Llamaradas de Recuerdos

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Capítulo XXIV: El día después

Al día siguiente, Amanda parecía haber olvidado el mal rato que nos hizo pasar. Se levantó a media mañana, tomó a Luciana en brazos y se dirigió a nuestro cuarto. Al no encontrarnos allí, bajó al comedor. A simple vista, era la niña encantadora de siempre. Pero tanta sonrisa y besos de buenos días eran solamente para endulzarnos.

–Quiero ir a casa de tía Elena esta tarde.

No se oyó como un pedido, sino como una orden. Harta de ser siempre la que marcara el paso, permanecí callada, esperando que esta vez fuese Walter quien impusiera los límites.

Walter se quedó esperando que yo decidiera qué hacer. Tanto se prolongó el silencio, que Amanda repitió su pedido, pero ahora en un tono mucho más insolente. Entonces, viendo que yo me estaba lavando las manos del asunto, Walter respondió, con voz apagada.

–Fuiste ayer, Mandy.

Era un hecho. Diciendo eso no la autorizaba ni se lo prohibía. Amanda insistió.

–Tía Elena nos dijo que volviéramos cuando quisiéramos.

Walter se impacientó.

–Tía Elena está muy ocupada con su familia ahora. Una cosa era visitarla de vez en cuando, para demostrarle nuestro cariño y preocupación por ella, y otra muy distinta es molestarla todos los días. Lo que dijo, lo dijo por cortesía. Además, para hoy teníamos previsto visitar a Renata.

Fue una mentira para salir del paso. En realidad no teníamos nada planeado para el fin de semana, pero pensé que una visita a mi hermana me ayudaría a despejarme. Ver cómo crecía mi sobrino me alegraba el corazón.

–No, a lo de tía Renata no. Me aburro allá. ¡Yo quiero ir a la casa de tía Elena! –exigió Amanda, empecinada, pateando el piso con su talón.

–No, Mandy –exclamó Walter–. Tu mamá y yo ya planificamos las actividades del fin de semana. Trabajo toda la semana; los sábados y domingos son para estar con mi familia, visitar a mis amigos, pasear…

–Podemos ir a pasear al Chaco. Y te podés hacer amigo de la familia de tía Elena –sugirió ella.

–No me interesa conocer a esa gente. Tengo mis propios amigos. Hace mucho que no lo veo a Marcelo, y tengo muchas ganas de visitarlo y conversar con él. Y tu mamá se muere por ver a Renata y al bebé. Vos fuiste ayer a lo de tía Elena. No seas egoísta. Dejanos divertirnos un poco a nosotros ahora.

Supe cuánto le había costado hablarle así. A pesar de los años transcurridos y de mis quejas y súplicas, la mayor parte del tiempo me tocaba a mí reprimir y educar a los niños, mientras él se daba el lujo de concederles todos sus caprichos. Pero ya me había cansado de los roles invertidos. Yo era la madre; a mí me correspondía comprender a los niños, flexibilizar los límites, consolar sus penas… Walter era el padre: él tenía que educarlos, imponer los límites, despejar sus dudas… Yo estaba cansada de hacer de madre y padre de mis hijos, mientras que a Walter le quedaba la sencilla tarea de malcriarlos.

Amanda nos miró fijamente, con el rostro transformado. Yo me estremecí. No conocía esta faceta de mi hija. Amanda nunca se había comportado de esta manera. Parada a dos metros de nosotros, con la muñeca en brazos, parecía que en cualquier momento se nos tiraría encima para darnos una paliza. Bajé la mirada, porque no podía verla convertida en eso. Walter trató de suavizar la situación haciéndole entender cómo debían ser las cosas, pero la niña estaba encaprichada. Finalmente, la mandó de castigo a su habitación.

No volvimos a verla durante el resto de la mañana. Tampoco obedeció cuando la llamamos para almorzar. Le hice avisar con Leo que ya estaba servida la mesa, y luego la llamé yo misma, de un grito, un par de veces. Como la niña ni siquiera respondió, me enfurecí. Subí a su cuarto, donde la encontré jugando tranquilamente con Luciana.

–Hora de almorzar, Amanda –repetí, enérgicamente.

La niña me ignoró totalmente. Aquello colmó mi paciencia. Me incliné, la tomé del brazo, le quité la muñeca y la obligué a levantarse. Los enormes ojos azules de la niña se clavaron en los míos; los sentí como un golpe, pero me controlé. No me dejaría impresionar por una mocosa malcriada.

–Vamos a almorzar –repetí, arrastrándola a mi lado.

–No tengo hambre –replicó Amanda, tratando de soltarse.

–Entonces no comas, pero por lo menos nos vas a acompañar a la mesa. ¡Somos una familia, Amanda!

Sin esperar respuesta, la saqué de la habitación. Aún era pequeña, pero había crecido lo suficiente como para que yo no pudiese solucionar este altercado alzándola. La llevé escaleras abajo hasta el comedor y la obligué a sentarse en su lugar. Leo, que estaba conversando animadamente con su padre, calló de repente y se puso serio al observar la tirantez que había entre nosotras. En vano traté de que fuera un almuerzo normal. Leo no volvió a reír, Walter no hacía nada por ocultar su desánimo, Amanda no cambió su expresión enojada, y yo lo terminé de arruinar todo al comportarme como si nada estuviera pasando.



Marina Nill

Editado: 01.07.2019

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