Llamaradas de Recuerdos

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Capítulo IV: “Está não è meu rostro!”

Amanda creció sana y fuerte. Paulatinamente fue superando la etapa de los berrinches. A los ocho meses empezó a gatear y a los diez caminaba sin la ayuda de nadie. Al cumplir un año era una nena de mirada profunda e inteligente y muy tranquila, a la que frecuentemente encontrábamos jugando con sus ositos de peluche y muñecos de plástico. Pocos meses después descubrimos otro detalle inusual en Amanda. No quería hablar.

Al principio no nos dimos cuenta. Estábamos tan acostumbrados a su mudez, interrumpida solamente por estallidos de llantos, que tenerla a nuestro lado en silencio nos parecía lo más natural, aun cuando Leo hablaba sin cesar, en el lenguaje confuso y entremezclado de los niños pequeños. Pero después de haberme reunido con un grupo de ex-compañeras de estudios, observé que las hijas más chiquitas de mis amigas hablaban perfectamente, a pesar de que muchas no cumplían aún los dos años.

–¡Qué adelantadas! –observé, admirada.

–¿Adelantadas? –repitió una de mis amigas, sorprendida–. No lo creo. Es que están en la edad.

Aquellas palabras golpearon brutalmente mi ego de madre. Amanda también estaba en la edad; sin embargo, ni siquiera jugando trataba de imitar sonidos. Su sistema de comunicación consistía en pararse al lado de una persona, estirarle las ropas y señalar lo que deseaba. Ingenioso para un bebé, no para una niña de año y medio que debería haber estado ensayando sus primeras frases.

Desde entonces, Walter y yo tratamos de enseñarle algunas palabras. Señalábamos los objetos y los nombrábamos remarcando las sílabas. “O-si-to”, “Le-o”, “ma-má”, “pa-pá”, “au-to”, “mi-chi”, “tic-tac”… Amanda nos observaba, siempre en silencio, sin dar señas de querer repetir nada. Y jamás logramos sacarle un solo sonido.

Dada la situación, empecé a conversar con cuanta madre o abuela de confianza se me cruzara. Todas tenían niños superdotados, que habían empezado con los primeros sonidos a los seis u ocho meses, que al año y medio decían unas cuantas palabras y a los dos se hacían entender bastante bien. A veces pensaba que mi hija era la única criatura del mundo que se negaba a hablar, y ni siquiera podía imaginarme las razones.

Cora y mamá no fueron de gran ayuda.

–Aún es pequeña, Julia; no insistas o la vas a traumatizar. No todos los chicos son tan rápidos. Vas a ver que un día de estos se larga –palabras más, palabras menos, fue la solución que ofrecieron ambas.

Pero pasaba el tiempo y Amanda seguía muda, con la mirada fija en nosotros, como si nos estuviera analizando. Finalmente, decidimos ir a la pediatra. La doctora, acostumbrada a nuestras insólitas consultas, escuchó el problema atentamente. Cuando terminamos miró a la niña, que caminaba por el consultorio, y la llamó suavemente. De inmediato Amanda se dio vuelta y se quedó observándola, curiosa.

–¿Siempre responde a su nombre? –preguntó. Nosotros asentimos. Ella lo apuntó–. Por lo que veo, la nena está bien. Obedece a su nombre y reacciona ante los sonidos, así que sorda no es. Caminó antes del año, de modo que tampoco es un retardo psicomotriz. Evidentemente tampoco es autismo. En realidad, creo que no habla porque no quiere. Tal vez ni necesite hacerlo, pues ustedes entienden lo que desea y se lo dan sin que tenga que esforzarse pidiéndolo.

Jamás lo habíamos visto de esa manera. A partir de entonces, empezamos a hacernos los desentendidos cada vez que sentíamos el tirón en las ropas y ya no le alcanzábamos lo que señalaba. En lugar de empezar a hablar, Amanda conseguía por sus propios medios lo que deseaba o se largaba a llorar. Pero ninguna palabra.

Finalmente, habló. Fue una tarde, a principios de agosto, mientras nos preparábamos para visitar a los abuelos Bianco. En la excitación previa al paseo, Walter y yo conversábamos. Leo, tirado sobre el piso, jugaba con una camioneta de plástico, imitando con fuerza el sonido del motor. Amanda caminaba de un lado a otro, incómoda. De repente, soltó un gruñido de fastidio, tan fuerte que llamó la atención de todos.

Estaba parada delante de la puerta abierta del ropero y observaba su reflejo en el espejo. Automáticamente, fui para cerrarla, pero la niña me lo impidió, interponiéndose. Clavó su mirada en mí y con su dedito índice señaló la imagen. Después, con un gesto de impaciencia, exclamó:

–Mai, está não è meu rostro!

Walter y yo nos miramos, sorprendidos. Teníamos apenas los conocimientos básicos de portugués, para manejarnos cómodamente cuando viajáramos a Brasil, y acabábamos de reconocer un par de palabras. Pero no era posible. Seguramente era la emoción por estarla oyendo hacer su primer esfuerzo lo que nos hacía imaginarlo.



Marina Nill

Editado: 01.07.2019

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