudes —dice la pequeña, sujetando la mano del joven para ayudarle a levantarse.

Sin soltar a su compañero de juegos, la niña regresa al lugar anterior, junto al lago.

—Quiero que me des una cubeta. —Es la petición que ella hace, luego de soltarle la mano al alumno.

—¿Qué? —inquiere Ricardo, otra vez confundido.

—Ya me oíste. Quiero un balde; una cubeta para acarrear agua del lago —explica la pequeña maestra, señalando el centro del manantial.

Apenas entendiendo lo que tiene que hacer, Ricardo se concentra y forma una cubeta de hielo; pero es una cubeta burda y mal hecha.

—No me gusta. Quiero otra mejor —rezonga la niña, borrándose la alegría de su rostro, mostrando ahora disgusto.

—Mira niña. Esta cubeta sirve, así que no empieces de gruñona —dice Ricardo, un tanto enojado por la actitud de la pequeña.

—Pero quiero otro balde. Uno más bonito, por favor —suplica la niña, casi llorando.

Con la ayuda de los Miksids David se calma, empezando a crear una nueva cubeta de hielo. Se concentra, recordando que las únicas cubetas que conoce son las de su hogar: cubetas de plástico con agarradera de metal, la cual está cubierta con más plástico. Cierra los ojos para ver mejor lo que quiere crear; al abrir los ojos, contempla su creación: una copia exacta de una cubeta mediana, adecuada para que la niña la cargue.

—¡Muchas gracias! —exclama la pequeña, quitándose la sandalias y dejando el bastón en el suelo.

Sujeta el asa de hielo y corre directamente hacia el lago. Para sorpresa de David, la niña no se hunde: sus pies se apoyan en la superficie del agua como si fuera tierra firme. Llega al centro exacto del lago donde se detiene completamente, sumergiendo la cubeta en el agua justo al frente de sus pies; lleno el recipiente, la pequeña sujeta con ambas manos el asa, caminando de regreso tranquilamente sobre la superficie del agua.

—Ahora sígueme; ayúdame con mi bastón y mis sandalias —le dice la maestra al alumno, mientras se dirige de regreso a la cueva-pozo con la formación rocosa en medio, cargando la cubeta de hielo llena de agua.    



ElGitanoBlanco

Editado: 20.01.2020

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