Llamaradas de Recuerdos

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Prefacio: Ahora que lo pienso

Antes de comenzar, considero conveniente y necesario hacer una aclaración. Esta no es, como podría llegar a pensarse, una historia sobre Amanda. Si bien es indudable que ella es el centro del relato (pues sin la niña, sencillamente, no habría nada que contar), en realidad esta es una historia acerca de mí misma, de cómo fui cambiando a medida que descubría realidades superiores, que me fueron reveladas mediante mi hija.

Tampoco es mi intención convertir a nadie a otras filosofías. Lo que se me reveló fue trascendental para mí, pero no tiene por qué serlo para todos. Sé que hay dos clases de personas en el mundo: las que aceptan mansamente las doctrinas que les imponen desde su nacimiento (llámese cristianismo, islamismo, budismo…) y las insaciables o discutidoras, que siempre van en busca de más. Resulté pertenecer a este último grupo, finalmente. Sin palabras. No es que este hecho me deprima ni me colme de felicidad: es, simplemente, un hecho. Fui una del montón durante veinticinco años, supongo que porque, hasta entonces, jamás había tenido la necesidad de buscar otras respuestas. Y tampoco me lo planteé nunca de esa manera. Al principio, yo solamente necesitaba saber qué sucedía con Amanda, y poco me importaba el precio que tuviera que pagar. Terminé encontrando un Universo Superior; tan superior, que apenas llego a rozarlo con la punta de los dedos. Y esto me lleva a mi segundo descubrimiento: los que estamos en la búsqueda, dispuestos y preparados para conocer la realidad superior, somos minoría.

Es como una mala broma del destino. ¡A veces me siento como si tuviera una riqueza millonaria en las manos, con la que podría curar tantos males…!, pero tengo que conformarme con repartir limosnas, porque nadie acepta más que eso. Y la única persona a quien pude realmente abrirle mi corazón y ofrecerle mi tesoro, ya no está aquí.

Pero todas estas son reflexiones que poco sentido tienen separadas del contexto principal. Había dicho que esta es mi historia: la historia de una mujer común y corriente, que se encontró inesperadamente en medio de un torbellino de medios indicios, y cuya obsesión por encontrarles un sentido la llevó a penetrar en terrenos insondables para sus seres queridos. La historia de una mujer que tuvo que cambiar radicalmente su manera de ver la vida, para poder seguir adelante… o, mejor dicho, que quiso cambiar su manera de ver la vida, porque aquello que había descubierto le pareció más fascinante y lógico que todo lo que le habían enseñado previamente.

Ahora se me presenta el primer problema. No sé cómo empezar esta historia, porque no sé cuándo comenzó realmente. A veces creo que la tarde que descubrí la fotografía…, aunque aquello fue más bien la primera prueba; nada más. Debió haber sido con el libro…, pero el libro fue como el broche de oro; la “pieza faltante”, la que le daba sentido a todo. A lo mejor comenzó con la llegada de Luciana y nuestras visitas a casa de tía Elena…

No, empezó antes, mucho antes. Empezó con Amanda; después de todo, ella fue quien trajo las llaves de la Sabiduría a mi vida. Todos los que tenemos hijos sabemos que los niños marcan un antes y un después en nuestras vidas, pero Amanda fue ligeramente diferente del resto de los hijos, y esto dicho en el más irónico de los tonos. Fue tan diferente de los niños que yo conocía, que más de una vez pensé que la había recibido de otro planeta. Su insoportable llanto, su impresionante eritema, el misterio de sus primeras palabras, su incomprensible tristeza, sus inequívocas afirmaciones… No eran productos del azar ni de su caprichosa imaginación. Había algo real e indiscutible detrás de todo.

Pero para llegar a Amanda tendría que hablar primero un poco de mí. Esta es mi historia, finalmente (creo haberlo dicho ya). Claro que, de no haber existido Amanda, no habría nada que decir. De modo que podría concluir en que es nuestra historia: la de mi hija, que buscaba desconsoladamente hacer las paces con su destino, y la mía, que encontré mediante ella el secreto de la felicidad.



Marina Nill

Editado: 01.07.2019

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