Llamaradas de Recuerdos

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Capítulo XIV: Alergia al fuego

Pocos días después de esa conversación, Amanda enfermó nuevamente. La descubrí hirviendo en fiebre, cuando me disponía a arroparla y desearle las buenas noches. Nunca la había visto tan mal. Fui tan insistente y me mostré tan preocupada en la comunicación con la pediatra, que finalmente accedió a verla, pero, en lugar de pedirme que llevara la niña al consultorio, optó por una visita a domicilio.

Antes de pasar a revisarla, y acostumbrada a esas erupciones en la piel, la pediatra sugirió por enésima vez que la lleváramos a un psicólogo de niños, porque definitivamente el eritema no obedecía a ninguna causa física. Estaba segura de que era un mecanismo que la niña ponía en movimiento cada vez que algo no resultaba como quería. Walter se ofendió y la culpó de ser una incompetente. La doctora, que era un ejemplo de comprensión y buenos modales, no lo tomó en serio, pues supuso que Walter estaba al límite del nerviosismo por aquel problema. Pasó a la habitación de Amanda para revisarla y conversar un momento con ella. Cuando terminó, compartió sus impresiones conmigo.

–No tengo palabras. Nunca antes había visto nada igual. Se ve exactamente como la noche que nació. Da la impresión de que se quemó viva. Si no supiera por vos que esto es algo que empieza de golpe y sin motivos... Pero no hay razones orgánicas para esto.

Suspiré, cansada. Había pasado el susto del primer momento. Ahora sólo quería que fuese de día, para que Amanda amaneciera curada. La doctora se volvió y me apuntó con el índice.

–Exactamente. ¿Cómo puede estar tan mal por la noche y despertarse a la mañana siguiente como si nada hubiese pasado? No voy a ser insistente, pero considerá lo del psicólogo. No atienden locos solamente. También ayudan a la gente normal a superar conflictos que de otra manera le durarían toda la vida.

–Pero mi hija nació con este conflicto –repliqué, agobiada–. ¿No te acordás? Nació con el eritema, y al día siguiente no quedaban rastros.

La doctora se volvió hacia mí, asintiendo.

–Ni siquiera entonces encontramos nada. Es muy raro, Julia. Como médica, hice todo cuanto pude. Lo único que quedaría por probar es la psicología.

Nos despedimos en la entrada. Después de trancar la puerta, subí al cuarto de la niña. Amanda estaba acostada de espaldas, silenciosa, mirándose el cuerpo cubierto por el eritema. Era tentador lo de llevarla a un psicólogo, pero no podría hacerlo mientras Walter se negara. Además, empezaban a juntarse demasiadas cosas. Ya no era el eritema solamente: también estaban la muñeca y la foto… Esto superaba el campo de acción de la psicología. Sospechaba que el día que buscara ayuda, tendría que hacerlo por otras vías.

Lentamente, arrimé una silla a la cama. Amanda seguía observando su cuerpo, de manera extraña, como los bebitos que recién toman conciencia de que ese piecito o manito con los que juegan son suyos, y los aceptan entre gozosos y admirados. Pero el cuerpo que ella observaba estaba enrojecido y salpicado por manchones oscuros.

Mientras me sentaba, la llamé dulcemente.

–¡Mai! –respondió.

Le acaricié la cabeza mientras le preguntaba cómo se sentía. Respondió con un gesto de impaciencia.

–¡Mal! ¿No ves? –y señaló sus enormes manchas.

–¿Cómo te pasó esto, hija? –suspiré, en tono de condolencia.

No esperaba que contestara. Después de todo, el eritema era un enigma. Pero Amanda no sólo respondió, sino que lo hizo con una seguridad impresionante.

–Fue por el fuego, mai. Siempre trato de mantenerme alejada, pero Emilia estaba cocinando papas fritas y yo quería robarme una. Me acerqué demasiado a la cocina. Y una chispa me saltó al brazo.

Me quedé atónita. Una serie de imágenes veloces se sucedieron en mi mente: Clara y sus cigarrillos, tortas de cumpleaños con velitas encendidas, asados, arbolitos de Navidad con velitas de verdad, más gente fumando, la niña a mi lado mientras yo cocinaba…

Había encontrado el detonante. Lo que provocaba el eritema en Amanda era el fuego. Pero no lo entendía.

–Pero, ¿por qué, hija? ¿Qué problema tenés con el fuego?

–Le tengo alergia, mai.

–¿Alergia? –repetí, asombrada. Jamás había oído nada semejante.

–Es que tengo miedo de quemarme… –explicó, cabizbaja–. Ya ocurrió una vez... Y fue culpa mía –empezó a sollozar quedamente–. Pero yo no quería hacerlo. Lo único que yo quería era que mi mai me amara, como amaba a David, pero nunca lograba complacerla. Nunca le gustaba nada de lo que yo hacía. Me regañaba todo el tiempo y encima se peleaba con mi pai por mí. ¡Terminé odiándola!



Marina Nill

Editado: 01.07.2019

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