Llamaradas de Recuerdos

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Capítulo XXVI: “Estaba escrito”

Teniendo en cuenta lo mal que había estado, Amanda se recuperó con una rapidez asombrosa. Ese mismo día a la tarde le bajó la fiebre, y su piel, poco a poco, recuperó su saludable color sonrosado. A la noche casi no quedaban rastros del eritema. El lunes por la mañana se levantó en perfectas condiciones. Bajó a desayunar arrastrando su mochila y vistiendo su guardapolvo blanco, impecable. Cuando se sentó a la mesa, Leo la miró como si no lo pudiera creer.

–¿Estás bien? –le preguntó.

Ella asintió.

–Yo me quedaría en la cama aunque me sintiera mejor. Nunca sabés cuando vas a enfermarte en serio para poder faltar –le aconsejó.

Amanda sonrió. Estaba por decirle que para ella la escuela era un placer, no un castigo, pero yo la interrumpí.

–Leo tiene razón, Mandy. Es muy pronto para que te levantes. Prefiero que hoy hagas reposo. Si seguís bien, mañana podés volver a la escuela.

–¿Vamos a visitar esta tarde a tía Elena?

Se me formó un nudo en el estómago. Todo había comenzado por esta condenada visita. Estaba entre la espada y la pared. Le daba el gusto y cedía a sus caprichos -de todas formas, Amanda ya tenía el permiso de Walter- o me arriesgaba a que tuviera una recaída. En realidad, no tenía alternativa.

–Mañana –dije, cariñosamente, acariciándole la cabeza–. Ayer estuviste muy enferma. Primero quiero asegurarme de que estás realmente curada.

La niña no protestó. Después de desayunar subió a su habitación y permaneció allí gran parte del día, jugando con Luciana. Obedeció inmediatamente cada vez que la llamé a comer y colaboró sacando las cosas de la mesa y secando la vajilla. Pensé que había vuelto a ser la Amanda de siempre. Tardaría aun bastante en darme cuenta de lo que en realidad estaba pasando.

A la mañana siguiente fue a la escuela. Se veía radiante, al lado de Walter en el auto, con una sonrisa que le iluminaba el rostro. Yo sabía que su felicidad se debía a la visita que haríamos por la tarde. Si bien seguía disgustada por la manera como la niña había manipulado a su padre, descubrí -ante mi propia sorpresa- que no estaba ansiosa ni preocupada por lo que habría de suceder. Ni siquiera me sentía nerviosa ante la perspectiva de conocer al resto de la familia de Elena. Y no era una resignación forzada, sino el primer atisbo de aceptación de lo que estaba ocurriendo.

Como Emilia no había regresado, tenía mucho para hacer. Planchar una pila de ropa, limpiar la casa, ir de compras y cocinar… Estuve entretenida toda la mañana. Traté de imaginar lo que ocurriría esta tarde, pero Luciano y Beatriz seguían siendo dos imágenes sobre un papel. A pesar de lo mucho que Elena me había hablado de ellos, no lograba darles vida en mis fantasías.

Después de preparar el almuerzo, telefoneé a una de las vecinas para preguntarle si Leo podía pasar la tarde en su casa. Para cuando se hizo hora de buscar a los niños de la escuela, había organizado todo. Como seguía cansada por el ajetreo del fin de semana, después de comer me acosté a dormir un rato.

Amanda me despertó temprano de la siesta. Estaba impaciente por partir. Ya había despachado a Leo en casa de la vecina. Ansiosa, se sentó a mi lado en la cama, instándome a salir.

Me cambié y peiné rápidamente y bajamos hasta el garaje. Recién allí me di cuenta de que la niña todo el tiempo había tenido la muñeca. Aquello me disgustó. Luciana era un juguete delicado; no me parecía conveniente andar llevándola de un lado a otro.

–¿Por qué no dejás la muñeca acá, Mandy? –lo formulé como una pregunta para no sonar autoritaria, pero en realidad era una orden–. No es necesario que la lleves, si en casa de tía Elena tenés montones de juguetes, y además, seguramente estarán David y Lili. No creo que te vayas a aburrir.

–No es por aburrimiento –aseguró, con exagerada vehemencia–. Tengo que llevarla. Tengo que mostrársela a David. El tiene que verla. Necesita verla –por un segundo, pareció que añadiría algo más, pero lo pensó mejor y calló.

A mí no me gustó nada el tono que utilizó. Nuevamente estaba empezando a perder las dimensiones entre esta encarnación y la pasada. Pero a estas alturas estaba demasiado entregada a las circunstancias como para preocuparme por nada. Ni siquiera tuve ganas de repetirle que se comportara, que no mencionara a Luz delante de los Santana. Incluso pensé que, si Amanda cometía alguna indiscreción, me haría la desentendida y la más sorprendida de todos.



Marina Nill

Editado: 01.07.2019

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