Little Vices

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UN solo acorde de guitarra

El solo de guitarra resonaba por todo el estadio, entremezclado con los gritos eufóricos de las miles de personas que se encontraban allí. El escenario retumbaba bajos mis pies, y mis oídos pitaban por el fuerte sonido que se producía estando entre bastidores. Llevaba toda la vida presenciando aquel tipo de espectáculos, pero eso no significaba que me gustasen. Mientras que aquella gente rompía a llorar de emoción por ver cómo Jarod Mason se dejaba la piel bordando cada acorde, yo solo veía a un tipo de casi cuarenta años arrodillado en el suelo y con una expresión en el rostro que le hacía parecer estar en mitad de un orgasmo. Lo único que veía, era a mi padre haciendo el ridículo una vez más. Le había dicho cientos de veces que no hacía falta que fuese tan expresivo, y él siempre me daba la misma respuesta: No puedes parar el poder del rock. Ni siquiera sabía qué quería decir con aquello, solo me centraba en la parte oculta: que no dejaría de hacer ese tipo de cosas sobre el escenario.

El solo terminó, dando por acabada la última de sus canciones. Entonces se levantó con una sonrisa en el rostro y chorreando sudor por todas partes, alzó el puño, provocando que la gente gritase aún más, y entonces rompió la guitarra eléctrica contra el escenario. La gente se volvió loca y a mi lado, Verónica, la mánayer del grupo de mi padre, aplastó con todas sus fuerzas el vaso desechable con café que tenía entre sus manos. Abrí los ojos de golpe y me aparté de un salto, apartándome de la cascada de café caliente. Cayó a su alrededor, manchándola el traje a su paso, pero pareció no importarle: estaba plenamente dedicada a matar a mi padre con la mirada.

―Le he dicho mil veces que no rompa las guitarras ―masculló, con la mandíbula tan apretada por el enfado que pensé que se iba a romper los dientes.

Entendía su frustración. Era la misma que yo sentía cada vez que le decía que se cortase un poco y él pasaba de mí. Uno de los muchos defectos que tenía mi padre es que hacía lo que le daba la gana. Según él, eso era parte del espíritu del rock.

―¡Buenas noches, Los Ángeles! ―gritó con la voz ronca por llevar casi dos horas seguidas cantando, y después, junto a todo el grupo, salieron del escenario.

Fueron pasando uno a uno por nuestro lado, chocando las palmas entre ellos, orgullosos de lo que acababan de lograr, pero Verónica no estaba nada contenta. Agarró a mi padre del brazo con brusquedad, deteniéndolo. Verónica era una mujer joven, con un precioso pelo caoba y unos ojos verdes. Era bastante baja, dudaba que llevase al metro sesenta, y mi padre le sacaba mínimo dos cabezas y era mucho más corpulento que ella, pero aquello no parecía intimidarla.

―Hey, Vero, ¿te ha gustado el concierto? ―le dijo mi padre, dándole una de sus sonrisas.

―Me habría gustado más si no te hubieses cargado aquella guitarra. Los patrocinadores dijeron que sería la última que nos darían.

Él soltó una carcajada y se encogió de hombros.

―Se la pagaré.

Dicho eso, dio media vuelta y siguió al resto del grupo.

―¡La idea de tener patrocinadores es que ellos nos den dinero a nosotros, no al revés! ―gritó ella, siguiéndolo hecha una furia y dejándome allí sola.

Toda la gente que había estado trabajando durante el concierto: operadores eléctricos, de sonido, los cámaras encargados de enfocar a mi padre en su momento cumbre…, se movían a mis espaldas, recogiendo todo. Miré el estadio, observando cómo la gente comenzaba a abandonar el estadio, y cómo otras, los fans más fieles, seguían pegados al escario, pidiendo un bis. Suspiré y miré el escenario, todavía con los instrumentos, la guitarra rota incluida. Pensé en lo fácil que sería dar un par de pasos y ponerme a bailar, dejar que toda aquella gente me viese hacer lo que mejor se me daba… y en los abucheos que recibiría si aquello pasase. La gente solía decir que era una deshonra el hecho de que la hija que una de las mejores estrellas del rock del momento prefiriese bailar ballet que seguir los pasos de su padre. Fruncí los labios y di media vuelta, dispuesta a salir de allí lo más rápido posible, antes de que la salida por la que el grupo dejaría el estadio se llenase de fans pidiendo fotografías y autógrafos.

Little Vices era el nombre que mi padre le había dado al grupo que él y sus amigos, Thomas, Markus y Till, habían formado con apenas trece años. ¿La típica imagen de un grupo de críos tocando en el garaje de alguna de sus casas, cantando canciones que ellos mismos habían escrito pensando que algún día serían un éxito? Así eran ellos, con la única pequeña diferencia de que a ellos sí que les funcionó eso de pensar que algún día serían mundialmente conocidos. Con apenas diecinueve años, firmaron con una discográfica de poca monta de Oregon, su ciudad de origen, que les llevó de gira por todo el Estado. Se fueron haciendo conocidos poco a poco, hasta que por fin, un año después y un día como cualquier otro, recibieron la noticia de que una de las mejores discográficas del país quería firmar un contrato de tres años con ellos. Tres años, que se convirtieron en veinte. Desde aquel entonces, Little Vices se convirtió en uno de los mejores grupos de rock antiguo de todos los tiempos. Ellos jamás se imaginaron llegar tan lejos. Y mi madre tampoco…



Eranih

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En el texto hay: musica rock, ballet, drama y romance

Editado: 14.05.2018

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