Libro 3: Dos viajeros inoportunos son las piezas clave

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Capítulo 56 “Los tres gigantes”

Universo: Rómgednar.

Planeta: Pérsua Ifpabe.

Lugar: Selva espesa lírema.

 

—Ahora que será: un anciano o una anciana —se pregunta David en voz alta luego que despierta en la fresca mañana de hoy. Ya se ha levantado de la cama; no es una cama de arena, ahora es una cama de verdad: la base es de madera con su colchón suave, almohadas cómodas y cobija de tela.

—Primero fue una niña y luego un hombre negro —recapitula Akhol, sentándose en el colchón.

—Lo más seguro, ahora se presentará con el mismo cuerpo cuando te conoció por primera vez —opina Ilmen, volando cerca del joven.

—Espero que llegue pronto; las lecciones no han sido tan difíciles —comenta el muchacho preparado para vestirse, usando la misma técnica de ayer.  

Una vez que cubre su cuerpo con hielo y hace aparecer ropa nueva, David se acomoda sus lentes, para luego mirar atentamente el mueble para dormir; con simplemente hacer un movimiento con su brazo, de lado a lado, el mueble, las telas y el colchón se convierten en un montón de arena fina. Él no sabe como chasquear los dedos.

—Muy bien David. Haz aprendido bien y espero que la última lección sea igual de fácil —dice la voz de una mujer atrás del muchacho.    

El maestro ahora es una mujer mayor, con algo de arrugas en la cara y canas en su largo cabello negro; al igual que la niña de hace dos días, la mujer tiene un pañuelo que cubre su pelo. El mentor cambia de apariencia, pero nunca cambia la vestimenta, el color de los ojos y el bastón. La mujer de edad avanzada tiene la piel de color amarillo y los ojos rasgados; es por esto que David recuerda a las mujeres orientales que ha visto en la televisión, aunque hay un barrio chino en la ciudad natal del muchacho.

«¿Será china, japonesa o coreana?», piensa Ricardo, al tanto que observa a la mujer caminar hasta una mesa de madera que ha formado con arena.

—David, hace tiempo dejé una tetera sobre una fogata afuera; pienso preparar algo de té. Tráetela; de seguro el agua ya se calentó —le pide la mujer al jovenzuelo, despertándolo  de sus pensamientos.

Ricardo obedece, caminando tranquilamente hacia la laguna de afuera. En una de las orillas, está la fogata y la tetera de latón; con cuidado toma el asa, la cual está fría, llevándole el objeto a la mujer adulta oriental. Ya esta a punto de llegar a la mesa, pero repentinamente la tapa sale volando a un lado y casi toda el agua hirviendo también sale por si sola, quemándole todo el antebrazo al muchacho; Ricardo suelta la tetera y da un fuerte grito de dolor, hincándose en la arena.

—¡Ricardo! —gritan los dos Miksids y tratan de acercarse, pero una fuerza invisible los detiene en su lugar, flotando en el aire.

Un segundo después, las arenas donde está hincado el joven se convierten en arenas movedizas, hundiéndose él rápidamente.

—A veces, solo tendrás segundos para reaccionar.

Es lo último que escucha David, antes de quedar totalmente sepultado por la arena; pero al segundo siguiente está cayendo desde los cielos directamente sobre una ciudad moderna desconocida. Pensando rápido y tratando de ignorar el dolor en su brazo, el muchacho cubre su cuerpo con una capa de hielo; aunque llega a la azotea de un rascacielos antes de tiempo, justo cuando apenas una delgada capa protectora se ha formado. Ha logrado salir con vida, pero ahora le duele todo el cuerpo; el hielo no ha sido tan grueso para absorber todo el impacto. Ricardo se pone de pie a duras penas, caminando lentamente hasta la puerta de las escaleras. Una tortura bajar hasta el siguiente piso, dándose cuenta que son oficinas; muy parecidas a las oficinas donde trabaja su padre Gerardo, pero las computadoras son más sofisticadas y hay diferentes tipos de cubículos. Se encuentra con diferentes personas vestidas un tanto formal, humanos al parecer; inmediatamente ellos se dan cuenta del muchacho desconocido, todo adolorido y con el antebrazo quemado.

—¡¿Estás bien?! ¡¿Qué te pasó?! —le pregunta un hombre a Ricardo, muy preocupado y ayudándole a permanecer de pie.

—Esa es una quemadura muy grave —dice una mujer, gritándoles a sus compañeros al segundo siguiente—. ¡Agua fría! ¡Necesitamos agua fría! ¡Rápido!

Otros gritos se escuchan más al fondo.

—¡Llamen a una ambulancia! ¡Una ambulancia!

Dos hombres llevan a Ricardo hacia un cuarto de descanso. Hay varias mesas, varias maquinas de alimentos alrededor y varias alacenas. Los buenos samaritanos acomodan al herido sobre una de las sillas; le prometen regresar rápido con ayuda, dejándolo solo en el cuarto.

—Ugh. Hielo. Puedo crear hielo, pero no produce nada de frío. Aahh. ¡Maldita sea! —dice David en voz alta, soportando el fuerte dolor en su brazo y cuerpo.

Da un vistazo, observando la piel que se empieza a desprender de su antebrazo hinchado. Sin soportarlo más, Ricardo recubre la parte quemada con su hielo, pero el dolor no se quita; desea con todas sus fuerzas que el hielo genere un poco de frío… y después de unos segundos lo hace. Sorprendido, aunque todavía adolorido, David pone atención, descubriendo que su hielo especial desprende un ligero vapor, sintiendo una frescura que alivia el dolor y ardor de su antebrazo. Haciendo una prueba, David lucha por concentrarse, deseando que el hielo deje de producir frío; unos segundos después el vapor deja de emanar y la frescura se va. Con varias pruebas después, Ricardo descubre que él puede controlar el frío que produce su hielo especial. Un poco asombrado por este descubrimiento, Ricardo deja que el hielo enfríe un poco la quemadura; no que congele, porque David sabe que no es bueno colocar algo helado sobre la quemadura.



ElGitanoBlanco

Editado: 20.01.2020

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