Llamaradas de Recuerdos

Tamaño de fuente: - +

Capítulo X: Tía Elena

Mamá cumplió cincuenta y cinco años el dieciséis de agosto. ¿Habría tenido alguna relación ese dato real con la imaginación de Amanda?

Hubo una gran fiesta de cumpleaños, a la que invitamos a toda la familia, vecinos y amigos. Pero a quien todos esperábamos ver con gran expectativa era a la señorita Elena Santana, invitada de honor, vieja amiga de mamá y de Cora. Justamente pertenecía a su misma generación, y como habían crecido juntas, tenían demasiadas cosas en común y numerosos recuerdos. Acababa de regresar de un largo viaje por Brasil, donde tenía familiares cercanos. Volvió cargada de fotos y regalos. Renata y yo la conocíamos como “tía Elena”, la mágica, la que viajaba y enviaba postales y regalos desde todas partes del mundo. No era de extrañar que exactamente así la conocieran también Walter y sus hermanos.

Se me presentaban pocas oportunidades de conversar con esa agradable mujer, y dado que todos parecían querer estar con ella más que con la cumpleañera, aproveché que Elena se acercara a saludarme para preguntarle por su familia e iniciar un diálogo.

–¿Cómo encontró a todos?

–¡Muy bien! Sobre todo a los chicos. ¡Es impresionante cómo crecen las criaturas!

Recordaba como un dato lejano que Elena tenía un par de sobrinos, pero no sabía nada acerca de ellos. Haciendo cálculos, tendrían que haber sido adolescentes de alrededor de quince años. Pero ella acababa de mencionarlos como “criaturas”. Decidí sacarme las dudas.

–¿Cuántos años tienen?

Su respuesta me sorprendió enormemente.

–El varón tiene diez años, y Lili cumplió uno en junio. Justamente viajé para estar con ellos en sus cumpleaños. Vi como la nena aprendía a caminar y ya me dice “Lena”. ¡Es tan hermosa! Me llama la atención que tu madre no te cuente nada sobre ellos, porque siempre le comento las novedades.

Me sentí avergonzada, como si hubiera cometido una falta, pero lo cierto es que estaba tan acaparada por mi propia familia, que no prestaba demasiada atención a los comentarios de mamá sobre la vida de sus amigos y conocidos.

–Discúlpeme, tía, pero a veces tengo tantas cosas en la cabeza…

Ella sonrió y sacudió las manos, restándole importancia.

Yo quería aprovechar para mostrarle mis hijos. Elena los había visto por última vez cuando tenían Leo tres y Amanda dos años. Podría apreciar cuánto habían crecido y lo hermosos que eran. A duras penas pude sostener a Leo por unos segundos y arrancarle un educado saludo para la mujer. El niño se había hecho amigo del nieto de un vecino, y le resultó un fastidio interrumpir sus juegos para ir a saludar a una mujer vieja que no conocía. Fue distinto con Amanda. Se le acercó corriendo y la abrazó efusivamente, como si hubiera sido alguien de la familia. Aquello me llamó la atención. Pero decidí pasarlo por alto.

–Esta es mi nena, ¿la recuerda? Cumplió cinco años en julio –le conté.

–¡Ah, Mandy! ¡Por fin te vuelvo a ver! ¿Cómo estás?

–Bien, tía Elena.

La mujer sonrió con ternura, y la alzó, para poder abrazarla mejor. Yo las miré con asombro. ¿De dónde había sacado Amanda esa súbita confianza, cuando normalmente era arisca con todo el mundo? En toda su vida había estado en presencia de Elena no más de dos veces, y la última había sido hacia tres años. No entendía esa natural confianza que demostró ante la mujer. Pero me gustó mucho. La educación de Amanda compensaba la descortesía de Leonardo.

–Eras una nena muy chiquita la última vez que te vi. En estas ocasiones me doy cuenta de lo rápido que pasa el tiempo. ¿Ya tenés cinco años? ¡Me parece que fue ayer que Giuliana me contó que habías nacido! Todavía conservo la foto que me regaló y todas las que me dio después.

Amanda sonrió, sin dejar de mirarla con adoración, y Elena la abrazó nuevamente, con ternura. Yo observé que Amanda no pataleaba ni exigía que la bajara, como hacía habitualmente con sus tías y abuelas.

–Traje algo para ti de Brasil –prosiguió Elena, cambiando de tema–. Pero me da un poco de vergüenza con vos, Julia –añadió, en castellano, mirándome indecisa–. Se trata de una muñeca. No es nueva, pero está en excelente estado. Me la dio mi hermano para que se le regalara a Mandy, en nombre de todos. Se encariñaron con ella después de todo lo que les conté. ¿Qué les parece? ¿Aceptan?



Marina Nill

Editado: 01.07.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar