Llamaradas de Recuerdos

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Capítulo VII: Algo inexplicable

Para el quinto cumpleaños de Leo, Renata y yo organizamos su primera gran fiestita, en la que, además de la familia, incluimos a sus amiguitos del preescolar. Los niños llegaron a la casa acompañados por sus padres, quienes no perdieron la oportunidad para quedarse y disfrutar del copetín y los bocaditos que habíamos preparado.

Fue una hermosa celebración. Los chicos jugaron, corrieron y se divirtieron enormemente. Solamente Amanda se mantuvo apartada. Si bien ya me había acostumbrado a su retraimiento, no dejaba de molestarme y entristecerme. Poco antes de cantar el cumpleaños feliz, la encontré en brazos de Renata, que llevaba meses tratando de convencer a Marcelo de que tenían que casarse de una buena vez, porque ella quería tener hijos. Viendo la cara de Marcelo, supe que traerlo a este cumpleaños no había sido una buena idea. Si tenía que tomar como parámetro de “hijo” el mal comportamiento que había tenido Leo toda la tarde o el excentricismo de Amanda, supongo que habría preferido quedar soltero.

Fue, como ya dije, una linda fiestita. Chicos y grandes pasamos un buen rato. No hubo incidentes de ningún tipo en toda la tarde; nada que llamara mi atención, nada que pudiera servirme de indicio… Sin embargo, a la noche Amanda de nuevo tenía el cuerpo cubierto por el eritema y un poco de fiebre. Walter se quedó a hacerle compañía en su cuarto mientras yo bajaba a la cocina a preparar las compresas de manzanilla. Al regresar, con el té y el paño en un pocillo, creí oír que conversaban animadamente. Pero, en cuanto estuve junto a ellos, vi que la única entusiasmada era Amanda. Walter no hacía más que responder resignado sus cuestionamientos, ahora relacionados con su edad. Amanda estaba empecinada en que ella era la hermana mayor y que no estaba por cumplir cuatro años recién, sino muchos más. No recordaba exactamente cuántos, pero sabía fehacientemente que ya era una niña grande.

Walter trataba por todos los medios de cambiar de tema, de preguntarle qué le habían parecido las compañeritas de Leo, si estaba contenta porque entraría al Jardín el próximo año, cómo le gustaría que fuese su propio cumpleaños... Pero, ante cada pregunta suya, Amanda aprovechaba para insistir en sus afirmaciones.

En vista de que no pensaba aflojar, y considerando que estaba enferma, decidí seguirle la corriente.

– ¿En serio? ¿Vos sos más grande que Leo? –pregunté, mientras la hacía acostarse para ponerle los paños sobre el cuerpo.

Amanda negó con la cabeza y me miró como si fuera tonta.

–No, más grande que Leo no. Soy más grande que mi hermanito.

–¿Cuál hermanito?

–El que tenía cuando estaba con mis padres –respondió, impaciente, y me ayudó a colocar los paños donde más ardor sentía.

–¿Y cómo se llamaba ese hermanito? –pregunté.

–David –contestó ella, en un tono que daba por sentado que yo tendría que haberlo sabido.

Miré a Walter de reojo. ¡David! Finalmente, se estaba revelando el misterio. Así que David era su hermano imaginario. Pero, aún ahora, algo parecía desencajar en esto.

La observé detenidamente. Su mirada era sincera y nostálgica. No parecía la de una niñita mimada por su familia y por la vida, que tenía todo lo que podía desear con sólo pedirlo. Era tan triste y profunda su mirada... y hablaba con esa seguridad amarga de saber que las cosas eran irremediables, irreversibles... ¿Qué penas había en su corazón? ¿Qué penas podía haber en el corazón de una niña de casi cuatro años? ¿Quiénes eran Luz, David y sus padres? ¿Por qué parecían tan reales para ella?

La ayudé a voltearse para ponerle un paño en la espalda. Luego le acaricié suavemente el cabello.

–Y bien, Mandy, ¿qué hacés acá, entonces? ¿Por qué no estás con David? –pregunté, con cautela.

–Porque... hubo un accidente..., ¡y me perdí! –suspiró en voz baja, con tristeza–. Recuerdo que me llamaban…, trataron de sacarme…, ¡pero fue imposible! David sí se salvó. Yo me dormí. Había gente conmigo…; me trajeron con ustedes. Me prometieron que iba a estar bien. Pero al principio no me gustó. Ustedes eran desconocidos, y hablaban tan mal que tampoco podía entenderlos. ¿Te acuerdas, mai? –preguntó, mirándome con sus hermosos ojazos azules–. Me sentía mal, muy mal…, por eso lloraba tanto. ¡Y sigo extrañando a mi familia!

Miré a Walter, desalentada. Le había dado pie para que continuara con sus historias, y ahora se veía tan abatida y apagada que me arrepentía. Pero, de todas formas, no tenía idea de cómo manejar estas situaciones. ¿Qué nos convenía hacer? ¿Esperar que los años la hicieran olvidar sus fantasías? ¿Visitar algún psicólogo? La pediatra lo había sugerido una de las últimas veces que se presentó el eritema, asegurando que no había razones orgánicas para aquellos brotes. Pero Walter se negó rotundamente. Por el contrario, yo no me cerré a la idea, pero me parecía que Amanda era muy pequeña, y que tanto el eritema como sus relatos debían tener otra explicación. Pero, ¿cuál?



Marina Nill

Editado: 01.07.2019

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