Linaje Negro: Destino (serie Linajes)

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Capítulo 11

—Mary, ¿dónde está el señor Brahms? —pregunto, al encontrar la recepción vacía.

—Está fuera, respondiendo a una llamada. —Señala por la ventana hacia un hombre grande que nos da la espalda.

—Vale.

 

Bea: Voy en camino.

¿Ya lo viste?

¿Es la cosa más sexy verdad?

MIERDA. No compré otro sujetador de la suerte.

TE ODIO ARY, pero también TE AMO por escribirme y decirme que él está ahí.

 

Me rio al leer los comentarios de Bea, estoy a punto de responderle cuando una fuerte inhalación y el estruendo de algo estrellándose en el suelo hacen que levante mi mirada.

Me congelo.

Mi mirada se conecta con unos ojos verdes que me miran en completo estado de shock e incredulidad. No parpadea, no se mueve, tampoco yo. Me quedo sin aliento, de pie, frente un hombre que me…

Esos ojos, esos ojos.

No puedo dejar de verlos… y entonces dolor.

Un profundo dolor se instala en mi pecho, el poco aire que todavía quedaba es expulsado de mí. Mi cuerpo se dobla del dolor, siento como si estuvieran partiéndome en dos, rasgándome de adentro hacia afuera. Trato de gritar, pero no puedo. Caigo al piso, escucho a Mary chillar mi nombre, el hombre frente a mí reacciona y se lanza para sostenerme, en el momento en que sus manos tocan mi piel el dolor se intensifica y trato de alejarme, pero no puedo, no me puedo mover. El abre su boca para decir algo, pero no lo escucho, hay un pitido fuerte que me impide oír algo más.

Jadeo, tratando de llenar mis pulmones de aire, pero tampoco lo logro. Mis ojos, que siguen mirando hacia él, se llenan de lágrimas, desdibujándolo; mi piel quema donde me toca, pero me rindo a tratar de alejarme, el dolor aumenta, creo que estoy muriendo. Mi visión se oscurece y en pocos minutos estoy en completa oscuridad, sin sentir absolutamente nada.

*** 

No tengo que abrir mis ojos para saber en qué lugar estoy.

Debo decirle a mi tío que le recomiende al director del hospital el desinfectante que usamos, porque este huele horrible.

—¿Ary?

—Bea, huele horrible —gruño y protejo mis ojos con mi mano para poder mirar a mi prima—. ¿Por qué siempre ponen la cama bajo la luz? Esto puede darle un susto de muerte a alguien o dejarlo ciego.

—Déjame primero comprobar que estás bien y luego trataremos estas cuestiones existenciales.

Cuando por fin logro enfocar correctamente a Bea, me sorprendo. Tiene todo el maquillaje corrido y los ojos rojos. Ha llorado.

—Bea, ¿Quién te pasó un trapero por el rostro?

—¿En serio Ary? —gruñe—. Me pegas el maldito susto de mi vida y esperas que mi cara no luzca como una Drag Queen bajo el agua.

—¿Por qué te maquillaste tanto?

—Eso ya no importa. —Toma una de mis manos en las suyas y se inclina sobre mí—. ¿Te sientes bien? ¿No te duele nada?

—Mmm, no. ¿Debería dolerme algo? ¿Es por eso que estoy aquí?

Bea me mira angustiada. Frunzo el ceño tratando de entender por qué me observa de esa manea y porqué estoy en el hospital…

—Mierda —jadeo. Palmo todo mi cuerpo buscando señales de quemaduras o algo que me revele porque sentí tanto dolor—. ¿Qué demonios me pasó?

Bea suspira y se sienta en la cama. —Ni idea Ary, papá ha hecho que los médicos repitan todos los exámenes, dos veces, y no encuentran nada malo. Estás bien.

—Pero… Dios, Bea. Estaba muriendo. —Vuelvo a repasar mi cuerpo, pero, es cierto, todo está bien—. Me dolía horrible, sentí que me abrían de adentro hacia afuera. —Me estremezco, recordando la sensación—. Y me quemaba. Donde él me tocaba, quemaba.

—¿Kellan?

Los ojos de Bea lucen confusos y preocupados.

—Sí, él… —No tengo ni una sola marca de quemadura en la piel, sigue impoluta, suave y perfecta—. Te juro que así se sentía Bea. ¿Cómo es posible?, no veo nada malo en mi cuerpo, pero fue real, Bea. Me quemaba y dolía de verdad.

—Los médicos tampoco entienden qué pudo pasar. Te hicieron un electrocardiograma, escanearon todo tu cuerpo, revisaron tu coco —golpea suavemente mi cabeza—, tus pulmones… todo, y no encontraron nada fuera de lugar. Nada. Ni siquiera tenías la presión alta.



Maleja Arenas

Editado: 18.07.2019

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