Llamaradas de Recuerdos

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Capítulo XIII: La foto

Unas semanas después, descubrí algo que me dejó atónita. Ordenando la biblioteca del estar, llegué hasta los álbumes de fotos. Consideraba esos álbumes como un tesoro familiar, y los cuidaba con gran cariño. Tenía un álbum casi completo lleno de fotografías de mis hijos; otro, dedicado a mi infancia y juventud, con algunas fotos de mis padres cuando eran niños y jóvenes; y otro más, en el que había puesto fotos que me regaló Cora de Walter y sus hermanos cuando eran pequeños. Había un cuarto álbum, en el que poníamos las fotos de todos nuestros amigos y conocidos, que no encajaban en el álbum de la familia. Pensando en distraerme un momento, me puse a mirar ese álbum.

Cada fotografía guardaba para mí un recuerdo especial, y sonreía conmovida al revivir esos hermosos momentos. Luego, dando vuelta las hojas, encontré una descolorida foto en la que aparecía una familia desconocida, posando al frente de una casa elegante. La mujer tenía un rostro angelical, era delgada, muy rubia y de ojos claros; el hombre, moreno, simpático y atractivo, de ojos brillantes y negra cabellera enrulada. Había también dos criaturas: una nena preciosa, de más o menos diez años, peinada con incontables trencitas que habían atado con cintas de colores, de piel morena e intensos ojos negros, que abrazaba una muñeca, y un varoncito de cinco, rubio como la mujer, pero de ojos marrones. Me pregunté quiénes serían. Era una típica foto familiar; pero algo en ella me deprimió. La hubiese pasado por alto de no ser por un detalle que acaparó toda mi atención. La muñeca que cargaba la nena era Luciana.

Acerqué la foto a mi cara, para asegurarme de que veía bien. Muñecas de porcelana había muchas, y era fácil confundir una con otra. Pero pronto descarté una equivocación. Sí, era Luciana. La misma carita angelical, el mismo vestido... Sentí una excitación incontrolable, como si acabara de hacer un descubrimiento trascendente. Aun así, me permití una última duda. A lo mejor era una muñeca idéntica a Luciana solamente; era muy posible que las hubieran fabricado en serie. Tal vez no lo supiera nunca.

Ahora me moría por saber quiénes eran las personas de la foto. Definitivamente, no eran conocidos míos. Sin duda, era una de esas fotos que me regalaba mamá, de personas muy queridas para ella, pero que para mí no significaban nada. Podían ser parientes lejanos, o algún ahijado, o familiares de alguno de los socios del negocio... Antes de seguir adivinando en vano, saqué la foto del álbum. A lo mejor tenía algo escrito detrás, que me aclarase las cosas. Efectivamente, había un par de líneas. Decían: “Para Giuliana, en su cumpleaños, que es el mismo día que el cumpleaños de mi sobrinita. Cariños de Elena.” Abajo, con otra letra, estaba escrito: “Para Julia, de mami, porque tía Elena me mandó dos fotos iguales y no se dio cuenta.”

Me sentí repentinamente desmejorada. Mi mente estaba en blanco y, al mismo tiempo, sobrecargada de cosas. Algo empezaba a tomar forma. Y se relacionaba con mi hija.

Mi mirada se fijó sobre la imagen de la niña y su muñeca. La chiquilla parecía estar contenta, y abrazaba amorosamente a su juguete.

Deseé de pronto estar junto a Elena, para preguntarle... Esa sobrina que cumplía años el dieciséis de agosto y que evidentemente era la dueña de la muñeca, ¿sería Luz? Elena había mencionado una vez que la muñeca perteneció a una sobrina suya, hermana de la pequeña Lili, y luego se detuvo bruscamente. Nunca más volvió a hablar del asunto.

Pero cambié rápidamente de idea. Elena era mi vieja tía; la conocía desde la infancia, pero no tenía tanta confianza con ella como para llevarle la foto y pedirle que me hablara de esa niña. Incluso, ahora que lo pensaba detenidamente, Elena jamás la había mencionado, exceptuando aquel descuido. Indudablemente, debía tener una razón de peso.

Descarté a Elena de inmediato. No era conveniente involucrarla en esto. Era con Walter con quien debía hablar, para mostrarle lo que acababa de descubrir. Y juntos veríamos qué era lo más apropiado hacer.

 

***

Hablamos esa misma noche, después de la cena. En realidad, en un primer momento, hablé solamente yo. Walter no dejaba de pasarse una mano por la cara, mientras sostenía con la otra la fotografía.

–Tengo la sensación de que estamos frente a algo enorme, aunque todavía no lo entiendo bien. Esa nena… Tía Elena la mencionó una vez, de paso. Casi podría jurar que es Luz. Tiene la muñeca y su cumpleaños es el dieciséis de agosto, la fecha que dijo Amanda. El varoncito tiene que ser David, el niño por el que Mandy siempre lloró. Algo empieza a tener sentido. Pero falta todavía una pieza, la más importante.



Marina Nill

Editado: 01.07.2019

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